domingo 9/5/21

La pandemia como enfermedad social

La pandemia como enfermedad social sugiere un programa global de reformas revolucionarias de la forma de vida actual.
covid revolucion 960

A medida que la humanidad ha asegurado su dominio del medio, la enfermedad ha dejado de ser un castigo de Dios. O una prueba divina a la fe religiosa de los hombres. Cada vez hemos descubierto más vínculos entre las enfermedades y nuestro modo de vida hasta el punto de poder asegurar que gran parte de las enfermedades traen su origen, su desarrollo o sus consecuencias, o todo ello, de nuestras estructuras y conductas colectivas. A medida que ese control aumenta, las enfermedades incurables son, cada vez más, aquéllas que simplemente no se investigan mientras cada vez más enfermedades incurables dejan de serlo.

Se atribuye al Dr. Marañón que se refiriera al bocio, endémico hasta mitad del siglo pasado en buena parte de la España interior y en Las Hurdes en concreto, la condición de “enfermedad social”. Cuando le preguntaron por el tratamiento añadió: “carreteras”. Hoy el bocio, debido en gran medida a las aguas débiles en yodo y al aislamiento geográfico de las poblaciones, es una enfermedad minoritaria. Y, en efecto, el antibiótico han sido las vías de comunicación, las carreteras, la movilidad de las gentes y los servicios municipales de abastecimiento de agua sanitaria. Un claro ejemplo de como el atraso y el abandono hacen enfermar y la atención en los Presupuestos Generales del Estado puede resultar curativa.

En éstos días hemos descubierto, a nuestro pesar, el reverso de la moneda: el aislamiento como garantía frente al contagio y las vías de comunicación en una sociedad globalizada como autopista para la difusión de la enfermedad hasta constituir una pandemia. Con unos criterios de universalización nunca antes conocidos, que superan los exigidos para las terribles epidemias del pasado o las que actualmente se producen limitadas a zonas geográficas definidas precisamente por su atraso, pobreza y falta de estructuras.

La misma etimología de las palabras nos sugieren los conceptos. Epidemia, pandemia, democracia. Lo que nos sugiere la íntima conexión entre política (el “gobierno de la ciudad”, del Estado) y pandemia (lo que afecta a todo el pueblo o a todos los pueblos). La táctica y la estrategia a corto y medio plazo incumbe, ciertamente, a los médicos asistenciales y a los epidemiólogos. Esos médicos raros cuyos instrumentos de trabajo no son tanto el fonendo y la jeringuilla, sino las encuestas y las ratios estadísticas; que tienen por paciente no tanto el ciudadano concreto, sino la ciudadanía en general;  y que no radiografían a personas sino al mismísimo país. Son los técnicos en la lucha contra la enfermedad. Pero también a los políticos a los que incumbe la toma de decisiones, la elaboración de las estrategias y las responsabilidades civiles e incluso penales que puedan causar su inhibición  y hasta sus errores imperdonables. Por cierto, en la Comunidad de Madrid deberían tomar buena nota.

Esa conexión entre política y pandemia y aún con la enfermedad en general exige además la elaboración de políticas y estrategias a más largo plazo sostenidas en un análisis socio-político-económico. Un análisis que nadie ha hecho y que, incomprensiblemente, no parece interesar, lo que produce un conocimiento de la pandemia parcial e insuficiente. Personalmente no creo que no se haya hecho por olvido o porque no se nos haya ocurrido. No se ha abordado porque resulta inconveniente. Porque significa cuestionar los cimientos, los forjados y los pilares maestros de nuestra civilización. Y eso sobrepasa los límites del sistema. Define los cambios revolucionarios que son precisos y que los grupos dominantes no están dispuestos a asumir, precisamente porque les cuestionarían. Y esa es la base del negacionismo que excede de la simple locura o la ignorancia.

No podemos desconocer el origen que buena parte de nuestras epidemias y pandemias está en zoonosis que nos son transmitidas por animales salvajes y no salvajes. Y que, según la tesis provisional de los científicos, ratificada por Naciones Unidas, ello tiene que ver con la agresiva destrucción de hábitats naturales. Nadie sabe, pero es de imaginar, qué nos deparará en el futuro la deforestación del planeta, el deshielo de los polos o la extinción masiva de especies y otras formas de vida que jugaban un papel en el equilibrio ecológico. Nadie sabe a ciencia cierta qué secretos se ocultan en lo más profundo de las selvas, o en las profundidades de los mares congeladas desde tiempo inmemorial o en los espacios que ocupa el resto de los especies animales y vegetales.

No podemos desconocer el papel crucial en el contagio y extensión de la enfermedad de la globalización económica del mundo basada en una economía y un consumo mundializados. De nuestros propios hábitos de consumo. O del urbanismo capitalista y la especulación del suelo que configura ciudades masificadas, divididas en barrios ricos y “banlieus” donde se hacina la población en habitáculos de restringidas superficies y que, en su versión más extrema, alcanza la gentrificación, el chabolismo y las “camas calientes”. O de la estratificación social presidida por una creciente concentración del capital en menos manos y la extensión de la pobreza y su intensificación hasta alcanzar la miseria. Y con ella el hambre, la falta de higiene y de servicios que debilitan a los hombres y facilita el paso a la enfermedad.

No podemos desconocer el papel y las deficiencias de los Sistemas públicos de Salud y de los Servicios sociales, cuando existen, que son los que en verdad se “comen” las pandemias, que inciden en la prevención y en la curación de los que llegan a enfermar. Lo que algunos consideraban caro y prescindible antes de la pandemia hoy resulta absolutamente imprescindible porque su inexistencia o deficiencias originan un costo económico y social mucho mayor

No podemos desconocer que los tratamientos son selectivos al tiempo que segregatorios porque no está garantizado un igual acceso a los mismos. Los  farmacológicos y médicos pero también los sociales coadyuvantes. Solo intuimos hoy las secuelas físicas de los enfermos y las secuelas sociales en nuestros países.

Y finalmente no podemos desconocer que a la salida de la pandemia habrá una “postguerra” en la que las secuelas de todo tipo incidirán, siguiendo criterios de posicionamiento social, de forma desigual sobre la población incrementando la desigualdad de partida. Especial relevancia hay que asignar a la distribución de la cargas que las inevitables políticas de ajuste, que habrá que aplicar al fin de la pandemia, incluso antes de dicho fin si la misma se prolonga en el tiempo, y que harán recaer principalmente sobre las clases medias y trabajadoras el esfuerzo de la recuperación.

La pandemia como enfermedad social sugiere un programa global de reformas revolucionarias de la forma de vida actual.

La pandemia como enfermedad social