domingo 20/6/21

4M: los madrileños eligen las “caenas”

Una pregunta que se hacía en Europa en tiempos de la dictadura franquista era la de cómo era posible que los españoles soportaran una dictadura tan abyecta, tan criminal, tan genocida como la de Franco, sabiendo que los españoles lucharon siempre tan denodadamente contra los ¡extranjeros! que querían imponerles cadenas a su libertad. Los romanos, los musulmanes en sus diversas variantes, Napoleón, los ingleses que probaron las dificultades de su conquista –las Indias eran “españoles de ambos hemisferios” según la Constitución de Cádiz de 1812–, los carlistas. Para los historiadores, el rey –hoy diríamos jefe del Estado– considerado más nefasto para las libertades y para el bien del pueblo fue Fernando VII y, sin embargo, ha pasado bajo el sobrenombre de “El Deseado”. Además, gracia a su obra,  se acuñó el dicho de “vivan las caenas”, así, sin la “d”. Decía que el más nefasto hasta que llegó un analfabeto funcional, con voz atiplada, que ganó una guerra incivil, se hizo con el poder, implantó una dictadura de casi cuarenta años y se convirtió en uno de los grandes criminales de la historia. Ese fue Franco. Y lo fue desde el principio hasta el final, firmando en el año de su muerte algunas sentencias de la misma índole. ¿Cómo pudimos soportar los españoles algo semejante? La razón ha estado siempre ahí y no se ha querido reconocer: porque una parte de los españoles que no tienen de todo, ante situaciones de crisis de diversa índole, eligen las cadenas a la libertad, y más si eso puede reportarles algún privilegio o aprovecharse de situaciones de privilegio. Y eso no depende de ser rico o pobre, de ser trabajador, autónomo, parado o pensionista. De nuevo “vivan las cadenas”. Veamos lo que dice un gran historiador español como fue Josep Fontana, fallecido recientemente: “En el terreno de las luchas por las libertades parece difícil escapar a la conclusión de que la historia de España entre 1808 y 1874 es la historia de un fracaso. La de una sucesión de intentos de avanzar por el camino de la democracia –en 1808, 1820, 1840, 1854 y 1873-, frustrados por otros tantos retrocesos –en 1814, 1823, 1844, 1856, 1874- que vendrían a arrojar, en suma, un balance  de poco más de quince años de intentos democratizadores contra ¡66 de contrarrevolución! [1]”. Y eso que Fontana se queda en el siglo XIX porque su libro, La época del liberalismo, retrata lo que fue ese siglo tan trascendental para el siguiente. Y a continuación nos da un terrible dato en la siguiente cita: “De Riego a Tejero, más ¡cincuenta intervencionistas! de salvadores de la patria, con resultados tan siniestros como los cientos de miles de muertos y las décadas de atraso que provocó la de 1936, han marcado el curso de la historia de la España contemporánea, donde cada intento de avance hacia la democracia ha venido generalmente seguido a muy corto plazo por una vuelta a la normalidad de la reacción”.

Todo lo anterior sirve para constatar una tendencia histórica en España, cuya historia política sí ha sido peculiar pero no tanto la económica, como se ha sostenido por algún historiador. Estoy pensando en las tesis de Nadal sobre el fracaso de la revolución industrial o sobre las traiciones de la burguesía en su papel “revolucionario” en lo económico. Y todo esto se traslada en el tiempo. Un error de Ortega y Gasset fue considerar que España se había saltado el siglo XIX; es lo contrario, España vive aún con los resabios del siglo XIX, con la dictadura de Fernando VII, los pronunciamientos, sus contadas épocas de contadas libertadas, siendo la más significativa la de la Gloriosa, de 1868 a 1874: de alguna manera revivimos ese período ahora. Y el resultado de toda esta historia es un hecho peculiar que aún sobrevive en España y es la dejación de la derecha en la izquierda de la defensa de la democracia y de las libertades democráticas. Y el problema es que en este siglo ya no basta defender el Estado de Derecho para defender la democracia y ser demócrata: hay que defender también el Estado de Bienestar y no atacarlo, como hacen actualmente las derechas españolas. Para éstas la democracia es algo impostado e impuesto, un implante que provoca anticuerpos, un obstáculo que hay que saltar aunque preferirían que no lo hubiera. Tal es así que las derechas no han sido capaces de fabricar un partido que no sea herencia o remembranza del franquismo. El de Ciudadanos parecía destinado a ello, pero un tontito como Albert Rivera lo ha hundido y ni siquiera el flotador de Arrimadas parece que pueda sacarlo a flote.

Pero pasemos a Madrid. La capital y la Comunidad que la envuelve son un reducto y ejemplo de lo anterior, pero con algunas diferencias. Por mor de unos pactos implícitos entre el PSOE felipista –continuados por Zapatero-, la Comunidad de Madrid se ha convertido en un paraíso de elusión fiscal; también un paraíso de la enseñanza concertada frente a la pública, otro de los efectos y defectos de esos pactos implícitos. En Madrid, en los impuestos cedidos, están bonificados al 100% el impuesto sobre el Patrimonio y al 99% en de Sucesiones y Donaciones. También están favorecidos para el contribuyente los de Transmisiones y AJD; también el tramo autonómico del IRPF. Y esto es una de las causas de un voto plus al PP, quiero pensar, porque eso lo saben, no solo los ricos, sino los pequeños propietarios que pueden aprovecharse fiscalmente de esta diferencia de la Comunidad respecto al resto de las comunidades. Por ejemplo –y hablando de los ricos– en Madrid están residenciadas fiscalmente –a través de falsos empadronamientos– 400 de las 600 mayores fortunas de España. Este desastre de sistema fiscal permite a la derecha política apoyarse en la pulsión egoísta de los ciudadanos y de búsqueda de privilegios, cosa que atañe a todas las clases sociales. Y es un tema difícil de resolver. Por ejemplo, este hecho perjudica notablemente a las autonomías fronterizas con Madrid y, sin embargo, Castilla-León acaba de bonificar también al máximo el impuesto de Sucesiones y Donaciones porque, como es sabido, es del mismo color político que la C. de Madrid.

Aún así la izquierda española tiene que reflexionar sobre lo hechos. Los consensos implícitos con la derecha han sido un tremendo error en temas como la fiscalidad o la enseñanza

Es verdad que se pueden buscar errores en los partidos de la izquierda. Por ejemplo, siempre me pareció un error de Unidas Podemos participar en el gobierno de la Nación de la mano de Pablo Iglesias: no se puede estar en misa y repicando, no puede el mismo político estar en el Gobierno y en la Oposición. La dimisión del líder del partido es, también, el reconocimiento implícito de ese error. Desgraciadamente para los que somos de izquierda y miramos con más benevolencia los errores propios que los ajenos, cabe especular que el papel de Iglesias ha servido para dar más votos a la derecha que los conseguidos para la izquierda. Las palabras del mismo Iglesias en la noche electoral parecen avalar esta hipótesis.

Un error, esta vez imputable al Gobierno de la Nación, es creer que hay una mayoría de madrileños que antepongan la salud a los negocios: la verdad es justamente la contraria, y de eso tiene que sacar lecciones para el futuro y para el próximo presente como es la de otorgar a las Comunidades la responsabilidad de las medidas de confinamiento que estimen oportunas. En este tema y en tantos otros se ve el fracaso del sistema autonómico español, permitiendo que surta efecto electoral la absoluta deslealtad con que la Sra. Ayuso ha hecho con la pandemia, que ha utilizado el covid19 para arremeter contra el Gobierno en lugar de centrarse en la lucha contra esta desgracia sobrevenida. Lo ocurrido con las residencias de Madrid es como para dar cuenta, al menos, en los tribunales. Pues bien, en el 4M los madrileños han votado negocios por encima de la salud: saquemos consecuencias.

Es también un error considerar al propio PP como un partido fascista, cosa que sí lo es VOX. Es verdad que el partido de Pablo Casado es una herencia del franquismo y que un parte de sus votantes –sobre todo los muy mayores– añoran la dictadura franquista; es verdad que el propio Casado, en su estulticia como político, ha tratado al gobierno de Pedro Sánchez como de ocupa y de ilegítimo, pareciendo apelar a un golpe de Estado. Sin embargo eso es más imputable al bajísimo nivel intelectual de este líder oficial del partido, a su situación precaria como presidente del partido y a las alternativas de Feijoo y, ahora, la de Ayuso, que se presentan como fantasmas que le cegaran el camino a la Moncloa. En cambio el suelo electoral de VOX sí es claramente fascista, con un fascismo adaptado a los tiempos actuales y su líder, el tal Abascal, quisiera ser el Primo de Rivera (hijo) del siglo XXI en España.

La señora Ayuso –que es una analfabeta funcional– parece querer encarrilar una tercer vía entre VOX y su propio partido: la vía trumpista, cuyo instrumento es la mentira sistemática y su palanca, pulsar de continuo la pulsión egoísta, insolidaria y de búsqueda de privilegios de los ciudadanos, ciudadanos sin ninguna distinción de clase y condición. Parece difícil que lo consiga porque a esa apelación a las pulsiones egoístas de los ciudadanos tiene que trasladarse al resto de las autonomías, convirtiéndose éstas y sus habitantes en financiadores de la Comunidad de Madrid, tanto por la vía del gasto como la de los ingresos. La Ayuso intentará en los próximos meses destrozar en lo posible la sanidad pública, potenciar la enseñanza concertada, menoscabar los recursos a la dependencia, y las ayudas legisladas en el ámbito de sus competencias a los más necesitados, etc. Pero eso solo lo puede hacer a costa del resto de los españoles porque el gasto comprometido para este año este año es de 453.000 millones y los ingresos previstos son unos 70.000 millones menos. Más aún, la deuda pública está en el 120% del PIB debido a las ayudas a empresas, trabajadores asalariados y autónomos, etc., y va a ser difícil estirarla más: no queda mas remedio que subir los impuestos gobierne quien gobierne, tal como hizo el mismo Rajoy en su mandato de 6 años. El FMI, la OCDE, el BCE, la señora Lagarde, etc., están reconociendo que no puede cometerse el mismo error que en el 2008 y próximos siguientes cometieron estos mismos organismos internacionales con las políticas de austeridad. Tal es así que el propio BCE anuncia la permanencia de las políticas de expansión crediticia para mantener unos tipos de interés bajos como los actuales. Y eso ocurrirá mientras la inflación no se atisbe como amenaza.

Aún así la izquierda española tiene que reflexionar sobre lo hechos. Los consensos implícitos con la derecha han sido un tremendo error en temas como la fiscalidad o la enseñanza. La época del consenso con la derecha es ya historia, y si el juicio de la historia sobre esto puede haber servido para consolidar la democracia, ese será su activo, su único activo aunque trascendental. Pero todo eso es ya historia: ahora toca rectificar y hacer otras cosas. Por ejemplo, la defensa denodada del Estado de Bienestar, la lucha en la calle y en el BOE para combatir la tremenda desigualdad económica y de oportunidades de los españoles. También la necesidad de repartir rentas desde el Estado –¡las Comunidades también son Estado!– para sostener la demanda y por necesidades de justicia social. Tareas que la derecha, ideológicamente, no puede ni siquiera abordar. Al menos la derecha española, que es en Europa y en el planeta un anacronismo histórico.

Veremos que pasa, pero mientras las encuestas sobre el posicionamiento ideológico de los españoles den como levemente sesgada a la izquierda respecto a la derecha, si en el próximo futuro ganara la derecha en el Parlamento español sería por errores de la izquierda y no por méritos de la derecha. Hay que romper el maleficio y no siempre los españoles, ante situaciones difíciles pero coyunturales, elegirán las “caenas”: hay que confiar en ello y en la C. de Madrid, dentro de dos años, se las pueden quitar. Veremos.


[1] Los signos de admiración son míos.

4M: los madrileños eligen las “caenas”