domingo 9/5/21

Activar las fuerzas creadoras

Retomemos la lección por dónde íbamos, activemos las fuerzas creadoras, la auténtica recuperación de Europa pasa por el arte, la ciencia, la cultura y la creatividad que su dinámica conjunta emite.
europa

Parece que todo el mundo anda convencido de que la salida a la crisis pandémica que nos asola, y de paso revertir los entuertos provocados por la economía política postrada ante los mercados actuando sin restricciones, depende de las fastuosas sumas de dinero que desde los bancos centrales están dispuestos a elicopterizar sobre nuestras dañadas economías. Tan convencidos que el presidente Sánchez ha presentado la cosa en múltiples ocasiones, tantas como desde el PP tratan de restar el protagonismo gubernamental en la elaboración de los fondos Next Generation para la recuperación y resiliencia de la economía española y europea.

Por crédito o por descrédito, lo que queda claro es que desde ambas posiciones se concede una capacidad transformadora a los mencionados fondos que me parece está un poco exagerada, por encima de sus posibilidades reales. Cierto es que las cantidades que se manejan producen vértigo y superan nuestra costumbre de andar justitos para promover acciones con la potencia de fuego dispuesta por los Next Generation. Pero parece que olvidamos algo: la transformación social es el resultado del empeño revolucionario. Algo que va más allá y está más acá que el simple disponer de recursos dinerarios.

Europa es resultado del acumulado intelectual, de generaciones de pensadores y de sus aportaciones intangibles. Hay que decir que no hay nada más opuesto, más tangible que el dinero, ergo la transformación subyacente a la idea que los fondos promueven no puede estar anclada exclusivamente al uso eficiente de los mismos, por muy trasparente y honesto que se quiera ser en su aplicación. Europa necesita transgredir un orden socioeconómico que ha petado por las imposiciones que mercados, muy sensatos en la utilización del dinero, nos han endilgado a todos. Su cacareada eficacia como manifiesta insensibilidad no ha dejado de actuar ni en los momentos más críticos, como el actual en el que las empresas farmacéuticas, respetando escrupulosamente el designio del mercado, se han aprovechado de la investigación financiada por los gobiernos y han secuestrado patentes y cadenas logísticas para optimizar los beneficios que el mercado santifica.

Muchos queremos cambiar esta situación. Economía verde si, sostenibilidad también, pero puliendo simplemente los mecanismos de obtención de valor del mercado no vamos a civilizar el modelo socioeconómico obsoleto que nos ha convertido en seres dependientes y al albur de decisiones tomadas en espacios reservados y ajenos al escrutinio. Porque eso, dependencia e irresponsabilidad son el anverso de las fuerzas que han ido construyendo Europa como el lugar en el que la razón y la ética han combatido al oscurantismo garante del privilegio y el capricho capcioso de nuestro malherido modelo social.

Si de verdad se desea relanzar Europa, además de pintarla de verde, habría que ir a sus elementos sustantivos, apostar por sus valores autóctonos, reforzar sus fundamentos. No es fácil sintetizar los 500 años de la modernidad de Europa, pero si hemos de elegir creo que estaríamos de acuerdo en que dos son sus motores, su apabullante diversidad y la fertilidad de las artes y las ciencias. Dos características que se refuerzan entre sí. Allá donde la cultura se muestra monolítica y sin diversidad no florecen las artes ni las ciencias, si acaso el culto devoto a lo establecido. Simultáneamente allá donde se atisban formas alternativas de ver, entender y de explicarse, ello dispara la  diversidad de formas de organizarse en política y en economía. Para hacerlo visual, mientras en otras partes del mundo lo que distingue a unos de otros ciudadanos es su capacidad para consumir más o más grande, en Europa en solo unos kilómetros cambian las predilecciones ciudadanas  por la comida, la música, los actos cívico-festivos y hasta por el uso de lenguas dispares. Eso es riqueza y es motor de elucubración científica y de producción artística.

Al acelerador de la sofisticación del pensamiento y propulsor de las diferencias lo llamamos fuerzas creadoras, que deberíamos poner en el centro de la diana de la aplicación de los fondos de recuperación en Europa, pues en estas fuerzas reside lo más auténtico que posee. Qué sería este continente sin Galileo, Descartes, Voltaire, Rembrandt, Leibniz, Newton, Gracián, Goya, Planck, Pareto, Schubert, Freud… Imposible recontar tanto valor inmaterial transformado en la realidad factual que ahora es Europa cristalizada en Florencia, Paris, Toledo, Varsovia… Les debemos a los creadores todo aquello que somos, a los mercaderes bastante menos, solo lo que aparentamos.

Podríamos languidecer y sumirnos en la más triste de las melancolías pensando que las fuerzas creadoras ya no pintan nada, excepto cuando son llamadas por la justicia para abroncar su actitud de denuncia. Pero no todo está perdido. Desde la Comisión Europea y en palabras de su presidenta Von der Leyen se ha lanzado una propuesta conectada a la reactivación para promover las fuerzas creadoras como herramientas indispensables para la trasformación que los europeos necesitamos. La iniciativa, bautizada New Bauhaus European Project, se inspira en la institución de aprendizaje y enseñanza que Gropius, Klee, Kandinsky y otros pusieron en marcha con el objetivo de reunir en un espacio común el trabajo de artistas, artesanos, científicos, técnicos y manufactureros para sentar la base del cambio de un mundo que caducaba y pulsar otro que sobresalía. Sobresalió tanto que solo pudo ser frenado por las fuerzas antagónicas del mercado, vestidas de color pardo para la ocasión.  

Retomemos la lección por dónde íbamos, activemos las fuerzas creadoras, la auténtica recuperación de Europa pasa por el arte, la ciencia, la cultura y la creatividad que su dinámica conjunta emite.

Activar las fuerzas creadoras