domingo 18/4/21

Pablo Casado ya ha fracasado

Pablo Casado e Isabel Díaz-Ayuso en una imagen de archivo.

Tener como apellido un participio pasado (casado, participio pasado de “casar”), lleva a que surjan pareados involuntarios como sucede con este titular. Ocurre igual con las iniciales de Isabel Díaz Ayuso, “IDA” (participio pasado del verbo “ir”). Es como una señal que nos indica que la joven mediocridad de la derecha española sigue mirando al pasado y envuelta en el pasado sin haber aprendido nada.

En enero de 1989 tuve la fortuna de cubrir para Mundo Obrero el IX Congreso de Alianza Popular, que desde ese instante pasó a denominarse Partido Popular con un mayor alarde populista en su apellido. Recuerdo que en los pasillos del Palacio de Congresos a unos compromisarios (que no delegados) mirar mi credencial y comentar en voz bien alta: “Anda, un bolchevique de la hostia”.

Alianza Popular seguía oliendo a naftalina a pesar de haber puesto en el timón dos años antes a un joven Antonio Hernández Mancha que continuaba oprimido por la pesada sombra de Manuel Fraga. Los permanentes fracasos y la crisis infinita intentan refundarse con un vicepresidente de pasado falangista, pero que cuando alcanzó el poder por los pelos del bigote, tuvo oportunidad dialogó con ETA (lo que él denominó “Movimiento Vasco de Liberación”), al igual que explicó al mundo que hablaba catalán en la intimidad. Aznar fue el único joven que cuajó tras los fiascos de Hernández Mancha o Jorge Verstringe, hasta que sus mayorías absolutas le llevaron a un absolutismo ultraliberal. Un absolutismo que nos metió en la guerra de Irak y en objetivo del terrorismo yihadista, con la mentira siempre por bandera. Entre el chapapote y los hilillos de plastilina ya se movía Mariano Rajoy, que años después también lograría una mayoría absoluta como consecuencia de la gestión que hizo Zapatero de la Gran Recesión.

Sin duda, Pablo Casado es otro joven que pasará a la historia del PP con más pena que gloria. Desde su elección como presidente de este partido no ha dejado de perder elecciones, no ha dejado de equivocarse al colocar con su dedo en puestos relevantes a gentes incapaces, ha llevado a su partido a tener un ideario más cercano a los ultras de Vox que a una derecha moderna, sus métodos son autoritarios y es incapaz de acordar nada con el Gobierno, a veces en actitudes claramente antidemocráticas (como vetar a Podemos, que está ahí con una buena cantidad de votos). Y para más inri, su partido sigue enfangado en el barro de la corrupción, que ahora crece y hace del Watergate una anécdota con la Operación Kitchen.

Casado no es consciente de que su presidencia en el PP nacía muerta y que cada día, incomprensiblemente, echa más paladas de tierra sobre ella. Parece no entender que su partido está en una situación peor que en tiempos de la refundación de época de Fraga. El 20 de noviembre de 2011, Mariano Rajoy lograba 186 escaños; Menos de ocho años después Pablo Casado está por debajo de la mitad, con 89 y fuera del escenario en lugares como País Vasco y Cataluña. A pesar de ello, su jefe de Comunicación, Pablo Montesinos insiste en calificarle de “presidente” para que creamos que es alguien relevante, más allá de esas puestas en escena con banderas y fotos con Felipe VI como si cada vez que lanza un exabrupto estuviera dando el discurso de Navidad.

Quiere Casado que la población obvie que su partido, ya antes de la Kitchen, logró la cifra de más de 30 casos de corrupción con más de 800 imputados. Un dato que tiende a infinito. Quiere Casado que hablemos de defender a Felipe VI, de banderas y etcétera para que no miremos la riada de dimisiones que sufren los gobiernos encabezados por el PP en regiones como Madrid, donde Isabel Díaz Ayuso fue decretada candidata por su decisión personal. Ante el desastre de Ayuso ya evidenciado hasta por el Financial Times (que no el Mundo Obrero), Casado ha dado orden de quitarla del foco mediático, pues cada vez que abre la boca se revuelve España entera y también las aguas internas del PP. El problema es que quien iba a sustituirla en las comparecencias ante la prensa, Emilio Bouza, ha dimitido en 48 horas.

El dedo de Casado también erró claramente al designar a Cayetana Álvarez de Toledo, portavoz parlamentaria del PP, bandera de la crispación y una persona sin ningún filtro. Con ella el “presidente” popular crío un cuervo que le está sacando los ojos desde YouTube y desde donde puede. Otro fichaje estrella que le salió rana fue Juan José Cortés, el padre de la niña asesinada, Mari Luz.

Pero si por algo ha fracasado Casado es por su actitud ante la pandemia, alentando la crispación donde debería haber unidad; buscando el enfrentamiento entre españoles, donde debía haber puesto cemento. Lleva en el ADN el autoritarismo de Fraga en tiempos de Franco y de Aznar en tiempos de su mayoría absoluta sin entender que hoy su partido no tiene poder, ni inteligencia, ni músculo y que esto es una democracia a la que está erosionando. No entiende que no sirven las viejas recetas ultraliberales  y ser comparsa de Vox. Es incomprensible su papel, es incomprensible que mantenga a Isabel Díaz Ayuso, es vergonzoso que impida que se renueve el Consejo General del Poder General, caducado hace dos años y con los cargos que impuso Mariano Rajoy.

El PP se ha encargado de entonar permanentemente el mantra de que se iba a romper España, pero hoy lo que está roto es el PP y eso es una pérdida para la democracia porque este país necesita un partido centrado, que mire al futuro, pero que también deplore y denuncie nuestro pasado franquista.

Si Casado llega a las siguientes elecciones en este escenario que ha planteado volverá a perder con diferencia. El PP tiene varios problemas y dos fundamentales: Isabel Díaz Ayuso y su amigo Pablo Casado.

Pablo Casado ya ha fracasado