lunes 21/6/21

Aciertos y errores

En el mundo científico, el patrón de conducta usual es comunicar, preferentemente los logros alcanzados. Rara vez se publicita y mucho menos se divulga el error...

En el mundo científico, el patrón de conducta usual es comunicar, preferentemente los logros alcanzados. Rara vez se publicita y mucho menos se divulga el error, el fracaso, el procedimiento que no llevó a ninguna parte, la ruta equivocada. Y es un error grave que ocurran así las cosas, por cuanto de los fallos se aprende mucho más que de los aciertos. Si los alumnos, discípulos o aprendices, recibieran directamente de sus maestros, la relación y análisis de los errores cometidos, ¡cuanto mayor y profunda no sería su preparación!

A lo largo de la Historia de la Humanidad ha habido muchos casos que revelan que los avances científicos o tecnológicos, han ido de la mano de errores, ad latere,  que, en ocasiones solamente han supuesto un contraste y en otros casos han revelado la dura lucha de las concepciones acertada y equivocada, que luchaban denodadamente por abrirse camino e imponerse. Afortunadamente, la Ciencia tiene una cualidad de la que no disponen otras esferas: es verificable. Otros discursos en otros niveles dan o pretenden dar respuestas de validez universal, pero adolecen, entonces, de ser verificables. Mientras que la Ciencia formula su incapacidad de dar respuesta a todos los interrogantes que se le formulan, las religiones, ideologías y supersticiones formulan, con increíble desparpajo, de forma dogmática, imperativa y sin parpadear, respuestas para todo.

La Ciencia nos tiene acostumbrados a un sistema de garantías, que emana de la necesidad de verificación, que establece precauciones metodológicas que suelen evitar los fallos. No obstante, pueden darse y se han dado. Casi siempre se han producido en las zonas adyacentes, cuando la incidencia se da por parte de otros mundos no científicos que se instalan en las proximidades y tratan de incorporar, parcialmente, conclusiones que se acomodan a sus planteamientos o pretensiones. La Ciencia, concierne a unos pocos, pero incide en todos. Construye la verdad con parsimonia, lentamente, con fundamento, soslayando todo lo que no tiene un basamento racional y verificable. No obstante, algunos, muchos, cometieron errores. Fallos surgidos de conductas irracionales y poco o nada verificables, pero que la condición social de sus promotores pretendió mantener por prestigio, unas veces, otras por ofuscación, y otras por cometer ese fallo acientífico que es generalizar sin fundamento, costumbre demasiado común.

Como es bien conocido, la Ciencia nace en la antigua Grecia con Tales de Mileto que fue el primero en formularse preguntas y pretendió obtener la respuesta por el mismo, razonando. Dejó  de lado las respuestas de otros. Y esto ocurría dos milenios después de la invención de la escritura y diez milenios después de que emergiera la agricultura y la ganadería. Quedaron aparte las tradiciones religiosas (Homero y Hesiodo), las creencias (egipcios y mesopotámicos y otros). Manteniendo al margen a sacerdotes y poetas, códigos, anuncios de profetas o promesas de demagogos. Uno de los discípulos de Tales fue Pitágoras que fue el primero en concluir que la Naturaleza se rige por sus leyes, que no provienen de caprichos de los dioses y que observándola y estudiándola podemos llegar a conocerla. La audacia de estos hombres es impresionante. No somos capaces de ponernos en situación y recrear la época en que introdujeron las bases de lo que posteriormente ha sido el método científico. Pero si el siglo VI antes de nuestra era fue brillante, poco después Platón, Aristóteles se sumaron, pero después vino el periodo oscuro en que retrocedimos tanto como la religión impuso sus principios acientíficos en uno de los errores más extraordinarios que haya cometido la Humanidad. De nuevo, emerge la necesidad de la racionalidad en el siglo XVI-XVII con Galileo, Descartes, Copérnico, Kepler, Newton y recibe un impulso en el siglo XIX con Maxwell, Gauss y Riemann y a principios del pasado siglo logra establecerse de forma definitiva con las aportaciones de Planck, Einstein y los científicos actuales. No hay respuesta para todo, pero conocemos muchas cosas y sus implicaciones.

Pero este devenir, que estuvo jalonado de aciertos, no cabe duda, y también de monumentales errores. Desde su mismo comienzo. Platón cometió el primero de ellos, frenando la reflexión hasta el siglo XVIII.  Al establecer Platón los cuatro principios, fuego, agua, aire y tierra, deicidió que eran estos y ningún elemento más y, por si fuera poco, estableció una correlación con los cinco políedros regulares, inscribibles en una esfera y de caras iguales (tetraedro, hexaedro, octaedro, dodecaedro e icosaedro). Para ello, los cuatro elementos se convertían en cinco incluyendo lo que posteriormente sería la quintaesencia, aunque de inicio eran cuatro, mientras que los poliedros eran cinco, de lo que se derivó la introducción del éter, para ajustar. Falló el razonamiento y se adaptó a las circunstancias. Aristóteles asumió los cinco elementos y les buscó un lugar natural para cada uno de ellos (la tierra se situaba en el Centro de la Tierra y así justificaba que los cuerpos cayeran buscando el centro de aquélla). Hipócrates, fundador de la medicina científica abordó la enfermedad desde la racionalidad, manteniendo aparte a dioses y espíritus. Pero, como Platón, comenzó bien y terminó fatal, asumiendo los cuatro elementos de aquél y proponiendo la existencia de cuatro humores: sangre, linfa, bilis y astrabilis. Como debían de existir cuatro, inventó la astrabilis para cuadrar. Nunca se encontró.

Durante siglos se han mantenido estas propuestas-creencias, acientíficas e indemostrables. Lo peor de este tipo de cosas es el atraso que inducen por referencia. Así, esta correspondencia debida a Platón, se extendía por doquier. Como los griegos sabían que habían siete metales (oro, plata, azogue (mercurio), cobre, estaño, plomo y hierro) y tenían identificados siete planetas, pues debía haber una correspondencia entre ellos, estilo de Platón, con lo que a cada planeta le correspondía un metal. Los planetas tienen connotaciones religiosas, conocida su adscripción a deidades que inciden en las conductas de los humanos. Así nació la astrología, que es de origen sumerio, y se justificó. El planeta más importante es el Sol, y se hizo corresponder con el oro, el más perfecto, hacia el que se puede llegar a partir de los demás (alquimia). Cabe distinguir entre ambos errores, ya que la astrología es una divagación de la mente humana, mientras que la alquimia es una disfunción del pensamiento científico, como argumenta Baudet en “Errores científicos imperdonables” recientemente publicada en español. Los errores, vemos que acompañan las propuestas acertadas, desde el mismo comienzo de la Ciencia. Copérnico que propuso dar “un giro copernicano” e instaurar el heliocentrismo, combatiendo el sistema ptolemaico que centraba al sistema solar en la Tierra, cuando Copérnico proponía centrarlo en el Sol, no estuvo exento de errores, al proponer órbitas circulares, que tuvo que corregir Kepler al suponerlas elípticas.

Se puede observar, claramente, que la Ciencia, gracias a la verificación, avanza por el camino de la verdad, de lo cierto. Sus resultados nunca son definitivos. Valen mientras no se demuestre lo contrario. La Estadística contabiliza resultados que, en muchos casos, suscitan que hay procesos, variables  ocultas que hay que desentrañar y que pueden justificar la dinámica de algunos sistemas. No entrañan estos resultados estadísticos, modelos o teorías capaces de explicar algo, pero señalan por donde debe incidirse y estudiarse para poder comprender un proceso. Así, recientemente se han contabilizado algunos aspectos relacionados con el ejercicio físico en una costumbre de vida saludable. Incluso una cantidad pequeña de actividad física supone una gran diferencia del estado físico. Pero se ha insistido mucho en que debería ser una actividad física regular, a diario, cuando ahora se ha identificado, estadísticamente, que una misma cuantía de ejercicio pero semanal, no supone ninguna desventaja. Ciento cincuenta minutos semanales es la referencia. Ian Janssen y Janine Clarke, de la Queen's University, de Kingston, Ontario, Canadá, estudiaron a 2.324 adultos de todo Canadá, para concluir lo expuesto. Por cierto, ojo a los que de forma exagerada dedican más de 20 minutos  diarios de ejercicio. Los resultados para los que exageran no son nada buenos. Se han ofrecido en este tema cientos de propuestas. Poco o nada científicas casi todas. Las variables ocultas son todavía demasiadas, pero parece abrirse paso expeditivo la termogénesis de la actividad sin ejercicio (NEAT), que es el gasto energético de las actividades físicas distintas a las del ejercicio voluntario, como son las de trabajar, jugar o bailar. Se llegan a contabilizar hasta 2000 kilocalorías diarias debidas a NEAT. La Ciencia, poco a poco va poniendo las cosas en su sitio. En las actividades no científicas, ya veremos otro día, que no son verificables.

Aciertos y errores