jueves 13/5/21

Pacto de la Moncloa

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Una reciente encuesta dice que la inmensa mayoría de los españoles se muestran favorables a un nuevo Pacto de la Moncloa. Pero también una mayoría cree que es imposible. Yo coincido con ambas y explicaré por qué.

Las opiniones más solventes apuntan que, como consecuencia de la pandemia, el mundo entero se verá  envuelto en una grave recesión. Su intensidad y duración es impredecible, pero se cree que tendremos varios trimestres de crecimiento negativo y que la recuperación vendrá a finales del año próximo, como pronto. Así es que tenemos por delante casi dos años en que habrá que lidiar con un crisis económica, además de seguir ocupándonos del Covid19.

Intentar un pacto entre todos los partidos, las fuerzas sociales y las CCAA es una obligación, aunque no vaya a salir. Pero sí que se puede alcanzar un acuerdo con algunos partidos

La recesión anterior, la de 2008, desembocó en un descontento social muy fuerte. Los indignados protagonizaron movilizaciones que resonaron en el mundo entero. El PP calculó que podría capitalizar el malestar social si conseguía  hacer creer que el Gobierno era el culpable de la crisis y se presentaba como la solución. Cuando en Mayo de 2010 Zapatero presentó el paquete de medidas que le exigían desde todas las instancias internacionales, el PP votó en contra, dejando estupefactos a sus socios europeo. Alegó entonces que lo hacía porque era el “mayor recorte social de la Historia”, prometiendo que ellos no recortarían nada, en concreto, ni en Sanidad ni en Educación. Esa táctica dio un resultado llamativo: el PSOE se hundió y el PP se alzó con una mayoría apabullante. Gracias a la cual, Rajoy aplicó duros recortes, sobre todo en Educación y Sanidad, llevó al país a una segunda recesión, firmó un rescate y, finalmente, dejó la deuda pública entorno al 100 % del PIB. Y luego dicen que ellos saben manejar las crisis.

Los actuales dirigentes del PP piensan que, ahora, se puede repetir la situación que se dio en 2010. A Sánchez, dicen, se le está poniendo cara de Zapatero. Semanas antes  del Pleno de Jueves Santo, el PP había pasado del apoyo crítico al Gobierno a un ataque sin contemplaciones. La bronca política que hemos visto en el Congreso no obedece a la afición que tienen nuestros políticos a tirarse los trastos a la cabeza (como algunos sesudos analistas dicen) sino a la puesta en escena de una táctica política encaminada a construir el “relato” de que la crisis económica inminente será culpa del Gobierno y, por tanto, a dirigir contra éste el descontento social que presumiblemente se creará. Fácilmente se sigue que el PP no tiene ningún interés en formar parte de ningún acuerdo nacional del tipo Pacto de la Moncloa. Lo probable es que acuda a la reunión para que no se diga que no quieren dialogar. Pero lo seguro es que el PP no firmará nada.

Tampoco Vox, por supuesto. Por decirlo en corto, mientras el Gobierno combate la pandemia, Vox combate al Gobierno. Lo hace, además con insultos infames y canallas.  Tanto que Twiter les ha cerrado numerosas cuentas por difamar y sembrar el odio. Así es que no hay que ser profeta para augurar que Vox no participará en ningún acuerdo. Ni falta que haría, añado, si no fuera porque la posición de Vox condiciona al PP, preocupado por taponar la hemorragia de votos hacia su derecha. Tenemos aquí una segunda razón por la que el PP no querrá participar en un eventual Pacto de la Moncloa.

La principal consecuencia política de la crisis del 2008 ha sido la emergencia de la extrema derecha, precisando más, de un nacionalismo reaccionario, que es mayoritario en EEUU y Brasil y muy fuerte en Italia, Francia y España.  El PP debería repensarse su estrategia porque pudiera ser que el beneficiario de su táctica sea Vox. En 2011, cuando el PP ganó las elecciones, Vox estaba fuera de las instituciones. Ahora es el tercer partido.

En el lado del independentismo tampoco veo ningún incentivo al pacto. Creo que ERC hace un cálculo parecido al del PP y por eso se distancia del Gobierno. Las tonterías que dicen sobre el Pacto de la Moncloa son solo un relato fantasioso para consumo de sus fieles. Pero su cálculo es que no le conviene estar cerca del Gobierno.

Todo esto explica por qué la mayoría no ve factible un nuevo Pacto de la Moncloa. Pero hay dos poderosos argumentos en favor de su conveniencia. Pedimos unidad y solidaridad en Europa pero no hay ni unidad ni solidaridad dentro de España. Esto debilita al Gobierno, claro, pero sobre todo debilita la posición negociadora de España en el marco de la UE. Así es que el interés nacional, a la hora de pedir el apoyo de la UE llama a la unidad de las fuerzas políticas españolas.

La oposición a los eurobonos de Holanda o Alemania se explica por el temor de los partidos gobernantes a que eso alimente a su extrema derecha a su costa. Los correligionarios de Abascal en Holanda y Alemania son los abanderados del rechazo a mutualizar deuda (algo que sería de mucha utilidad para España). Se oponen por una razón puramente ideológica: emitir bonos europeos haría más sólida la Unión, algo que espanta a la ultraderecha. Convendría explicar que, a la postre, no son los holandeses o los alemanes, en general, los que nos están jodiendo, sino, más en concreto, la extrema derecha alemana y holandesa. Y por cierto ¿qué dice Abascal, tan patriota él, de esto?

Hay un segundo argumento a favor de un Pacto de la Moncloa. Poner en marcha la economía con el virus todavía circulando y amenazando con nuevos brotes requiere un cambio de comportamiento de los ciudadanos. Cuando acabe el confinamiento y hasta que no se consiga la vacuna, habrá que descansar en medidas de distanciamiento social llevadas a cabo de un modo voluntario por todos o la inmensa mayoría de los ciudadanos. Y eso se conseguirá en mayor grado si todas las fuerzas políticas están unidas,  apoyando (o por lo menos no cuestionando) a las autoridades que les recomienda determinados comportamientos. Liderar la lucha contra la epidemia consiste en convencer a los ciudadanos de que se acostumbren a determinados hábitos. Hasta ahora las encuestas dicen que la inmensa mayoría de la gente apoya el confinamiento y lo cumple. Pero lo difícil viene ahora, cuando llegue la desescalada.  Sería muy bueno que (casi) todos los partidos, junto con las organizaciones sociales apoyáramos el liderazgo del Gobierno en este campo o, por lo menos, no lo debilitemos.

Pero si el Pacto de la Moncloa es muy difícil lo que algunos proponen es imposible y contraproducente. Un gobierno PSOE-PP ya se ha manifestado imposible y para lo único que serviría el intento es para dinamitar el Gobierno PSOE-UP, abriendo una crisis política de incalculables consecuencias.

Intentar un pacto entre todos los partidos, las fuerzas sociales y las CCAA es una obligación, aunque no vaya a salir. Pero sí que se puede alcanzar un acuerdo con algunos partidos. El Gobierno actual se basa en el acuerdo PSOE-UP y en los acuerdos entre el PSOE y distintas fuerzas que, juntas, dieron lugar a la llamada mayoría de la investidura. Esos acuerdos siguen siendo válidos, pero la epidemia ha colocada encima de la mesa otras prioridades distintas como consecuencia de un marco económico radicalmente distinto. Se trata de negociar un nuevo programa de gobierno para dos años. En realidad el Pacto de la Moncloa, el original, fue eso: un programa de gobierno para año y medio que ejecutó el Gobierno de Suárez.

Lo que vamos a ver la semana que viene es el inicio de buscar un nuevo programa de gobierno. Lo primero a despejar es quiénes querrán participar en ese nuevo programa. Menos aún se puede hablar de los contenidos. Pero me atrevo a dar algunas pinceladas. Como ocurre en un desastre natural, la prioridad de las prioridades de ese programa será ayudar a las víctimas y minimizar los daños en el aparato productivo. El reinicio de la economía demandará de acciones sectoriales diversas y, por tanto, será un programa complejo. El apoyo al sistema productivo, mejor que se haga con la participación de sindicatos y patronal.

Por último, pero no menos importante, ese programa de gobierno debe estar negociado con las CCAA. La sanidad y los servicios sociales son competencia de las CCAA y si algo ha quedado claro es que se necesita reforzar urgentemente ambos servicios. Recordemos que la Sanidad y los Servicios Sociales son competencia de las CCAA y por ello son los gobiernos regionales los que, en lugar de sacudirse las pulgas, deberían responder de su gestión. Me atrevo a decir que sin la intervención del Gobierno, algunos servicios sanitarios habrían colapsado. Quizás el contenido del pacto entre Gobierno y CC AA sea un nuevo sistema de financiación autonómica.

Sin duda será “lo público” quien pilotará la recuperación. ¿Quién si no? Pero no nos equivoquemos, necesitamos una intensa colaboración entre lo público y lo privado, entre el Estado y el mercado. En cierto modo, nos adentramos en un territorio nuevo. Como dice Carmen Reinhart esta vez sí que es diferente. Y, me parece, que habrá que inventar una nueva economía. Claro que las recetas neoliberales o la austeridad no valen. Pero nadie tiene una receta para luchar contra una recesión desconocida. ¿Será este el momento en que la izquierda se reinvente?

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