lunes 14/6/21

Un par de cosas

pijos

Antes de que comencemos a disfrutar del resuello tras la larga y dura situación pandémica, me gustaría apuntar que el relax no será provechoso del todo si no atendemos a un par de cosas que arrastramos como mochilas de plomo. Hecho cierto, el gobierno coaligado de la izquierda, el primero tras la masacre con que se arrasó a este país para extirparle sus deseos de cambio y de progreso, ha salido indemne y hasta reforzado de esta complicada situación. La gestión, muy en la línea de lo que la UE ha recomendado a todos sus estados miembros ha tenido el éxito que cabía esperar: salvar a un sistema sanitario debilitado por la enfermedad austérica del pasado. Lamentando las muchísimas muertes y conjurándose en un nunca más, la sociedad española aguanta la postura del gobierno. O eso dicen las encuestas.

El gobierno no tiene por qué cantar victoria, la sociedad española quizás sí. Estos meses de encerramiento, de incertidumbres, de cambios de escenario y de miedos justificados son el pasto idóneo para generar mentira, división, odio y resentimiento. Y en parte se ha producido, pero la sociedad española ha sabido defenderse de este segundo brote tiñoso adherido al primero. El cuerpo social ha sabido resistir el ataque restringido a unos focos infecciosos totalmente identificados en torno a ciertos grupos políticos obsesionados con la recuperación de la simbología asociada a la victoria militar, ciertos barrios más aburridos que orgullosos de su condición de elite paleta, y de los medios de comunicación de todo el espectro que en tiempo de escasez de noticias han hurgado en la mierda del postfranquismo como nadie.  

En resumidas cuentas, el gobierno bien a secas, la sociedad española más que notable. Pero como es lógico quedan algunas cuestiones pendientes que atentan contra el bienestar común y por ello deben ser atendidas con medidas urgentes. Hay un par de cosas que el gobierno debe resolver para garantizar la confianza de una sociedad que ha sabido aguantar lo peor. Ese par de cosas son excrecencias que se deben extirpar o acabarán gangrenando el organismo en su totalidad. Para facilitar su comprensión le pondremos nombre. Una de esas cosas es el fenómeno Ayuso, la otra es la bravuconada.

La cosa Ayuso no es algo que se limite a la figura de la presidenta de Madrid, pero lo ejemplifica como nadie. Esa cosa consiste en utilizar las instituciones de gobierno y las administrativas para lanzar toda clase de falsedades y mentiras de modo que puede elevar a categoría de debatible lo que a todas luces es, no solo falso, es incoherente, irracional y esperpéntico. No es el único caso, pero la identificación de la responsabilidad en lo ocurrido en las residencias de mayores es un ejemplo vivo de lo que significa la cosa Ayuso, hacer ruido, aturdir con un loco agitar de las alas que parece al enjambre que con su constante zumbar marea a su víctima. Decir un día algo y otro, o el mismo, la contraria es parte de ese zumbar que Ayuso activa y los zánganos amplifican.

Una persona con una responsabilidad tan acentuada en la muerte de miles de personas, que ha retorcido y modificado a conveniencia códigos médicos y éticos para tratar de noquear a quien considera su víctima, el gobierno de coalición, merece una respuesta que sobrepasa el respeto al tiempo que la justicia va a tomarse para abordar los casos de denuncia presentados por familias y por la fiscalía. Debe actuarse ya, la sociedad española resistente lo merece, es un tumor que podría emponzoñar sin fin. Debe ser objeto de una batalla política en profundidad, no por Ayuso sino por la cosa en sí misma. No se puede salir de esto como si nada. Nadie puede volver a sentirse inmune frente a la mentira despiadada, nadie puede osar utilizar el dolor de los demás en posados irreverentes.

Y la otra cosa, la segunda del par que comparte con la primera el sentimiento de impunidad, tiene que ver con el ejercicio de la bravuconada que parece que algunos han descubierto en medio del caos y la practican con una alegría vehemente. Del sencillo insulto consentido por razones de higiene democrática, algunos han pasado a la amenaza y la agresión con una agilidad pasmosa.  Boceras y botarates entrenados en gradas de estadios y bares de carretera se creen con derecho a llevar su cavernícola idea del mundo más allá de su hábitat natural, foro coches, y han comenzado a desperdigar por aquí y por allá toda suerte de actos vandálicos que van del ataque a personas diferenciadas por el color o por su identidad sexual a identificar y destrozar propiedades de representantes de asociaciones o agencias de ayuda a los necesitados, disparar sobre fotografías icónicas y amedrantar ciudadanos en la calle por el mero entretenimiento adornado con banderas y aguiluchos.

Antes de que la bravuconada atraiga más dolor del que hemos soportado convendría que la policía y los servicios secretos desactivasen esta marabunta. La permisividad en Alemania con los grupos nazis no llevó más que a su incrustación en el cuerpo social y a normalizar su violencia, por ello ahora han actuado con contundencia ante su reaparición de la mano del neofascista AFD. 

La exhibición o defensa de ideas y símbolos franquistas debe estar perseguido judicialmente, en la calle, en las instituciones, en el ejército, en la policía y en los tribunales adeptos al régimen.

Un par de cosas
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