sábado 19/6/21

“No hay alternativa, es una injuria a la razón, no es un argumento, es una capitulación”

La lectura del libro Historia del neoliberalismo del mejicano Fernando Escalante Gonzalbo me ha sugerido algunas reflexiones, que expondré en las líneas siguientes. Haciendo un inciso, en Sudamérica se está generando un pensamiento polítco alternativo de mucho interés para hacer frente a la hegemonía neoliberal. Lo que ocurre es que las secuelas del eurocentrismo todavía permanecen, por lo que ese pensamiento sudamericano pasa prácticamente desapercibido. Para subsanar tal injusticia, merece la pena citar al filósofo colombiano, escritor y profesor de Derecho en la Universidad de Londres Oscar Guardiola-Rivera, y autor del libro Si Latinoamérica gobernase el mundo. De cómo el Sur guiará al Norte hacia el siglo XXII, en el que a las "democracias pesimistas" del mundo desarrollado occidental, contrapone las "democracias optimistas" sudamericanas. Luigi Ferrajoli en Los derechos y sus garantías afirma que en Sudamérica se está produciendo una cultura jurídica y una experimentación constitucional de alta calidad, de la que los europeos tendremos mucho que aprender, y que solo la jerarquía imperialista de las lenguas impide valorarlas como realmente merecen. Nos sigue diciendo Ferrajoli que si bien en el pasado los países latinoamericanos copiaron sus constituciones de USA o de Europa, hoy han desarrollado un constitucionalismo de tercera generación, por las extraordinarias innovaciones garantistas que han introducido en sus constituciones, mucho más amplias que las nuestras.  Cabe citar los vínculos presupuestarios en la Constitución brasileña para garantizar el derecho a la salud y a la educación: el  18% del presupuesto anual de la Unión y el 25% de los Estados o de los municipios debe ir a gastos para educación y cuotas análogas para sanidad. También es cierto, que los últimos acontecimientos en este continente han paralizado esta bocanada de aire fresco ante el avance vertiginoso del neoliberalismo, tal como ha señalado recientemente el vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, Argentina, 27 de mayo de 2016: Yo quisiera hacer una reflexión de lo que está pasando en el Continente, de lo que veo que ocurre en el Continente. No estamos en un buen momento. Tampoco es un momento terrible. Pero este es un momento de inflexión histórica. Algunos hablan de un retroceso, de un avance los restauradores. Lo cierto es que en el último año, después de diez años de intenso avance, de irradiación territorial de gobiernos progresistas y revolucionarios en el Continente, este avance se ha detenido, y en algunos casos ha retrocedido, y en otros casos está en duda su continuidad.

 Retorno a Fernando Escalante. Que el sistema capitalista en su versión neoliberal ha sido un experimento fracasado es evidente. El intento de crear una sociedad mercantilizada, donde todo se rige por la ley de la oferta y la demanda, incluidos el trabajo y la naturaleza, ha ido más lejos que nunca. Y el resultado una catástrofe. Todavía sus ideólogos desde poderosos think tanks recurren a una última línea defensiva del programa, con un argumento parecido a la defensa del marxismo en los sesenta del siglo XX: el neoliberalismo "realmente existente" no es el verdadero, no se ha ensayado plenamente, todavía falta por mercantilizarlo todo. Insisten en que el mercado nos conducirá a la Tierra de promisión: crecimiento, consumo, empleo, bienestar, estabilidad y felicidad. Empero, el resultado nefasto está ante nuestros ojos: incremento de la desigualdad, pobreza y exclusión; militarización y desequilibrios en todo el planeta, precariedad laboral, destrucción del medio ambiente, deterioro de los servicios públicos, crisis económicas, reducción de salarios, aumento del desempleo, etc.

Resultó premonitoria la advertencia de 1944 de Karl Polanyi en La gran transformación. Crítica del sistema liberal. Fijémonos en lo que concierne al trabajo, la tierra y el dinero, permitir que el mecanismo del mercado los dirija por su propia cuenta y decida la suerte de los seres humanos y de su medio natural, e incluso que de hecho decida acerca del nivel y de la utilización del poder adquisitivo, conduce necesariamente a la destrucción de la sociedad. Y esto es así porque la pretendida mercancía denominada "fuerza de trabajo" no puede ser zarandeada, utilizada sin ton ni son, o incluso ser inutilizada, sin que se vean inevitablemente afectados los individuos humanos portadores de esta mercancía peculiar. Desprovistos de la protectora cobertura institucional, los seres humanos perecerían, al ser abandonados en la sociedad: morirían convirtiéndose en víctimas de una desorganización social aguda. La naturaleza se vería reducida a sus elementos, el entorno natural y los paisajes serían saqueados, los ríos polucionados, el poder de producir alimentos y materias  primas  destruido.

Esta sociedad mercado, en la que todo está en venta si hay beneficio, nos dice Polanyi no es el fin de la historia. En general, a todo avance indiscriminado del proceso de mercantilización de la vida social, ha surgido a lo largo de la historia un movimiento defensivo. Una sociedad digna, no puede renunciar a que haya algún control moral o político ante el desenvolvimiento voraz e inhumano del mercado. No podemos seguir viviendo así. El crac de 2008 es una advertencia de que el capitalismo no regulado es el peor enemigo de sí mismo: más pronto o más tarde está abocado a ser presa de sus propios excesos. Por ello es razonable esperar una reacción, como en el pasado. Como la de los campesinos ingleses contra la liberalización del mercado de granos en el siglo XVIII, perfectamente descrita por el gran historiador E. P. Thompson. O las luchas encarnizadas en el siglo XIX por los sindicatos y partidos obreros que supusieron la legislación protectora del mundo laboral. O todas las reformas que propiciaron el Estado de bienestar tras la II Guerra Mundial.

Parecemos incapaces de imaginar alternativas. Las democracias actuales tienen una extraordinaria dificultad para configurar alternativas. Esto también es algo nuevo, pero la historia nos enseña y advierte --para eso sirve-- que en ella no hay nada definitivo ni predeterminado por el destino. Ni por supuesto el neoliberalismo, a pesar de su expansión y domino rápido y apabullante en la actualidad. Lo primero e imprescindible para atisbar alguna alternativa es abandonar la convicción asumida por gran parte de la sociedad de que el neoliberalismo es y representa el sentido común, y de que la historia corre a su favor, como creía el marxismo. No podemos aceptar, como señala Tony Judt, que el estilo materialista y egoísta de la vida contemporánea sea consustancial a la condición humana. Mientras no nos despojemos de esa autodestructiva convicción todo camino de liberación permanecerá cegado. Insisto la salida no es fácil de ver. Pero es posible. En realidad es indispensable. Y la oportunidad está ahí para ser aprovechada. En pocas ocasiones se presentará una situación tan propicia para cambiar radicalmente la situación presente. Nada más hay que observar la profunda indignación, generalizada y expresada masivamente. Y sobre todo es cuestión de imaginación. La cuestión ahora no es el predomino del mercado, sino su enorme capacidad de esterilizar todo tipo de pensamiento. Recurriendo de nuevo a Polanyi: "La creatividad institucional del hombre sólo ha quedado en suspenso cuando se le ha permitido al mercado triturar el tejido humano hasta conferirle la monótona uniformidad de la superficie lunar". Mas, a pesar de todo, las generaciones que nos han precedido, además de imaginativas fueron valientes para luchar contra la injusticia. Así nos dejaron una prodigiosa herencia, la más rica de toda la historia con una legislación laboral, un régimen democrático y un Estado de bienestar, que de no mediar un cambio radical, nosotros los más preparados, aunque también los más individualistas, de la historia, no vamos a transmitir a las generaciones futuras.

En relación a lo expuesto, me parecen muy oportunas unas reflexiones del portugués, aunque profesionalmente muy vinculado a Sudamérica, Boaventura de Sousa Santos. ¿Por qué son tan escasas las alternativas cuando son más necesarias? Esta pregunta debería formar parte de la agenda de reflexión política de las izquierdas, o pronto serán remitidas al museo de las felicidades pasadas. Ello no sería grave si no significara, como significa, el fin de la felicidad futura de las clases populares. La reflexión debería partir de aquí: el neoliberalismo es, ante todo, una cultura del miedo, del sufrimiento y la muerte para las grandes mayorías; no es posible combatirlo con eficacia sin oponerle una cultura de la esperanza, la felicidad y la vida. La dificultad que las izquierdas tienen para asumirse como portadoras de esta otra cultura resulta de haber caído durante mucho tiempo en la trampa que las derechas siempre han utilizado para mantenerse en el poder: reducir la realidad a lo que existe, por más injusto y cruel que sea, para que la esperanza de las mayorías parezca irreal. El miedo en la espera mata la esperanza en la felicidad. Contra esta trampa es necesario partir de la idea de que la realidad es la suma de lo que existe y de todo lo que en ella está emergiendo como posibilidad y como lucha por su concreción. Si no son capaces de detectar las emergencias, las izquierdas pueden sucumbir o acabar en el museo, lo que a efectos prácticos es lo mismo.

Termino con un pensamiento de Hans Magnus Enzensberger  del prólogo de Josep Ramoneda a la obra de Daniel Innenarity La política en los tiempos de indignación, que debería servir de profundo motivo de reflexión a las izquierdas y a todo aquel comprometido por la res pública. Ahí va: “No hay alternativa”. Aceptar tal afirmación es “una injuria a la razón, pues equivale a una prohibición de pensar. No es un argumento, es una capitulación”.

“No hay alternativa, es una injuria a la razón, no es un argumento, es una capitulación”