lunes 19/4/21

La izquierda debería tener claro que el neoliberalismo no es una realidad eterna, es contingente. De ahí depende su supervivencia

El concepto de “hegemonía”, entendida  como un “sentido común”  significa que un grupo instaura una determinada visión del mundo, que se convierte en horizonte universal de toda una sociedad. La hegemonía permite que un grupo guíe y gobierne a una sociedad sobre todo mediante el consenso, tanto activo como pasivo, en lugar del uso de la coerción, aunque esta última no está descartada, si hay que neutralizar la rebeldía o la insumisión. Hoy la hegemonía neoliberal es total y asumida por la socialdemocracia, de ahí su debilidad actual. ¿Será la antesala de  su extinción?

El  neoliberalismo implantado a mitad de los años 70  no hubiera sido posible sin un largo y concienzudo trabajo previo de construcción de un discurso, con un ideólogo, un lugar y una fecha concretas: Hayek, Mont-Pelerin y 1947.  En sus orígenes el neoliberalismo era una teoría marginal. A sus seguidores les resultaba complicado encontrar empleo y eran objeto de burlas por parte de la corriente predominante “hegemónica” del keynesianismo. Al final de la II Guerra Mundial, estaba vigente la doctrina de Keynes y se iniciaban en Europa occidental políticas dirigidas a la implantación del Estado del Bienestar. Por ello, en abril de 1947 se reunió en el “Hotel du Parc”, en Mont Pèlerin, en Suiza, un grupo de 39 personas entre ellas: Friedman, Lippman, Salvador de Madariaga, Von Mises, Popper... con el objetivo de desarrollar fundamentos teóricos y programáticos del neoliberalismo, promocionar las ideas neoliberales, combatir el intervencionismo económico gubernamental, el keynesianismo y el Estado del Bienestar, y lograr una reacción favorable a un capitalismo libre de trabas sociales y políticas. Este combate de los neoliberales duro y contracorriente finalmente alcanzaría su éxito en la segunda mitad de los años 70, después de la crisis de 1973, que cuestionó todo el modelo económico de la posguerra. Su victoria fue producto de muchos años de lucha intelectual. Suele atribuirse al reaganismo, al thatcherismo y a la caída del Muro, pero la historia es más larga. Su triunfo se vio facilitado por la autocomplacencia de una izquierda autosatisfecha. En esta tarea de imposición de sus ideas han contado con la ayuda mendaz de los escuderos de la derecha desde los años 70: think tanks creados y financiados por grandes corporaciones, la gran mayoría de la clase política, el mundo académico, los medios de comunicación, campañas publicitarias… Y han trabajado muy bien, al haber conseguido que ideas extravagantes o impensables de los años 70, sean hoy incuestionables y plenas de “sentido común”, sin que tengan otra fundamentación que la fe, al no ser comprobables empíricamente. Y así esas élites han impuesto su agenda política.

Si hay tres tipos de gente, los que hacen que las cosas sucedan, los que esperan que las cosas sucedan, y los que nunca se enteran de lo que sucede; los neoliberales pertenecen a la primera categoría y la mayoría de los progresistas a las dos restantes. Por ende, hoy determinados valores y principios del neoliberalismo la izquierda no sólo no los cuestiona, es que además desorientada los ha asumido sin ningún rubor.  Se han impuesto determinadas verdades incuestionables, auténticos dogmas, que fundamentan y legitiman la desigualdad cada vez amplia e irreversible. Ahí van algunas: incrementar los impuestos a las élites económicas al retraer la inversión e imposibilitar el crecimiento económico va en detrimento de la gran mayoría; es inevitable y además muy positiva la implantación de recortes  en el gasto público social para garantizar unas cuentas públicas saneadas y así evitar su bancarrota que provocaría secuelas gravísimas para toda la sociedad; las políticas de austeridad y devaluación salarial traerán de una manera irreversible la recuperación de la economía y creación a raudales de empleo estable; la privatización o externalización de los servicios públicos supondrá el aumento de la eficiencia con  mejores prestaciones a los ciudadanos, de la competencia en el mercado y mejora de las finanzas públicas; las empresas funcionan mejor si no están sujetas a rígidos convenios sindicales generales; el Estado debido a su burocratización y gasto incontrolado con el consiguiente aumento de los impuestos, debe ser reducido al mínimo; la desregulación de la economía es infinitamente mejor que un sistema en el que el Estado mantenga mecanismos de control y regulación; el libre mercado sin ningún tipo de cortapisas garantiza el buen funcionamiento de la economía; del fracaso personal somos responsables los individuos; la solidaridad, el altruismo y la empatía hacia los demás son antiguallas del pasado; las políticas keynesianas están caducas… En definitiva, esto es lo que hay. No hay alternativa. Aceptar tal afirmación es “una injuria a la razón, pues equivale a una prohibición de pensar. No es un argumento, es una capitulación”.

De todo ello se deduce que toda opinión distinta  al pensamiento dominante es calificada, algo que asume mayoritariamente la sociedad, como radical, izquierdista, populista, caduca y decimonónica. Como señala Owen Jones, “este proceso de marginalización es un rasgo esencial del nuevo consenso”, del nuevo sentido común.

Pongamos algunos claros y contundentes ejemplos. Cuando un gobierno anuncia la privatización, de la parte que es negocio, claro está, de un hospital, del suministro  o depuración del agua, de la electricidad u otro servicio público, ya no es noticia, porque es ya algo aceptado como normal. Es lo razonable, lo lógico, lo bueno para la sociedad. Son decisiones “de sentido común”. Sin embargo, si un político o un académico tiene la osadía de proponer que los ricos paguen más impuestos; de manifestarse a favor de una banca pública o cooperativas de crédito;  o por un modelo de comercio minorista de proximidad en lugar de las grandes superficies; o por la remunicipalización del agua o de la vivienda, al considerarlos como servicios básicos fundamentales de acuerdo con un texto constitucional, es probable, no mejor es seguro, que se convierta en noticia y sea sometido a todo tipo de improperios, entre los más frecuentes el de izquierdista, radical, populista. En definitiva tales propuestas razonables, lógicas, normales hace 30 0 40 años, serán boicoteadas hoy desde todos los frentes del sistema vigente. Y lo más probable es que el gobierno  renuncie a aplicar tales medidas. O lo que es lo mismo, el triunfo “del sentido común”.

 La izquierda debería tener claro que el neoliberalismo no es una realidad eterna, es contingente. Predomina hoy, pero mañana puede entrar en declive. Como el capitalismo o el comunismo. Corren malos tiempos cuando hay que demostrar lo obvio. La gran derrota de la izquierda es la asunción de que el neoliberalismo es lo que hay, y ante el cual no queda otra opción que la resignación o tratar de  humanizarlo. Esto último es imposible ya que lleva en sus entrañas la destrucción de todos aquellos valores que ennoblecen al ser humano: la solidaridad, la empatía, la justicia, la tolerancia, el respeto, la fraternidad, la dignidad...

 Hoy existen algunos intentos políticos de luchar contra el neoliberalismo. Totalmente fallidos. Nick Srnicek y Alex Willians en su libro Inventar el futuro. Poscapitalismo y un mundo sin trabajo hablan de política folk. Multitudes protestan contra la austeridad, pero siguen los recortes brutales. O contra la desigualdad, pero el abismo entre los ricos y los pobres se acrecienta. Las luchas alterglobalizadoras; grupos antiguerra y ecológicos; huelgas estudiantiles, el Occupy y el 15-M, las mareas tienen  características comunes: aparecen rápido, movilizan a muchas personas y, sin embargo, terminan por palidecer generando un sentimiento de apatía, melancolía y derrota. Nadie cuestiona la necesidad de su irrupción pero los efectos son mínimos por lo que al sistema escasamente le inquietan, incluso le sirven para presentarse como una democracia auténtica. En una palabra, la política folk carece de herramientas para derribar el neoliberalismo. Como mucho supone un alivio temporal y momentáneo.

Para los partidos políticos de centro izquierda su radicalismo se reduce a sueños nostálgicos de una socialdemocracia y de la llamada “edad de oro” del capitalismo. Mas,  las condiciones hoy ya no son las mismas. Esa “edad de oro” del capitalismo estaba basada en un entorno fabril disciplinado, donde los trabajadores (blancos, varones) recibían seguridad y un estándar de vida básico a cambio de una vida aburrida. Y represión social. Dependía de una jerarquía internacional de imperios, colonias y periferia subdesarrollada; una jerarquía nacional de racismo y sexismo; y una jerarquía familiar de subyugación femenina. Por otra parte, la socialdemocracia se apoyaba en un determinado equilibrio de fueras entre clases, prestas a transigir y fue posible tras la destrucción de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial y por la amenaza externa del comunismo. Este régimen es imposible de recuperar hoy, ya que las circunstancias son otras.

Desde la izquierda debe construirse un discurso alternativo contrahegemónico suficientemente ambicioso e ilusionante para la gran mayoría, en el que no pueden  faltar sus dosis de utopía. Renunciar a la hegemonía supone abandonar la idea de ganar y ejercer el poder; y también perder la fe en el terreno de la lucha política.  La historia nos enseña que muchas ideas, que en un principio parecían utópicas, una vez aplicadas dejaron de serlo. Ejemplos: matrimonio de homosexuales, el aborto, el voto femenino, la jornada laboral de 8 horas…Por ello, para que unas ideas puedan ser aceptadas en un futuro hay que ponerlas encima de la mesa y defenderlas con convicción. Voy a citar algunas de ellas, en torno a las cuales se podría construir ese discurso. Una necesidad imperiosa de un replanteamiento total de la cuestión energética, construido en energías limpias y renovables y abandono de las contaminantes. Una apuesta decidida por el avance tecnológico basado en la robotización, automatización y digitalización. Disponemos hoy de suficiente tecnología para prescindir de la mayoría del trabajo humano y a la vez producir cantidades cada vez mayores de riqueza. La reducción por la tecnología de la demanda de la mano de obra, posibilitaría la propuesta del acortamiento de la semana laboral, que ha sido siempre, salvo hoy, defendida por la izquierda. Sin embargo, estamos observando que la tecnología en lugar de servirnos para incrementar nuestro ocio,  las jornadas laborales son cada vez más largas y con sueldos más reducidos. Y es así porque  el aumento de la productividad beneficia exclusivamente al capital. Y por último, la propuesta sin ambages de una renta básica universal, que proporcionaría a todo ser humano   la autonomía, sin la cual la libertad no es posible.

La izquierda debería tener claro que el neoliberalismo no es una realidad eterna, es...