jueves 24/6/21

Yo no soy déficit

Me he mirado al espejo esta mañana y he llegado a una conclusión de que yo no soy déficit. No estoy en deuda conmigo mismo porque la palabra, la libertad, el derecho al trabajo, a la salud, a la educación, a la vejez me los he otorgado desde dentro, desde mi propia hechura humana. No son regalo de nadie y por nadie están hipotecados.

Me he mirado al espejo esta mañana y he llegado a una conclusión de que yo no soy déficit. No estoy en deuda conmigo mismo porque la palabra, la libertad, el derecho al trabajo, a la salud, a la educación, a la vejez me los he otorgado desde dentro, desde mi propia hechura humana. No son regalo de nadie y por nadie están hipotecados. Nadie puede en consecuencia embargarlos, expropiarlos, usurparlos porque entrañaría un ataque directo al ser que soy, a la intimidad que soy, al proyecto que soy.

Cuando los gobiernos piensan que están por encima del ser humano se convierten en dictadores, en campos de concentración donde se desguaza la aventura de ser hombre para convertirla en piezas aprovechables con las que se puede comerciar para sacarle una rentabilidad y entregarlas a quien las compre para su mejor beneficio y aprovechamiento. El capitalismo se convierte así en un inmenso almacén, perfectamente clasificado, un mercado inconmensurable al que puede acudir el dinero y convertir en ganancias lo que es inservible aislado del conjunto del negocio. Los que disponen del dinero se creen con el derecho a comprar al que no lo tiene. Y el que nada tiene se entrega porque el estómago es un grito con ecos desesperados.

Una vez apropiado en la infame subasta de la pobreza, del hambre, de la miseria, el capital se arroga la prerrogativa de otorgar trabajo, salario, disponibilidad, despido, alteración de horario, destino espaciotemporal y todo aquello que exige la ganancia de quien se atribuye la propiedad frente a la mercancía, pura mercancía, pagada al precio de antojo o de mercado en rebajas.

Hay crisis, dicen. Y en el vientre de esa crisis crece el chantaje como arma pendular que va y viene sobre el mundo del trabajo. El empresario sostiene que da de comer a quince familias cuando la realidad es que quince familias dan de comer al empresario. El que posee el dinero crea país, cuando en realidad quien hace crecer al país es el trabajo o en el mejor de los casos la simbiosis de ambos. El dinero sin trabajo es una joya guardada en un cofre. El trabajo es el que da al dinero capacidad de lucirse y de adornar la vida. El que está en la cúspide nunca se sostiene a sí mismo. Necesita siempre de quien lo mantenga sobre sus espaldas.

Hay crisis, dicen. Y lo que llaman reformas son medios de destrucción de unos derechos que no son otorgados por el capital ni por gobierno alguno. Y por tanto cuando son recortados se convierten en derechos agredidos, expropiados, atacados. Y es lícita la rebelión, estricta necesidad la reclamación y autodefensa la exigencia de su devolución.

Hay crisis, dicen. Y amparados en esa crisis los gobiernos fabrican 24 millones de parados en Europa, de los cuales seis corresponden a España. Han estrujado los sueños, las esperanzas, la alegría y los estómagos de 24 millones de personas, atadas a sus familias, a su salud, a su educación, a su vejez, a su dependencia. No resulta digerible que esos desahuciados de la vida paguen una crisis de la que no son autores ni que sus vidas sean inmoladas en el altar del euro, de la prima de riesgo, de los mercados o de Merkel emperatriz. ¿Se acuerda alguien de que se iba a refundar el capitalismo? Sarkozy construyó la frase (no llegó a la categoría de idea) y se olvidó cuando el capitalismo le susurró que ya era lo suficientemente perverso como para añadirle nuevos adornos. Un día Merkel tiró a la basura la refundación e impuso criterios decisivos que demostraran las consecuencias de una realidad dominante y dominadora. Y en esas estamos. Europa tiene un eje alrededor del cual gira hasta el mareo, el vómito y el desmayo definitivo.

Hay crisis, dicen. Pero deberíamos tomar conciencia de que el elemento que puede solucionarla nunca puede pasar por encima de lo humano. Europa no puede ser una simbiosis de látigos y de elegantes esclavos de corbata hipotecada, de coche hipotecado, de vivienda hipotecada sometido al contrato del miedo. Nos estamos quedando sin libertad, sin opciones libres de voto (pregunten por Grecia o Italia) Incluso cualquier gobierno salido de las urnas está sometido a los designio supremos de la moneda. Los gobiernos no gobiernan. Simplemente podan el jardín para que posen sus pies manchados los mercados vestidos de limpio.

No somos un déficit. Somos la grandeza de quien posee una fuente interior de derechos que nadie puede arrebatar. Y si alguien lo intenta debería verse las caras con una humanidad puesta en pie como un río rebelde.

Yo no soy déficit
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