viernes 7/5/21

¿Cuál es nuestro destino?

padeia

Nuestros destinos nacen en la serranía complaciente de la niñez, continúan y se prolongan por el valle laxo de la juventud y desembocan en la edad adulta formando un amplío delta de expectativas irresueltas. Parece una alegoría dantesca, pero es alegorismo español a la manriqueña de esos ríos que fluyen fuera de cauce, que es el morir social y laboral: exclusión y desempleo, en román paladino. Hasta un riachuelo tiene como horizonte el mar, aunque sea para diluirse anónimo en la inmensidad. Otra vez alegorismo austero a la castellana, que preconiza didáctico con qué fin devienen los destinos desde la terrible pequeñez.

Antes los niños eran niños de la guerra, niños del hambre, niños de la polio, niños del exilio. En definitiva, eran niños de la resta, que partiendo de ahí tenían que buscar la suma vital y conseguir un destino. Ahora tenemos niños windows, niños adidas, niños internet, niños hiperestimulados, niñas hiperconectadas, que también las hay y se me enfadan los coeducadores; niños puerilizados en exceso que siguen esperando su Pacto de Estado por la Educación. Niños competencias. Sí, competencias clave, el último grito de moda docente importado directamente de la Unión Europea. Las competencias clave hacen furor en un país que parió en la marginalidad a la Institución Libre de Enseñanza, que ya trabajaba las competencias integradoras con discreción y en clave elitista y de meritocracia. En ocasiones la pedagogía y la ignorancia no tienen compartimentos estancos, sobre todo, cuando el tiempo, el ostracismo, la presunción y el adanismo han realizado un eficiente trabajo erosivo. Del resto se encargan la sinfónica retórica y la publicidad del poder. Los niños LOGSE me apuntan que ya han prescrito, se murieron de éxito pedagógico y están enterrados en el cementerio ilustre de las ideas, bien amortajaditos en sus dosieres y su buenismo. Cada mañana depositan en sus tumbas flores frescas de hastío niños de carne y hueso, que son condición humana en ciernes.

Entiendo que la pedagogía debe partir de un humanismo cívico y alcanzar el destino de un humanismo cívico. Me apuntan que esto ya lo practicaban en la antigua Grecia: la paideia

En definitiva, tenemos niños de todo, niños de la suma y suma, de la suma y sigue, niños multiplicados al infinito tecnológico. Niños que viven y se desviven en continua comunicación y transfusión electrónicas. La cotidianidad se divide en amaneceres, atardeceres, anocheceres y se sintetiza toda ella en sacra cibernética. Se apela a un niño integral, reticular, asertivo, expansivo. Pero el exceso de síes y expansión obliga a determinados padres, incluso, a contratar a detectives para que sigan a sus hijos a ver qué hacen. El síndrome de la sospecha salpica a toda la ciudadanía porque es la sospecha en sí misma del pudrimiento de nuestros referentes. Apelan silentes y clandestinos a la retractilidad y racionalidad de los usos y costumbres. Son conscientes, en privado, de la decadencia y deriva de ese mundo heredado de libertades individuales, que todos soñamos no para autodestruirnos y que, cada vez más, late maniatado a las máquinas y la alienación. Somos libres, pero frente al escaparate y la pantalla nos gustamos como esclavos. Nos da seguridad y certeza el destello y el limo nos desconcierta. La libertad es un ejercicio de responsabilidad que lo dejamos para mañana y que lo hagan los otros. La amplificatio del bienestar no debe ser perturbada en ningún detalle, para eso vela por ella el Estado-Prometeo a través de una democracia que tiene más de putativa que de participativa. Más de partitocracia que de representativa. Con más pulsiones que pulso ético. Montesquieu en su momento, cuando se gestaba nuestra contemporaneidad, afirmó que más Estados habían perecido por la depravación de las costumbres que por la violación de las leyes.

Los hombres de la Institución Libre de Enseñanza a contrapelo pusieron en escena libros, vida, dignidad, compromiso, sensibilidad; un método de aprendizaje activo y la coeducación. La globalización enseñante. O sea, fueron muy modernos antes de que llegaran los modernísimos, que es lo mismo pero no es lo mismo y además es distinto. La dialéctica histórica es un galimatías por culpa de la arrogancia y el adanismo. La inventiva educativa y la pirotecnia innovadora de la enseñanza han venido a demostrar que lo más innovador sigue siendo la mayéutica socrática.

Niño digitales y accesorios, niños totales con el resultado dado, adolescentes globales prefabricados por los adultos. Niños aditivos confortados en la desidia. Superniños de la suma múltiple a los que, paradójicamente, les van restando y restando para ubicarlos en un mini destino vital con wifi, alcohol y drogas. Niños escabrosos. Niños “asiglados”, aligerados, acortados, que tienen que soportar el peso de los alfabetos y códigos humanos.

Y ahora además a la salsa posmoderna de nuestras vidas le han salido los grumos de la pandemia y su consecuencias. El coronavirus ha trascendido la enfermedad -y por momentos la crisis sanitaria y socioeconómica- y se ha corporeizado en el monumento desagradable de nuestra contingente y frágil condición, contra la que llevamos luchando y aprendiendo a conllevarla miles y miles de años con diferentes mitos y ritos, unos más acertados y otros, sencillamente mortificadores. La anécdota del virus de Wuhan se ha transformado en categoría metafísica. Borges dejó escrito que “quizá la historia universal es la historia de unas cuantas metáforas”.  Y algunas, como hemos podido comprobar, son letales y no se les puede escarbar autoría cierta y  fidedigna por mucho que lo intentemos.

Creo en lo humano y a veces en lo demasiado humano. Entiendo la educación-formación del niño como base para forjar un carácter verdaderamente humano. Entiendo que la pedagogía debe partir de un humanismo cívico y alcanzar el destino de un humanismo cívico. Me apuntan que esto ya lo practicaban en la antigua Grecia: la paideia.

Otra vez, la pretenciosidad y el adanismo. La naturaleza humana, y ahora digitalizada.

¿Cuál es nuestro destino?