miércoles 12/5/21

Sobre el error capital de “El Capital”

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No es el tema que se aborda aquí un tema de actualidad ni en España ni fuera de ella, pero creo merece la pena una reflexión de tarde en tarde sobre lo que aquí se expone por su consecuencia sobre el qué hacer, la preocupación leninista por excelencia. Aunque no lo citaré textualmente, era Keynes quien señalaba –el mejor que nadie- que, a veces, no se es consciente de la importancia en la toma de decisiones de los políticos, en general de los que toman, por su cargo, decisiones importantes que afectan o pueden afectar a miles o, incluso, a millones de personas, de la influencia que contados intelectuales, contados individuos que, mediante la pluma -antes- o la palabra han tenido en sus decisiones. Y también ocurre cómo los conocimientos y especulaciones en la ciencia y fuera de ella se van acumulando pero sin llegar a dar una explicación coherente y acorde con los hechos, hasta que una recolocación de esos elementos junto con algún otro dan con la clave. Pondré algunos ejemplos. Así, y a pesar de los múltiples datos que se tenía sobre el movimiento de los astros y, como se les llamaba entonces, “luminarias [1]”, a pesar de los datos que recogió Kepler (1571-1630) a lo largo de buena parte de su vida, aún se seguía explicando el movimiento de los planetas –esos cuerpos “errantes”, es decir, que se movían de forma diferente a las estrellas- mediante ciclos y epiciclos, y no fue hasta que Copérnico (1473-1543) dio con la explicación coherente de que eran los planetas –incluida, claro, la Tierra- los que se movían en torno a nuestra estrella y no al revés. Lo hizo con dudas y mezclando esta explicación con los ciclos y epiciclos de antañas explicaciones, pero lo hizo. Newton (1643-1727), por su parte y apoyándose en los “hombros de gigantes”, dio con el puzzle y pudo corregir errores anteriores cuando estableció que “la fuerza” depende de la aceleración y no de la velocidad, y, junto con la ley de la inercia de Galileo (1564-1642), la ley de reacción y reacción y la ley de la gravitación universal, pudo explicar “el sistema del mundo” en su obra Principios matemáticos de filosofía natural [2]. Einstein, por acabar los ejemplos, pudo dar una explicación física y no meramente matemática –como avanzaron Poincaré, Lorentz y otros muchos- de lo que hoy es la teoría de la gravitación restringida cuando colocó en el frontispicio de su teoría la aparente contradicción entre el principio de relatividad de Galileo y la excepción a este principio de la constancia de la velocidad de la luz.

Sin embargo no siempre se acierta y determinados errores, repetidos hasta la saciedad y tenido por ciertos durante mucho tiempo y por millones de personas, pueden tener consecuencias funestas también para millones de personas. Y en este caso me pongo del côté de la izquierda –incluso a su main gauche-, porque siempre es más sentido el error que se produce donde tienes tu afinidad ideológica, donde tienes tu corazón pero que, a veces, no puedes ubicar tu cabeza. Fue la contradicción que tuvo Piero Sraffa durante toda su vida y que la resolvió con sus escritos, dando prioridad intelectual a su pensamiento, compensando ese escoramiento con su ayuda a la izquierda de su tiempo por su apoyo y visitas a la cárcel a Antonio Gramsci. Lo diré sin rodeos, la izquierda en este país y fuera de este debiera plantearse alguna vez si la teoría de la explotación de Marx es cierta o es falsa o si es una mera definición. Es verdad que este no es un tema de actualidad, pero eso nunca lo será. El que se ha perdido, el que no encuentra su camino, solo puede encontrarlo si se para, se vara y reflexiona. La historia del movimiento obrero, la historia del movimiento comunista cuando aún existía e influía, la historia de la izquierda ideológica que ha pasado el Rubicón de la socialdemocracia, basa su “qué hacer” en la consideración marxista o marxiana de que el origen y causa de la existencia del capitalismo es la teoría de la plusvalía de Marx: es su núcleo duro, su cuore, y si falla éste fallan su aledaños. Es verdad que la inmensa mayoría de los ciudadanos de izquierda no han leído “El Capital”, es verdad que no lo han leído la inmensa mayoría de los economistas, es verdad que tampoco lo han hecho la mayoría de los intelectuales de izquierda, es verdad que hasta el propio Althusser [3] (1918-1990) reconoció a final de su vida que solo lo había leído parcialmente, él, que tanto reflexionó sobre la obra económica capital de Marx y lo que consideraba su corte epistemológico, pero es también verdad que la corriente dominante de la izquierda -más allá a la izquierda de la socialdemocracia- trabaja consciente o inconscientemente bajo el principio evangélico de que la causa última del sistema económico vigente, la causa de la injusticia económica, la causa de la desigualdad proviene, nace sin más consideración desde el seno de la empresa porque los trabajadores –asalariados- solo son retribuidos por el valor de la fuerza de trabajo y no por el valor de su trabajo. El primero sería el valor en horas de trabajo de los bienes y servicios que consumen los asalariados y sus familias, y el segundo sería el valor -también en horas de trabajo- de todos los bienes y servicios producidos, por ejemplo, a lo largo de un año. De entrada hay que decir que es inevitable que ambos valores sean distintos por la simple razón de que la población empleada –la total, incluida la población que trabaja y no es asalariada contractualmente- es ¡siempre menor! que la población consumidora puesto que los menores de edad –variables según países- no trabajan, tampoco muchos de los parados aunque quieran y tampoco los jubilados, pero sí consumen. Y esto no solo es imputable al sistema capitalista sino que lo es a cualquier sistema social imaginable en el campo económico, es decir, en el campo del qué, del cómo y del para quién se producen los bienes y servicios que consumimos, aunque con enorme desigualdad entre clases sociales. Porque que aceptáramos que Marx estaba equivocado parcialmente –veremos más exactamente por qué- en lo de la plusvalía ello no implica que no existan clases sociales bajo criterios no solo marxistas. ¿Fue un error de Marx? ¿Y cómo es posible que se haya perpetuado ese error si es que fue un error? Es verdad que cometió otros como el de la igualación de las cuotas de plusvalía o el de “la transformación de valores a precios”, pero de éste fue consciente desde el primer momento y en el libro III de su obra económica capital así lo consideró y lo expresó. Es verdad que entonces no podía dar con la solución porque una solución matemática al problema de ese modelo teórico solo es posible con el desarrollo del álgebra matricial y, en particular, con los teoremas de Perron-Frobenius [4], que se desarrollaron a comienzo del siglo XX y Marx murió en 1883. Por supuesto que la obra de Marx es valiosa en otros temas como por ejemplo su teoría de la acumulación de capital y sus esquemas económicos de consumo y producción entre diversos sectores. Tal es así que podemos considerar que el análisis Input-Output de Leontief -que tan valioso es para el manejo estadístico de los datos y posibles optimizaciones con programación lineal y planificación posibles- son desarrollos a partir de Marx.


En el natalicio 200 de Carlos Marx


Muchos economistas han tratado este tema de la plusvalía pero me centraré en dos economistas de gran nivel que abordaron el primer tema, el de la teoría de la explotación -con intenciones contraria- como fueron Michio Morishima, un japonés marxista o, al menos, marxiano, y Ian Steedman, un inglés muy inteligente que se atrevió a pensar, cumpliendo el principio kantiano del sapere aude. El japonés lo hizo en 1973 en su obra Marx´s Economics y que se tradujo al español en 1977 como La teoría económica de Marx; el inglés lo hizo de forma absolutamente crítica en 1977 con Marx after Sraffa y que, a su vez, se tradujo a nuestro román paladino en 1985 con el título desafortunado de Marx, Sraffa y el problema de la transformación. Daré a continuación una explicación de cómo abordaron ambos el problema, con Morishima intentando salvar la cuestión planteada considerando que la explotación se producía por “la prolongación de la jornada de trabajo”, mientras que al inglés –que escribía posteriormente y que seguro había leído la obra mencionada del japonés y otras más del autor- llegaba a la conclusión en su obra que ¡“la plusvalía… resultará negativa aunque la tasa de ganancia y los precios sean positivos”! Por supuesto que para llegar a estos resultados hay que emplear matemáticas, es decir, pasar de las formulaciones en abstracto a su concreción formal, y nada me gustaría más que hacerlo, pero no parece que este medio sea el más adecuado para ello. Por supuesto que hay que partir de la plusvalía por diferencia entre el valor del trabajo y el valor de la fuerza de trabajo y no su cociente, que eran las dos formulaciones matemáticas que estableció Marx.

Tengo que confesar que la primera vez que leí la obra de Steedman en inglés no le di mayor importancia porque cometí el error -como puede ocurrirle al posible lector- de que, al fin y al cabo, eran formulaciones matemáticas, como si la de Marx no lo fuera aunque fuera inserta en un inmenso texto de más de dos mil páginas. Más tarde, al mezclar el texto de Marx con Producción de mercancías por medio de mercancías de Sraffa recolocó la pieza que estaba mal ubicada en mis esquemas de pensamiento y llegué a una conclusión similar, aunque más comedida, como era que podía darse ¡ganancias en el sistema capitalista con tasas de explotación cero!, sin darme cuenta –no me atrevía a pensar- que eso se podía producir incluso con tasas de explotación negativa y que ello dependía del nivel de los salarios. Y lo tenía ahí a la vista, en su formulación matemática, y no lo vi. La razón de ello es que no podía concebir que conceptualmente pudiera existir una plusvalía negativa: aún me cuesta creerlo. De alguna manera tenía la explicación copernicana del movimiento de los planetas y yo seguía con los ciclos y epiciclos económicos de Marx, seguía en la astrología cuando la se alumbraba la astrofísica. Pero surge de Marx y solo se llega a esta cuestión con formulaciones complementarias absolutamente laxas como son las de Sraffa, donde solo se llega a la conclusión por sí mismas, es decir, sin mezclar con Marx, de que las ganancias y salarios mantienen una relación inversa, lo cual es difícilmente cuestionable en el capitalismo y fuera del capitalismo. Si Nueva Tribuna me lo permite publicaré también en otro momento las formulaciones matemáticas. Ahora va con más detalle las aportaciones de Morishima y Steedman.


El neoliberalismo de segunda trinchera


Comienzo esta última parte con una acotación: sólo trato de algunas cuestiones que escribió Marx como economista, entendida la economía como el conocimiento que surge de considerar la actividad humana encaminada -aunque sea no elegida, aunque sea forzosa- a producir bienes y servicios. No acepto el principio de que sea para satisfacer necesidades ni de que los medios empleados deban ser de usos alternativos (Lionnel Robins). Eso da igual. En tiempos de guerra se trabaja en el armamento y maldita satisfacción tiene eso. Y en cuanto a los usos alternativos, si no existen, no por eso deja de ser un trabajo esa actividad, no por eso deja de producir bienes (o males) y servicios y a generar una renta. Eso, a los obreros, asalariados, autónomos, etc., les da igual. Esto es una digresión pero viene a cuento para acotar a Marx, porque esa es la única manera de abordar todo el legado del revolucionario alemán.  Y como economista también se ha de ser selectivo, forzosamente, pero a cambio de ser profundo. O al menos intentarlo, porque Marx es un economista además de ser marxista, ideólogo, historiador, político, filósofo, periodista, revolucionario, etc. Y como economista no hay otra manera de empezar con Marx que darle el primer turno a la teoría del valor-trabajo, guste o -como es mi caso- no guste. Esta teoría es distinta de la de David Ricardo (1772-1823). Dice el economista inglés que para “poseer utilidad los bienes obtienen su valor de dos fuentes: de su escasez y de la cantidad de trabajo requerida para obtenerlos” [5]. Más tarde añade a ello una consideración que Piero Sraffa aprovechará para la consideración del capital como trabajo fechado: “El valor de los bienes no sólo resulta afectado por el trabajo que se le aplica de inmediato, sino también por el trabajo que se empleó en los instrumentos, herramientas y edificios con el que se complementa el trabajo inmediato” [6]. Esta última cita es el título de un epígrafe, por lo que no caben matizaciones. Marx, con su agudeza habitual, se dio cuenta enseguida de que esta definición o consideración (¿o ley?) del trabajo tenía un defecto insoslayable: si era verdad, cuanto más vago e inexperto fuera el trabajador más tiempo tardará en llevar a cabo el trabajo y ¡valdrá más lo que produce!, lo cual es absurdo. Quizá Ricardo pensaba más en trabajos autónomos, agrícolas, etc., propios de una sociedad primitiva. De hecho, el ejemplo que pone en su libro es el ya famoso del cazador. Marx, escribiendo exactamente 50 años más tarde [7], ya piensa en el trabajado asalariado organizado en empresas, cambia la consideración de Ricardo, recoloca la pieza del puzzle, y dice que “la magnitud de valor de un objeto no es más que la cantidad de trabajo socialmente necesario, o sea, el tiempo socialmente necesario para su producción” [8]. Pero 20 años antes, en Miseria de la Filosofía, el alemán da el siguiente criterio de formación del valor: “El valor no es el tiempo en el cual una ha sido producida, sino el mínimo de tiempo en el cual es susceptible de ser producida, y este mínimo se atestigua por la competencia” [9]. El valor para Marx es una especie del trabajo que por término medio -dada la competencia- es necesario para fabricar un objeto (mercancía). A más competencia puede haber igual valor pero más producción. Al menos eso es lo que yo interpreto leyendo a Marx, que si le despojamos de su lenguaje hegelés (de Hegel, claro) que dice la gran economista Joan Robinson con que está escrito El Capital, es diáfano, pierde su refugio idealista. Eso no quiere decir que sea acertado. Más adelante dice Marx que: “el obrero añade al objeto sobre el que recae el trabajo nuevo valor, incorporándole una determinada cantidad de trabajo, cualesquiera que el contenido concreto, el fin y el carácter técnico” [10]. La realidad es el todo. Aquí está Hegel y no sólo como lenguaje. Entonces cabe preguntarse: ¿la teoría del valor-trabajo es una ley económica o es una definición? ¿La teoría de la tasa de plusvalía (no la plusvalía absoluta) es una ley económica o también una definición? Acepto el principio popperiano de la falsibilidad, es decir, que una ley aplicada o proveniente de cualquier campo del conocimiento, para ser cierta, ha de poder ser falsa, de tal manera que sólo la contrastación empírica le puede dar marchamo de fenómeno regular merecedora del calificativo de ley. Popper negaba el carácter científico al marxismo y al psicoanálisis porque no podían ser falsos.

2

Pues bien, para dar respuesta a las preguntas que hacíamos sobre la teoría del valor-trabajo las podemos desdoblar a su vez en dos: ¿depende la plusvalía y la tasa de plusvalía del nivel de salarios? Seton, Okishio y Morishima, con el teorema fundamental marxiano (versión Morishima) contestan diciendo que para que “exista un conjunto de precios y un tipo de salarios reales capaz de producir beneficios positivos, en otras palabras, para que pueda mantenerse una sociedad capitalista, es condición necesaria y suficiente que los capitalistas exploten a los trabajadores” [11]. Se puede demostrar [12] que, en la versión de Morishima de este teorema, no son válidas ni la condición necesaria ni suficiente, es decir, no hay demostración; por contra, lo que se demuestra es que puede haber salarios sin explotación y precios positivos; que a partir de un cierto nivel de salarios, estos  sólo son posibles si hay explotación. Steedman recoge la demostración [13] de que puede haber ¡salarios y precios positivos aún con tasas de explotación negativas!, aunque conceptualmente no se pueda admitir la posibilidad de una tasa de explotación negativa, al menos en un contexto marxiano.

En algún momento la izquierda –las izquierdas-  tienen que pararse en estas consideraciones o análogas porque no puede seguir cometiendo el error de que, sea cual sea e nivel de salarios y sea cual sea la jornada de trabajo, se produce explotación y plusvalía ¡desde el seno de la empresa! La razón de ello ya la hemos dado: la población consumidora es siempre mayor que la asalariada e, incluso, que la población trabajadora total, razón por la cual, si se parte del distingo de Marx entre el valor del trabajo y el valor de la fuerza de trabajo podemos llamar a eso explotación, pero es inevitable bajo cualquier sistema económico real o imaginado, y todo se queda en una mera definición: coloquemos las cosas en su sitio como hicieron Copérnico, Newton e Einstein en la física y astrofísica. Y pensemos en los crímenes cometidos partiendo de este error por criminales como Stalin y otros que, sin poner ese adjetivo, lo que se ha perpetrado contra ciudadanos que no tenían un trabajo directo en la producción, contra intelectuales, o contra individuos sospechosos de intelectualismo por llevar simplemente gafas. Y en otro plano, si aceptamos acríticamente la teoría de la explotación de Marx, ésta se convierte en una teoría ideológicamente conservadora puesto que no se puede soslayar su inevitabilidad.


La estafa del análisis económico actual


La consecuencia de todo o anterior es que, sin revisar al propio Marx y partiendo de él, no se puede llevar a cabo la llamada “emancipación de la clase obrera” porque la población consumidora es y será siempre inevitablemente mayor que la población trabajadora, por lo que ¿para qué luchar? Quizá debamos pensar que la causa de la explotación no solo está en la empresa sino, sobre todo, en las instituciones, en la sociedad, en la sociedad de clases cuyo origen no es el trabajo asalariado y su insuficiente salario, sino que ambos son la consecuencia, sin menoscabo de que haya empresarios que se aprovechen al máximo de las facilidades institucionales y jurídicas para pagar lo menos posible y mantener condiciones de trabajo deplorables. Y ello nos dará esperanza porque, al menos, sabremos la causa de nuestras desgracias y con visos de poder cambiarlas, porque lo que no podemos soslayar es que siempre el número de consumidores sea menor que el número de trabajadores so pena de que defendamos el trabajo infantil, que trabajen los enfermos, deshacernos de los trabajadores en paro involuntario y que nunca nos jubilemos, y ello es repugnante no solo para una ideología progresista sino, simplemente, humanista. Por el contrario, es precisamente la defensa del Estado de Bienestar la justificación del socialismo y de la izquierda del siglo XXI, luchando por leyes e instituciones que lo faciliten y no que lo impidan o lo menoscaben, luchando contra la desigualdad heredada, pero saliendo del foco donde estuvo anclado su error secular y que tantas desgracias con políticas equivocadas ha llevado.

Volviendo a Steedman y Morishima y como resumen y conclusión de lo anterior podemos, creo yo, podemos aunar las visiones de ambos autores sosteniendo –con visos de realidad, que es lo que importa- que ambos tienen razón parcialmente y decir que el hecho de que el valor del trabajo sea siempre mayor que el valor de la fuerza trabajo porque la población consumidora es siempre y en cualquier sociedad real o imaginada mayor que la población ocupada; pero también que haya de ser mayor no implica que, sea cual sea es diferencia, venga explicada por la diferencia entre valor de lo producido y valor de la fuerza de trabajo y que esté justificada por esa diferencia. Y puede ocurrir siguiendo a Morishima, de que una excesiva prolongación de la jornada de trabajo ya no se corresponde por la diferencia entre población consumidora y población ocupada que se diría hoy. Y aquí se puede mantener la teoría de la explotación parcialmente, pero solo parcialmente, solo por la parte que no puede explicar el diferente consumo entre la población consumidora y la población ocupada. Y ahora faltaría que estas consideraciones las interiorizaran y aceptaran la izquierda y los sindicatos –en este país y fuera de él- para el problema leninista del qué hacer, pero de un qué hacer sin el error de partida de que la causa y medición de la explotación, la desigualdad y la injusticia social nace en el seno de la empresa en lugar de enmarcarla en el seno de la sociedad, de sus leyes e instituciones [14]. Si esto es cierto, tenemos esperanza de cambar las cosas; si Marx tiene razón, perdamos toda esperanza, como nos dice el Dante en la entrada al Infierno en su Divina Comedia.


[1] Así lo dice la Divina Comedia y Calderón habla de las esferas donde están contenidos los astros y demás cuerpos celestes.
[2] Philosophiae naturales principia matemática. Los británicos nunca han asumido que su Newton escribiera su obra científica en latín, la lingua franca de entonces, aunque les sirva de consuelo que su Shakespeare les compensara con el inglés.
[3] Para leer El Capital, La revolución teórica de Marx.
[4] También se pueden buscar la solución con las cadenas de Markov o con la programación lineal, pero ambas se desarrollaron también a finales del siglo XIX.
[5] Principios de Economía Política y Tributación, FCE, pág. 9
[6] Principios de Economía Política y Tributación, FCE, pág. 17
[7] La primera edición en alemán del I tomo de El Capital es de 1867.
[8] El Capital, I tomo, FCE, pág. 7.
[9] Miseria de la Filosofía, Ediciones Jucar, pág. 116.
[10]  El Capital, I tomo, FCE, pág. 150.
[11] Marx Economics.
[12] Morishima y el teorema fundamental marxiano
[13] Marx after Sraffa.
[14] Cuando escribo estas reflexiones sale la noticia de que en Cuba se va a permitir la iniciativa privada en gran parte de la actividad económica. En Cuba, como antes en la URSS, se partió del error apuntado de que la explotación nace en el seno de la empresa. Para el país soviético ha sido nefasto esta filosofía económica y hoy día el PIB del país de Tolstoi es inferior al de Italia.

Sobre el error capital de “El Capital”