domingo 20/6/21

¿Miedo a la empresa… o al capitalismo?

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  1. Introducción: La empresa como bien social

La empresa es una institución imprescindible para la construcción de la sociedad. Es el punto de encuentro entre quienes (empresarios) buscan rentabilizar sus inversiones al descubrir un espacio productivo, que la sociedad necesita, y quienes desean obtener ingresos económicos que solucionen sus aspiraciones vitales mediante la dedicación de su esfuerzo en el proyecto diseñado (trabajadores). La empresa produce lo que la sociedad necesita. El principio de toda teoría económica se apoya en el equilibrio entre lo que la sociedad necesita (demanda) y lo que la empresa ofrece (oferta). Intercambio que se realiza en el mercado. Podría decirse que la empresa es un bien social.

La cultura empresarial dominante actual se consolida a partir de la llamada “revolución industrial” (siglos XVIII y XIX), que pasa de la actividad artesanal a la producción masiva y organizada en la gran empresa. 

Sin embargo, paradójicamente, cada vez emerge más un cierto miedo a la invasión de la empresa de entornos que tiene que ver con la felicidad social, destruyéndolos y transformándolos en inhabitables. Lo que extraña con el concepto original de la empresa. Para apuntar algunos aspectos (solo algunos) de esta invasión en los entornos de convivencia social se podrían anotar:

  1. Invasión de espacios naturales:

Las personas que viven en entornos naturales, aunque sean protegidos, sienten el riesgo de que grandes empresas les invadan y rompan el equilibrio que gozan. Sienten miedo a la empresa. Por poner algunos ejemplos:

  • En Colombia, en la zona del Chocó, de gran riqueza natural, se vive felizmente, pero con miedo a que la gran empresa destruya esa felicidad. “Tenemos de todo, somos felices, dicen, pero tenemos miedo de que vengan empresas y lo destruyan buscando sus beneficios” [1]
  • La Amazonía, durante agosto del 2019 [2] se puso, una vez más, en el punto de mira, siendo invadida por incendios y tormentas de ceniza sin precedente [3]. Expertos atribuyen como causas principales de ello el acaparamiento de tierras y la expansión de la frontera agrícola y ganadera en estos países. Árbol tras árbol, hectárea tras hectárea, la deforestación de la Amazonia sigue su curso y los datos que llegan son los peores de la última década: 626 millones de árboles perdidos, 11.088 km² deforestados, solo entre agosto de 2019 y julio de 2020. Las cifras indican un aumento del 9,5% en la deforestación, la tasa más alta desde 2008. El área talada o quemada supera en tamaño la superficie de comunidades autónomas como Asturias o Navarra y equivale a 1,58 millones de campos de fútbol. ¡4.340 campos de fútbol por día, o 3 campos por minuto! [4]
  • Esta práctica, junto a la minería y la explotación económica descontrolada, entre otras, son responsables de las tasas de deforestación crecientes en los nueve países amazónicos (contando con Guayana Francesa) [5].
  1. Invasión de la paz: GUERRAS

Al menos cuatro de cada 10 conflictos internos en países, registrados en los últimos 60 años, han tenido relación con la explotación de los recursos naturales, tanto por su valor (madera, diamantes, oro, minerales, petróleo…) como por su escasez, en función de la tierra fértil y el agua. Así lo dice la ONU con motivo del Día para la Prevención de la Explotación del Medio Ambiente en la Guerra y los Conflictos Armados, que se celebra cada 6 de noviembre [6]. La explotación de los recursos naturales está detrás del 40% de las guerras [7].

Se necesita una nueva forma de empresa y la economía social es prometedora en esta esperanza

África es poseedora de una amplia gama de recursos naturales: agua, bosques, tierras cultivables, minerales y combustibles fósiles... Con todos estos elementos, el continente cuenta con el potencial suficiente para alcanzar el pleno desarrollo y bienestar de sus pueblos. Pero la realidad dicta que actualmente todos esos recursos son utilizados para el beneficio de otros y en perjuicio de los africanos a través de un sistema de explotación que reporta ganancias multimillonarias para un selecto grupo de consorcios. Podría llamarse robo, saqueo o expolio, pero, como sea, la posesión de recursos naturales se ha convertido en una maldición para muchos países africanos [8]. El imperialismo repartió África entre las potencias dominantes según criterios de explotación económica contra los intereses de sus poblaciones [9].

  1. Invasión de depósitos fósiles: Petróleo

En Colombia, según la Agencia Nacional de Hidrocarburos, se obtuvieron $51.303.077.160 en regalías por explotación petrolera, sólo en el año 2011. Esta actividad económica genera empleo; fortalece el fisco nacional, departamental y municipal y genera divisas al país. Sin embargo, su forma de proceder tiene un alto impacto ambiental en sus diferentes etapas (exploración sísmica, perforación exploratoria, producción, transporte y refinación). Además, se generan desechos, se presenta contaminación por gases y sobre los suelos, deforestación y se construyen trochas de penetración a lugares de reserva natural o de importancia para la conservación ecosistémica [10].

Quienes lo explotan no se preocupan porque el proceso genere graves consecuencias en los territorios indígenas y para la salud [11]. El petróleo y el gas son fuente de conflicto, también en un Mediterráneo gravemente amenazado por la emergencia climática. No tiene ningún sentido, desde el punto de vista climático, continuar buscando nuevos depósitos de hidrocarburos, cuya explotación solo perpetuaría de manera incoherente la presencia de combustibles fósiles en el sistema energético [12].

Para todo ello se utilizan métodos de extracción y exploración con potentes impactos negativos, como el Fracking. Se trata de explotar el gas acumulado en los poros y fisuras de ciertas rocas sedimentarias estratificadas de grano fino o muy fino, cuya poca permeabilidad impide la migración del metano a grandes bolsas de hidrocarburos. Este proceso conlleva una serie de impactos ambientales, como contaminación de las aguas subterráneas, contaminación atmosférica, emisión de gases de efecto invernadero (metano), terremotos (sismicidad inducida), contaminación acústica e impactos paisajísticos [13].

  1. Invasión del clima: la emergencia climática

El Acuerdo de París [14] (Coop 21, diciembre 2015) establece un marco global para evitar un cambio climático peligroso, manteniendo el calentamiento global muy por debajo de los 2 °C y prosiguiendo los esfuerzos para limitarlo a 1,5 °C. También aspira a reforzar la capacidad de los países para hacer frente a los efectos del cambio climático y a apoyarlos en sus esfuerzos. Es el primer acuerdo universal y jurídicamente vinculante sobre el cambio climático. La UE y sus Estados miembros se encuentran entre las cerca de 190 Partes del Acuerdo de París. La UE ratificó formalmente el Acuerdo el 5 de octubre de 2016, lo que permitió que entrara en vigor el 4 de noviembre de 2016. Para que el Acuerdo entrara en vigor, al menos 55 países, que representasen al menos el 55% de las emisiones mundiales, debían depositar sus instrumentos de ratificación [15].

Sin embargo, las resistencias al cambio climático han paralizado el proceso acordado. Los intereses económicos lograron que todo se ralentizara [16]. En el fondo se están “Haciendo tramas a clima”, según Informe de Greenpeace, donde se llega a calificar a diversas empresas de “trileros del clima” [17]. El problema climático daña a la sociedad y responde a intereses económicos y de rentabilidad financiera.

Finalmente, el agua se está empezando a cotizar en el mercado de valores, con la volatilidad de las bolsas y, especialmente, del mercado de futuros, convirtiéndolo en un bien de “compra-venta” para “borrarlo” como elemento básico de derecho universal: el agua ya cotiza en bolsas [18], lo que significa poner bajo el mercado especulativo un bien esencial para la vida.

  1. Invasión de las relaciones laborales y desequilibrio del reparto equitativo de la riqueza: precarización laboral

El trabajo esclavo no solo no ha desaparecido [19], sino que se está “globalizando” aprovechando la penuria de las personas “sin papeles” y reforzando la voracidad [20] sin escrúpulos de quienes desean ganar mas dinero a costa de lo que sea [21].

Mientras se “globalizan” los salarios desproporcionados de directivos en demasiadas empresas, se presiona para mantener la precariedad salarial. El Gobierno español, actualmente, afronta el dilema de cuánto subir el salario mínimo en un contexto de crisis y con los empresarios en contra [22].

El desequilibrio salarial provoca “que en veinte años los CEOs de las grandes compañías transnacionales hayan pasado de ganar, de promedio, 40 veces más que sus trabajadores a ganar más de 400 veces más no sólo es una ofensa a cualquier noción decente de justicia distributiva, sino que es un peligro mayor para la pervivencia de formas de vida política no ya democráticas, sino mínimamente libres” [23]. En algunos casos, como Inditex, llega a 482 veces más [24]. Y se habla de salario medio de trabajadores, si se apunta desde el que menos gana y el que más se puede llegar a las 1.000 veces. Ello ocurre sin que exista evidencia de que los salarios altos se relacionen con el éxito en la consecución de objetivos de gestión. Por ejemplo, los dos altos directivos del Banco Sabadell se irán con 33 millones de jubilación (el Presidente con 8,6 millones y el Consejero Delegado con 24,1 millones) tras la posible fusión que con BBVA [25]. La distancia salarial es impudorosa.

2El sistema provoca que “la propiedad está muy concentrada, mucho más que la renta. Así, por ejemplo, la decila superior, tanto en Europa como en los Estados Unidos, acumula en la actualidad más del 55% y del 70%, respectivamente de los activos inmobiliarios y financieros.  Y el centil superior más del 20% y del 40%, respectivamente (Piketty, 2019, capítulo 10). Solamente el 1% de la población acumula estos porcentajes de riqueza… Esta concentración de la propiedad no se traduce solamente en una gran desigualdad, por importante que esta sea, sino en una capacidad de los grandes poderes privados para imponer a los Estados su concepción del bien público. Imposición que se traduce en una pérdida de la libertad para la inmensa mayoría no ultrarrica” [26] (Ver, en este aspecto de invasión de la política pública, el epígrafe 8). “2.095 personas representan el 0,00003% de la población mundial mientras que su riqueza equivale al 12% del producto bruto anual de todo el planeta. En Estados Unidos, las 614 personas más ricas tienen una riqueza equivalente a la que poseen los 165 millones que constituyen la mitad más pobre de su población” [27].

  1. Invasión de la calidad de vida: voracidad del capitalismo

En México, la Declaración de Solidaridad por el Consejo de Defensa de los Derechos del Pueblo (CODEP) y el Observatorio de los Derechos Humanos de los Pueblos (ODHP), dice: “Afirmamos que la crisis no la provocamos los pueblos, los trabajadores, sino que es resultado de la voracidad y codicia de los grandes capitalistas y los partidos firmantes del Pacto por México (PRI, PAN, PRD) que se han postrado a sus pies para hacer leyes que les han permitido saquear todas las riquezas nacionales, entregándoselas a cambio de cuentas de vidrio, condenando a la más obscura pobreza y marginación a generaciones completas de mexicanos” [28].

Los líderes del G-20, en la Cumbre de Pittsburg (septiembre de 2009) afirmaban en su Declaración que se han reunido “en medio de una transición fundamental desde la crisis a la recuperación para pasar la página de una era de irresponsabilidad y adoptar un conjunto de políticas, regulaciones y reformas para satisfacer las necesidades de la economía mundial del siglo XXI… Para asegurarnos de que nuestro sistema regulatorio para bancos y otras firmas financieras controla los excesos que condujeron a la crisis. Ya que la conducta temeraria y una falta de responsabilidad llevaron a la crisis, no vamos a permitir un retorno a lo que la banca venía haciendo (punto 16)… “Hemos pedido al Banco Mundial que desempeñe un papel de liderazgo en la respuesta a los problemas cuya naturaleza requiera una acción coordinada a nivel mundial, tales como el cambio climático y la seguridad alimentaria y hemos convenido que el Banco Mundial y los bancos regionales de desarrollo deben disponer de recursos suficientes para hacer frente a estos retos y cumplir con sus mandatos (punto 21).

En las Medidas para el fortalecimiento de la regulación del sistema financiero Internacional proponen que “Los fallos de regulación y supervisión, además del riesgo imprudente e irresponsable asumido por los bancos y otras instituciones financieras, crearon una peligrosa fragilidad financiera que contribuyó significativamente a la crisis actual. La posibilidad de volver a asumir riesgos excesivos tal y como prevalece en algunos países no es una opción (punto 10)” [29].

Estos comportamientos de “irresponsabilidad”, de falta de respeto al “cambio climático y la seguridad alimentaria” y de “fallos de regulación y supervisión” poco se han reformado, a pesar de las declaraciones políticas.

Esta voracidad del capitalismo se observa bien en la actuación de los “fondos buitre”, que compran deuda de economías en problemas, cercanas a la quiebra, para posteriormente presionar y cobrar la totalidad del valor de esa deuda, además de los intereses por los años adeudados, sin atender a reestructuraciones o quitas. Su campo de acción abarca tanto a países con situaciones financieras críticas como a empresas con graves problemas económicos [30]. Estos fondos invaden toda la estructura de calidad de vida de los ciudadanos, metiéndose en la sanidad, en las residencias para personas mayores, en los hospitales… en busca de maximizar su rentabilidad a costa de la calidad de servicios esenciales para la vida [31].

La invasión de las finanzas a la calidad de vida ciudadana comporta caminos que conducen a la “financiarización”, lo que da un ascenso de la importancia del capital financiero dentro del funcionamiento económico… buscando rentabilidades a corto plazo que la economía productiva no da, pero sí otros mecanismos más abstractos. La economía se escapa de lo real, de la producción, y camina a procesos meramente especulativos. Lo que crea numerosos problemas que, finalmente, han desembocado en la actual crisis [32].

La grandísima complejidad que el sistema financiero ha adquirido en los últimos años, junto con la amplia desregulación que se le ha aplicado, especialmente desde la década de 1980, hace difícil su control y la previsión de sus consecuencias [33]. Jordi Pigem afirma en su libro “La Buena Crisis”: “más del 98% de las transacciones monetarias que se efectúan hoy en el mundo no corresponden a la economía real, sino a dinero ávido de beneficios a corto plazo que circula por mundos abstractos, desligados de bienes reales y de criterios éticos, sociales o ecológicos” [34].

La insolidaridad del capital se constata en la evasión fiscal. España pierde 3.700 millones al año por la evasión fiscal de ricos y multinacionales. La merma a nivel global alcanza los 360.000 millones de euros, según un estudio de Tax Justice Network [35].

  1. Invasión en la vida política y social: Influencia del capital en la política

El profesor Juan Torres dice, sobre la crispación socio-política que se está viviendo en España, que: “hay que tener presente quiénes son los protagonistas de la crispación y desde dónde la difunden. Y ahí es donde entra en juego una clase política y un sistema de medios de comunicación promovidos, alentados, sostenidos y magníficamente financiados por los grandes poderes empresariales y bancarios y por la alta jerarquía de la Iglesia católica. Hay crispación porque estos lo consienten. Y la consienten porque les interesa. Ninguna de las atrocidades y mentiras que se difunden para crispar la convivencia entre los españoles se podrían difundir sin la ayuda de esos poderes que llevan manteniendo una clase política y a las altas autoridades del Estado para que actúen y gobiernen en su beneficio”.

“La razón de fondo que explica la crispación tan grande que se vive en España es que la fomentan esos grupos de poder porque tienen miedo. Ni las grandes empresas españolas ni los bancos saben vivir ni podrían salir adelante sin colgarse de la teta del Estado. ¿Dónde estarían los "florentinos" sin influir en quienes escriben en el BOE o resuelven los concursos públicos? ¿Cuánto ganarían los bancos sin los favores legales de los gobiernos y qué sería de los banqueros sin la generosidad de tantos jueces, o sin políticos como los del ayuntamiento de Madrid y de tantos otros que lo primero que hacen es volver a subir la deuda municipal que la izquierda ha reducido previamente?”

“Para sobrevivir, las empresas de nuestro tiempo no sólo necesitan concentrarse cada día más, dominar los mercados y acabar con la competencia, sino disponer de todos los resortes del Estado. Lanzan y financian a docenas economistas para que propaguen las virtudes del mercado frente al Estado, pero la realidad es que no quieren que éste desaparezca, sino que se ponga a su servicio para acabar con la competencia, dominar los mercados y salvar con su ayuda las cuentas de resultados” [36]. Eso del libre mercado no es cierto.

  1. A modo de conclusión

En el corazón del concepto de empresa valorado como “bien social”, consolidado a partir de la revolución industrial, hay dos elementos que fundamentan ese comportamiento voraz (“irresponsable”, como dice el G20) contra aspectos importantes que tienen que ver con el buen vivir al que aspira la sociedad.

Uno de esos elementos es la dominancia del objetivo de maximizar el beneficio. Todo es bueno si genera más ganancias. Y estas se intentan justificar desde la forzada creencia de que si ganan más los inversores estos lo devolverán a la sociedad con nuevas actividades. Lo que no se ha demostrado en la práctica. Al contrario, la impudorosa acumulación de capital va contra eso de que, al fin, las ganancias repercuten en la sociedad. Todo es bueno si se gana más, aunque se formen secuelas tan imprescindibles para la vida sana como la inseguridad alimentaria, la emergencia climática, la precariedad laboral (ya existe el “trabajador pobre”) y el desagarro social, por el que los ricos son cada vez más ricos y los pobres son cada vez más y más pobres. Es la expresión de la irresponsabilidad social.

El otro elemento determinante de la voracidad del capital es que piensa que el entorno, el medioambiente, es un bien universal y sin límites: el agua, los ríos, la atmósfera... son bienes ilimitados y gratuitos y, por tanto, usables desde la acción de la empresa. Esto, que ya se está cuestionando, impregnó el interior de la cultura empresarial desde su nacimiento (revolución industrial). Erradicarlo está costando demasiado, de ahí la razón de tanta resistencia a poner soluciones urgentes a la emergencia climática.

Estos dos ejes dominantes de la cultura empresarial generan fuertes impactos negativos sobre las personas y sobre el entorno. Si a ello se acompaña el esfuerzo compulsivo de fomentar compulsivamente el consumo (obsolescencia programada, publicidad rodeada de elementos emocionales más que descriptivos de la realidad del producto o servicio que se ofrece… “Ellos entendieron que era más sencillo crear consumidores que someter a esclavos”, dice Chomsky [37]) se despierta en las personas desconfianza hacia la gran empresa y hacia el mercado. La empresa, que se presenta originalmente como un bien necesario para construir la sociedad, deviene en una amenaza para el “bien vivir” de esa misma sociedad. La empresa, o mejor, el capitalismo se ha distanciado de la sociedad y se ha convertido en amenaza para la misma sociedad de la que nace [38].

En el fondo el modelo de empresa heredado de la revolución industrial, ha envejecido, es un impedimento para la evolución social, se ha quedado atrás, se necesita una nueva cultura de empresa, una nueva manera de actuar en la economía, en el mercado y en la sociedad.

La empresa de economía social puede ser una alternativa de futuro pues representa a una empresa que se sabe adecuar al bienestar social, a la satisfacción de las personas y al respeto a la naturaleza. Es una acción empresarial que significa la aportación colectiva y representa la innovación de esa acción empresarial favorable y respetuosa para la sociedad, que la gran empresa tradicional ya no sabe realizar, ya no sirve, es una amenaza, se le tiene miedo porque es una invasión a todos los aspectos de la satisfacción social.

Se necesita una nueva forma de empresa y la economía social es prometedora en esta esperanza. La reciente “Declaración de Toledo 2020” sobre el fomento de la economía social, a la que se han adherido 16 países europeos, dice: “la Economía Social y Solidaria promueve la transformación de los modelos económicos, apoyándose en la responsabilidad mutua y hacia el planeta y la solidaridad entre personas y generaciones como valores esenciales de una forma de crear empresa y hacer una economía centrada en las personas y el planeta. Estos valores conforman la base de sus principios de acción que incluyen la primacía de las personas y el objeto social por encima del capital, la reinversión de la mayoría de los beneficios en la propia entidad con el fin de garantizar su sostenibilidad, la prestación de servicios a las personas que la componen y a las comunidades locales, así como la contribución activa a la innovación social” [39].

¿Miedo a la empresa… o al capitalismo?