sábado 8/5/21

14-D: Pararon hasta los relojes

Con algunas arrugas, canas y también con algunas heridas cicatrizadas vivo este soleado 14 de diciembre de otoño madrileño que mira al invierno. Hace ya treinta y dos años de aquella jornada histórica en la que pararon hasta los relojes. En esos días, con mis veintitrés recién cumplidos trabajaba yo para el semanario “Mundo Obrero”. Una de las mayores fortunas laborales de mi vida: trabajar en “Mundo Obrero” el día de la gran Huelga General. Una inolvidable experiencia para un joven periodista de izquierdas.

La frase “pararon hasta los relojes” fue lanzada por Ángel Campos, entonces secretario confederal de Comunicación de CCOO. Yo estaba allí, lo apunté y de hecho así se tituló la crónica de “Mundo Obrero”, pero también la de “Diario 16”. Seguro que esto supone un debate anecdótico para la historia porque la frase, de unos años a esta parte, ha sido bastante reutilizada con diversas autorías, pero el hecho cierto es que la lanzó públicamente CCOO a través de su responsable de comunicación.

Aquella huelga general fue calentada por la juventud. El Gobierno de mayoría absoluta de Felipe González tenía un plan que pretendía acelerar la llegada del neoliberalismo de Ronald Reagan y sus “Chicago boys” a España: el Plan de Empleo Juvenil que precarizaba el trabajo de la juventud. Un plan que, como decía Paco Moreno, entonces secretario confederal de Juventud de CCOO, no sólo cuestionaba el futuro de los jóvenes, sino todas las relaciones laborales. Un plan, que como denunciaba Jesús Montero, entonces secretario general de la UJCE (la Juventud Comunista del PCE), no era un plan, sino “un decreto de guerra”.

Recuerdo escribir reportajes previos a la huelga rememorando a Miguel Hernández:

“Sangre que no se desborda,

juventud que no se atreve;

ni es sangre, ni es juventud,

ni relucen ni florecen.

Cuerpos que nacen vencidos,

vencidos y grises mueren:

vienen con la edad de un siglo,

y son viejos cuando vienen.

La juventud siempre empuja,

la juventud siempre vence (…)”

Fueron días de gran ilusión. No hacía tanto, el tiempo es algo relativo en nuestras memorias, habíamos padecido el gran chasco del referéndum de la OTAN. La izquierda del “felipismo”, también la izquierda socialista, chocaba contra el muro que siempre fue Felipe González y su simpático escudero Alfonso Guerra. El 14-D fue un revulsivo. La sociedad dio muestras de no estar narcotizada a pesar de que la heroína asesinaba por las calles a buena parte de la juventud.

Aquel 13 de diciembre por la noche había tanta energía en las calles de Madrid como frío. Aquella jornada histórica comenzaba en la sede de la USMR de CCOO, en lo que hoy es el auditorio Marcelino Camacho, en la calle Lope de Vega, “las once de la noche en la sede Comisiones Obreras de Madrid era un hervidero de gente con muchas ganas de que el paro fuera un rotundo éxito. Y así fue”, narraba en mi crónica. Las consecuencias de aquel éxito se plasmaron al año en los acuerdos de la PSP (Propuesta Sindical Prioritaria). Con aquel éxito ganaron los trabajadores y ganó la democracia.

Antes de que los piquetes recorrieran las ciudades de la región, Rodolfo Benito, entonces secretario general de CCOO de Madrid, proclamaba: “hay que actuar con responsabilidad pero con firmeza allí donde los empresarios presionen contra la huelga”. El grito “¡¡Hueeeeelga!!”, resonó al unísono por las calles de Madrid, por las calles de toda España.

La hora mágica fueron las 12 de la noche entre sonrisas y emotivas lágrimas de viejos luchadores. Los periodistas ya habían hecho huelga el 13, con lo que no hubo prensa el 14.

En Navacerrada los siete responsables del repetidor de Radio Televisión Española se la juegan frente a la dirección y cortan la emisión. El éxito de la jornada se percibía.

A las dos de la tarde, Marcelino Camacho, entonces presidente de CCOO se dirigía a las miles de personas que conformaban los piquetes: “¡si no nos domaron ayer, no nos domesticarán hoy!” Antonio Gutiérrez, entonces secretario general del sindicato afirmaba: “Hay una clase obrera capaz de dar lecciones de firmeza, lucha y también total responsabilidad. El Gobierno debería quitarse el sombrero ante una clase obrera que no se merece”.

Y dos días después, el 16, las calles de Madrid, las calles de toda España se llenaron de trabajadores y trabajadoras. El Gobierno no podía mirar hacia otra parte. La calle era una olla apresión.

La espoleta de la huelga general fue una ocurrencia del Gobierno: el Plan de Empleo Juvenil. Un plan que precarizaba los contratos en momentos en que el paro alcanzaba cifras trágicas. Pero en aquel momento, la prepotencia del Gobierno y la ausencia de diálogo fueron también elementos que abocaron a la mayor movilización social de la historia de la democracia en nuestro país.

Grandes logros

Ocho millones de trabajadoras y trabajadores lanzaron un mensaje claro al Gobierno, que parecía no poder creerse lo que había ocurrido. Así las cosas, el diálogo se inició y al año estaba cerrado el acuerdo estatal de la PSP, unos acuerdos de mínimos desarrollados por las comunidades autónomas. Madrid estuvo en la vanguardia a la hora alcanzar los acuerdos con el Gobierno de Joaquín Leguina. El 22 de diciembre de 1989 tras una larga reunión entre Leguina, Rodolfo Benito y José Luis Daza, responsables de CCOO y de UGT de Madrid, respectivamente, todo quedó prácticamente cerrado con cinco grandes temas: política de empleo; derecho a la negociación colectiva de los empleados públicos; política y protección social; vivienda, medio ambiente y transporte; y participación institucional y sindical.

Recuerdo, en medio de las recién inauguradas navidades, a Ángela Bautista, entonces mi redactora jefa, dándome la bronca porque sólo quedaban una líneas para cerrar la edición. Entonces no había móviles. Desde la calle Claudio Coello corrí a la presidencia del Gobierno regional en la Puerta del Sol. No sé cómo lo hice pero me colé en la sede de la presidencia. En las escaleras pude hablar con Paco Naranjo, entonces secretario de Comunicación de CCOO de Madrid. Me dijo que sí, la cosa iba a salir pero que no se podía decir todavía. Claro, lo mío era un semanario, no una agencia de noticias... Escribí lo que me filtró, me encomendé a todos los santos y…, la cosa salió.

Aquel día, la influencia, la incidencia y el prestigio de los sindicatos se puso en su sitio. El “felipismo” abrió una brecha con la UGT de Nicolás Redondo con consecuencias de futuro, pero ganó la autonomía sindical. La democracia se consolidó.

14-D: Pararon hasta los relojes