miércoles 23/6/21

Podemos, Europa y las enseñanzas de la esperanza

Alguien lo dijo en el bar el otro día, con ese tono sentencioso que tanto se usa en Twitter y en los bares: «Le criticaron a Podemos que se comiera a Izquierda Unida y al final ha sido Izquierda Unida la que se está comiendo a Podemos».

O sea, que la formación de Pablo Iglesias no sólo se ha vuelto un poco más comunista desde Vista alegre II, sino que como siga así va a terminar teniendo los mismos diputados que históricamente manejó la formación de Julio Anguita. Y uno echa de menos al oráculo de Córdoba, sí. Pero sobre todo echa de menos a Errejón.

Y es una pena este impasse de Podemos, este empeñarse en cavar trincheras donde no hacen falta y jugar siempre a la defensiva y con el ceño fruncido, como si en vez de un partido político fueran un central italiano de los años 80. Es una pena porque desde hace tiempo hay un fantasma recorriendo Europa, y ese fantasma se llama esperanza.

Cuando parecía que la globalización y la vertiente más reaccionaria del pensamiento posmoderno nos habían convencido de que no había elección, de que la Historia se había detenido, de que píldora a píldora nos íbamos a tragar de ahora en adelante una buena dosis de neoliberalismo, la gente se ha espurrido, los jóvenes han abandonado por un rato la desidia y los callejones de Internet y voto en mano han puesto a temblar a muchos gerifaltes europeos.

Es cierto: nada ha cambiado en realidad. En Francia, Melenchon se quedó lejos. Y Corbyn, pese a su remontada, no gobernará en el Reino Unido. Como no gobierna Pedro Sánchez en España —y hay que ver todavía si Sánchez sigue siendo de izquierdas después de las primarias—, ni tampoco lo hace Podemos que, como decía, parece enquistado en una política de protesta.

Pero con todo, tampoco ganó Le Pen en Francia, y Theresa May se metió un buen batacazo. Y en Alemania los Nazis de «Alternativa por Alemania» se desinflan en las encuestas y parece ser que Schulz —que vale, no es Rosa Luxemburgo, pero tampoco es Merkel— puede pugnar por primera vez en muchos años por alcanzar la presidencia del Gobierno.

En Portugal, además, ese vecino extraño para tantos españoles, resulta que gobierna una macedonia de partidos de izquierdas y resulta, para más inri, que lo está haciendo bien. Falta sólo que en Grecia Tsipras recuerde quién era hace tres años o que Varufakis tome el poder  por aclamación popular para que empecemos a sonreír un poco.

Que es lo que yo mandaría hacer a los líderes de Podemos si fuera su asesor de imagen: sonreír. Es verdad que el país está hecho unos zorros, pero para enterarnos de eso no necesitamos que Pablo Iglesias salga indignado por televisión un día sí y al otro también, oliendo a testosterona. Nos basta con bajar a la calle para comprar el pan. O pisar una cafetería. Lo que no tenemos, lo que nadie nos cuenta —y ahí el partido morado está perdiendo una oportunidad de oro— es qué demonios podemos hacer para que las cosas cambien un poco. O mucho, si es posible.

Corbyn puso patas arriba su despacho, desempolvó el manual de los ideales socialdemócratas de los setenta y, qué casualidad, no le ha ido nada mal. Como no le fue mal a Pedro Sánchez cuando se aprendió de memoria —me lo imagino, puño en alto, ensayando ante el espejo— la letra y la música de la Internacional. Hay nostalgia de una socialdemocracia en la que, sin dictadura del proletariado, al menos vivíamos mejor.

La receta comercial tampoco es compleja: Defensa o reposición de los derechos adquiridos en el último medio siglo, mejoras en la redistribución de la riqueza, renacionalización de sectores clave para la economía, subidas de salarios para los trabajadores y, sobre todo, desmontaje del tinglado de amiguetes —disfrazado de capitalismo— que aquí y desde el 78 venimos llamando democracia.

Ni con el largo interinato del PSOE, Podemos ha logrado remontar en las encuestas o transmitir a la sociedad que es una apuesta posible de gobierno. Sólo les hemos visto enfadados, muy enfadados, enormemente enfadados. Y nada más.

Sí, hay un fantasma recorriendo Europa. Se llama esperanza, y se llama posibilidad. Pero en España, Pablo Iglesias parece empeñado en convertirse él mismo en un fantasma. Un fantasma indignadísimo. Pero para que uno pueda convertirse en un fantasma, primero tiene que estar muerto. Ser un cadáver político. Y está por ver que España se puede permitir ese cadáver. 

Podemos, Europa y las enseñanzas de la esperanza