jueves 17/6/21

Riesgos de la geometría variable

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Parece que al presidente Sánchez le encanta la geometría, particularmente la variable, aquélla que por su ductilidad permite acercarse a la representación de cualquier hecho sin limitaciones ni obstáculos. Adora, al parecer, la geometría sin reglas ni teoremas que fuercen la voluntad del observador de objetos, con sus cotas, distancias, ángulos, alturas y demás elementos de la organización espacial, que es el campo de la geometría convencional. Y esa liberalidad del gusto geométrico tiene sus riesgos. Desde los comienzos de su aspiración a la jefatura ya apuntó que no debía de tenerse en cuenta una única forma de gobierno, progresista o reaccionario, sino que existía una gradiente de opciones que mezclan actitudes y elementos de una y otra que, eso sí, requeriría de respaldos multiformes que lógicamente darían lugar a una geometría variable que ahora ejecuta en modo molto vivace.

Para explicarnos esta conducta del presidente no nos queda más remedio que filosofar, de otra manera habremos de pensar que el gobierno está en las manos de una persona voluble a quien lo mismo le da so que arre. Y no es nuestro estilo. Creo que el presidente se siente platónico, parece que considera el acuerdo con los distintos como una abstracción de tipo ideal, cuyo éxito acompañará la idealidad de toda otra acción política que emprenda a continuación. Lo que se le escapa al estadista idílico es la respuesta aristotélica inserta en la geometría, cada forma es única, nueva y desenganchada de la sustancia ideal amparada tan solo por su realidad física y su representabilidad geométrica. Lo siento pero había que filosofar.

Sánchez ha buscado el entendimiento en materia económica, social y de desarrollo del Estado y Europa en negociaciones con fuerzas políticas enfrentadas entre sí y con el partido mayoritario del gobierno de coalición ¿lo hace por necesidad o por otras razones? Es obvio que los acuerdos que consiga reunir aparecen en un primer momento como logros sumatoriales, pero podría haber obtenido la misma legitimidad y operatividad mediante el concurso de la voluntad y los votos de otros actores con un pacto homogéneo para todas las cuestiones. No veo la necesidad perentoria por ningún lado y ya de paso he de decir que yo soy partidario de reducir la geometría variable a geometría a secas, cuanto más euclidiana, más mejor.

Dar por buena en sí misma la negociación y el pacto con fuerzas políticas de distinto pelo me parece un apriorismo (otra vez la filosofía, caray) que está por desvelarse. Si cree que el ofrecimiento de alguna forma de pacto y reintroducción en la racionalidad política a aquellos que se han dado de baja del sentido común es algo positivo, comete un error, tan pronto salgan de la UVI volverán a chocar de frente contra todo lo que desde la idea de gobierno de progreso se plantee. A mis ojos, la geometría variable que pretende poner en juego el presidente no es necesaria y desde luego no es inerte. Como decía mi abuela, ojalá me equivoque, pero creo que veremos muy pronto como esas fuerzas coaligadas naturalmente al destino de los perdedores nacionalistas, mercantilistas y adictos a la contaminación, se recuperan de su destrozo al amparo del geómetra Sánchez y con ello recuperarán su malévola capacidad de combatir en favor del conservadurismo todo aquello que signifique progreso.

Así es que la idealidad pactista tiene como correlato antagonista la aspereza de la cotidianeidad. Roma, que basó su imperio en la capacidad de desarrollar acuerdos con los pueblos barbaros, cincelaba en bronce los pactos a que se llegaba, pero a continuación acantonaba una legión como garantía de respeto a lo firmado. Roma no traicionaba los pactos e impedía que los demás lo hicieran de manera impune.

Además de los riegos derivados de un aprovechamiento torticero de lo pactado, el abuso de la geometría variable tiene otra contraindicación: puede transformar la identidad misma de la materia sujeta a pacto. Si te habitúas a tratar la cuestión de la jefatura del estado con los herederos espirituales de González, Ansón o de Cebrián, lo lógico es que acabes tomando por fuera de duda un cierto derecho regio a disfrutar (que no a servir) de la jefatura del estado. Un pillo, una familia de pillos, pueden transformase en un conjunto modélico recién salido de los pinceles de Velázquez. Implicarte por convicción o por convención en una situación determinada te tiñe, digamos que te contamina como a esos policías que de tanto relacionarse con el hampa, acaban siendo ellos mismos uno de sus capos.

El arte, más reflexivo que la política, ya advirtió esa capacidad manipuladora del contacto con la realidad que puede volverse en tu contra, lo teorizaba Kandinsky en su tratado de geometría Punto y línea sobre el plano, cuando describía la interioridad o exterioridad a la hora de interactuar con lo dado. Es como contemplar una calle a través de un cristal aislante o de imbuirse en ella, en sus olores, sus ruidos y colores, pero también en sus inmundicias.

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