lunes 17/5/21

La violencia contra las mujeres y el poder del macho

falo
Foto: Carmen Barrios

La página informativa feminicidio.net contabiliza la friolera de 80 asesinatos y feminicidios de mujeres en lo que va de año. 80 mujeres cuyos corazones han dejado de latir para la vida, silenciadas para siempre por la acción violenta de asesinos de género masculino.

Son 80 mujeres asesinadas por hombres: 41 feminicidios íntimos oficiales y 2 íntimos no oficiales; 24 feminicidios familiares; 2 feminicidios no íntimos; 2 feminicidios infantiles; 1 por prostitución; 1 por robo; 1 por violencia comunitaria; 6 sin datos suficientes. A los que hay que añadir 3 menores asesinados por sus progenitores y siete casos de mujeres asesinadas en investigación.

Las relaciones de los asesinos con sus víctimas son de tipología variada. La mayoría (41) son de maridos, parejas, ex parejas o novios, que son los que concuerdan con las cifras oficiales de asesinatos por violencia de género. Los demás son por parte de padres, hermanos, yernos, hijos, vecinos, caseros, etc…

El punto en común de todos ellos es que son 80 asesinatos cometidos por hombres cuyas víctimas son mujeres, lo que responde a un estado de preocupante violencia machista estructural sobre las mujeres, que tiene su origen en relaciones culturales patriarcales arraigadas en profundas desigualdades de todo tipo, que comienzan con el lenguaje, la educación y las representaciones culturales.

La hegemonía cultural del machismo patriarcal es abrumadora. Las y los niños, adolescentes y jóvenes continúan educándose a través de relatos, películas, anuncios, canciones, series de tv de marcado contenido sexista y machista, en las que la superioridad de los hombres, y sus atributos, sobre las mujeres se manifiesta de múltiples formas, donde roles sexistas tradicionales continúan marcándose con total “normalidad”.

Es una relación totalmente desigual, que parte de la propia concepción de la sexualidad de cada persona y de la importancia que se da a la representación de un pene como símbolo de poder, o a la de una vagina como algo sucio, feo, o incluso símbolo de ofensa a los sentimientos religiosos.

Esta hegemonía es tan abrumadora, que culturalmente estamos totalmente acostumbradas, tanto los hombres como las mujeres, a ver representaciones artísticas y arquitectónicas del falo en todo su esplendor como símbolo de poder onmisciente. Obeliscos, faros, torres y rascacielos pueblan los paisajes urbanos por doquier: se me vienen a la cabeza sin mucho esfuerzo la Torre Glòries (antes Agbar) de Barcelona -parece un dildo gigantesco- las Cuatro Torres en Madrid, la decoración falócrata del Centro Comercial Islazul o las torres de San Gimigniano –un pueblo de La Toscana- donde se llegaron a construir en la Edad Media y el Renacimiento hasta 72 torres para mostrar el poder de determinadas familias, de las que sobreviven 15, sin contar los innumerables rascacielos que se construyen en las ciudades del mundo de manera permanente, para conmemorar el poder de los hombres.

¿Se imaginan si un grupo de arquitectas, financiadas por poderosas mujeres, se pusieran a construir edificios gigantes con forma de vagina? No nos alcanza la imaginación, ¿verdad? ¿Por qué será? Solo hay que acordarse del Coño Insumiso en procesión y las denuncias y juicios posteriores que tuvieron que soportar las feministas por pasearlo. El machismo estructural, que está presente en las leyes que nos juzgan, sigue en ello. La semana pasada se condenó a una mujer por delito contra los sentimientos religiosos por pasear una vagina gigante de plástico durante una manifestación del 8M.

Ellos pueden erigir falos gigantes como monumentos y nosotras no podemos ni pasear un coño de peineta si nos apetece, porque nos arriesgamos a que nos denuncien contra los sentimientos religiosos en pleno siglo XXI y en un Estado democrático y de derecho como España. El falo no ofende a dios, la vagina sí.

Pondré más ejemplos, por si no se ha entendido bien que el patriarcado machista impregna las relaciones culturales y educativas, que luego se traducen en relaciones personales de poder marcadas por la desigualdad en todos los órdenes de la vida. Mientras esto no cambie, miles de  mujeres seguirán siendo asesinadas por hombres. Asesinan, violan y maltratan porque pueden, porque el patriarcado cultural que nos “educa” en sociedad les dice dada día que el poder es suyo, y que deben competir para ser los más altos, los más listos, los más guapos y los que tienen el pene más grande. También les dice que el poder se ejerce.

Hace unos días se publicaba una noticia delirante: “Sancionan a dos pilotos por desviarse de la ruta para dibujar un pene gigantesco en los cielos con un Boeing 737”. Lo dibujaron con un avión de pasajeros lleno de personas. Los pilotos realizaron esta fechoría machista como protesta contra el despido de un futbolista (una acción de marcado carácter intelectual y sin dura pensada para proteger derechos colectivos). Pusieron en riesgo vidas humanas y llegaron con 20 minutos de retraso. Los caminos del patriarcado son inescrutables, como los del Señor. ¿Hasta dónde son capaces de llegar algunos cuando la cabeza del glande les ocupa todo su cerebro?

La regidora de Igualdad y Justicia Social del Ayuntamiento de Palma de Mallorca, Sonia Vivas, les dedicó un tuit, que resume muy bien uno de los acuciantes problemas que tenemos las mujeres en torno a la violencia y sus causas, y es cómo se realiza la construcción cultural de una masculinidad basada en el poder del falo desde la más tierna infancia. Su tuit afirmaba: “La construcción de la masculinidad se edifica en torno al pene, lo digo yo y actos como este…”, a continuación señalaba la noticia de los pilotos rusos dibujando penes en los cielos de Europa.

Vivas tuvo una semana mediática y en redes movidita, en la que recibió innumerables ataques, insultos y amenazas de todos los colores y de la peor especie por señalar algo muy obvio, y es que la masculinidad se construye en torno al pene -cuanto más grande mejor- porque es un símbolo de dominio. Se elabora así un modelo errático masculino, que puede causar frustración en los varones y contribuir aumentar la irascibilidad.

La exposición y el fácil acceso de niños, jóvenes y adolescentes a la pornografía, sin tener de forma paralela buenos programas de educación afectivo sexual en las escuelas, maleduca en cómo deben ser las relaciones afectivo sexuales. Tanto los niños como las niñas se acostumbran desde pequeños a relaciones de dominación de los hombres hacia las mujeres que parten del propio hecho sexual. Ellas al servicio del placer de ellos en sucesiones de imágenes, que acentúan posiciones de poder en las que mandan los falos grandes.

Los ataques furibundos por señalar estos asuntos, que recibió la regidora Sonia Vivas, fueron una reacción lógica del patriarcado cuando se ataca el principal símbolo de poder del macho, el falo y su tamaño. En general (siempre puede haber alguna honrosa excepción), los hombres se pasan la vida midiéndose las dimensiones de su pene y comparándolo con los de sus amigos. Le dan enorme importancia a ello. Y lo peor es que muchas mujeres también se la dan, porque están educadas en el mismo sistema cultural de valores de desigualdad -que impone el patriarcado- que los hombres.  

Por ello, solo nos queda seguir analizando y denunciando el errático fondo educativo y cultural machista que impregna la sociedad y que es causa primigenia de la violencia que los hombres ejercen sobre las mujeres. Lo hacen desde el lenguaje, levantando la voz y también desde los hechos, levantando la mano. Lo hacen ridiculizando a las mujeres, minusvalorándolas, ninguneándolas, insultándolas y poniéndolas en evidencia en cuanto alguna se sale del lugar marcado por el patriarcado.

80 asesinatos y feminicidios en lo que va de 2020 son demasiados.

La violencia contra las mujeres y el poder del macho