jueves 13/5/21

¿Qué tienen en común negacionistas, antivacunas, terraplanistas, fascistoides y otros locatis?

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Parece fácil la respuesta, seguro que muchos de vosotros ya estáis diciendo: que todos ellos están como cencerros. Bien de acuerdo, esta es una forma de calificar a las personas que pertenecen a uno o varios de los grupos anteriormente mencionados. Además de como cencerros podéis añadir que son o se manifiestan como personas mentalmente vulnerables, con criterios infundados sobre la mayor parte de la cuestiones que les afectan, sean medioambientales, médicas, geográficas o políticas. Vale, se acepta la aportación, nos vamos acercando al perfil del iluso-robot y por tanto a esclarecer qué hay de común entre todos ellos.

Pero yo os digo que si seguimos por este camino que retrata al crédulo en cualquiera de sus variantes como a un don nadie que tiende a creer un argumentario simplista y facilón para liberar tiempo a sus pasatiempos favoritos (sean los que fueren), tengo que deciros que por ahí no vamos a ninguna parte. Si por ir a alguna parte significa entender el origen de esas fantasías y comprender la seducción a la que se rinde una parte creciente de los individuos de nuestras sociedades, que se alistan en alguna de las categorías anteriormente mencionadas.

Creo que estaremos de acuerdo en que solo cabe oponer ciencia al pensamiento desorientado de nuestros anfitriones de hoy, los chiripitiflaúticos. Encontrar un nexo común entre ellos es una aspiración de orden científico, pues clasificar y determinar el común denominador de los elementos de una clase es un paso obligado en cualquiera de las metodologías de ciencia establecida de Aristóteles para acá. Y más científico aún resulta el abordar la composición de la realidad observable en todos sus detalles. Pues bien, cuando se observa con detalle la condición del negacionista, terraplanista, etc. vemos que, tras la primera impresión de estar frente a un obtuso, lo que hay detrás es tan solo una persona que abraza un método de comprensión de la realidad ajeno a las medidas de control que exige la lógica. Pero seamos honestos, la lógica es solo uno entre distintos instrumentos de avanzar en la interpretación de cuanto nos rodea. Con anterioridad la humanidad utilizó otras formas místicas y metafísicas que fuimos desechando por el poder pragmático que nos otorgaba la lógica y la ciencia a ella conectada.

Es una condición necesaria y por ello hemos de desterrar la tentación dietrológica de acumular causas y causas y elegir en cada momento las que se crean más oportunas para denigrarles

Así es que lo que podemos decir, como primer paso para comprender en clave científica qué tienen en común los susodichos, es que se manejan con un bagaje instrumental al margen de la lógica y de la ciencia para construir sus realidades y sus expectativas. Lo cual nos llevaría a pensar que efectivamente son unos locatis desconectados de su mundo. Y esto sería muy poco científico por nuestra parte, pues sí, hay algunos de ellos que están realmente desconectados, son como Makoki con su cerebro dañado por el electroshock, pero no todos. Muchos de ellos son seguidores de eso que los italianos han definido como Dietrologia, una ciencia difusa que combina lingüística, psicología, arte, historia, alquimia, religión, demonología, cuantismo y otros cuerpos incompletos del saber que se ayuntan de buena manera para tratar de entender los fenómenos no por su realidad constatable, sino atendiendo a la multiplicidad de causas posibles.  

La dietrología permite que opongas dudas a la contundencia de los datos del impacto humano en el cambio climático, que juguetes con la idea de una tierra curva pero plana, que justifiques la posibilidad de que te inyecten un chis con la siguiente vacuna o que andes persuadido de que el mesías o el fürher bajara de nuevo a la tierra.  Y sin por ello estar totalmente loco porque la dichosa dietrología te ampara ¿Y cómo lo hace? Por suscripción social. Cuanta más gente esté dispuesta a entrar en ese juego excitante de prever y construir un mundo distinto y alternativo, más se consolida la valía de esta ciencia afición.

Como es lógico, un método de pensamiento que es rico en imágenes, pródigo en proposiciones y generoso en relatos, no va a caer en la tentación de academizarse y someterse a rigor de ningún tipo. Eso queda para los pragmáticos. Lo suyo es seguir actuando en la generación de alternativas y la facilitación, si acaso, de modos de visualizarlas (por eso internet es su profeta).  

Me consta la preocupación entre científicos, médicos y politólogos respecto de la existencia de los cuatro jinetes de la ignorancia y su deseo de combatirles, pero ello debe comenzar por un reconocimiento antropocultural completo de carácter científico: qué comparten, qué es común en ellos, qué les define como especie humana que utiliza de manera absurda sus capacidades intelectuales. Es una condición necesaria y por ello hemos de desterrar la tentación dietrológica de acumular causas y causas y elegir en cada momento las que se crean más oportunas para denigrarles.

Comparten la confusión propia de un pensamiento sin bridas, pero a veces resultan brillantes.

¿Qué tienen en común negacionistas, antivacunas, terraplanistas, fascistoides y otros...