lunes 21/6/21
ANÁLISIS HISTÓRICO/PSICOLÓGICO

La anorexia mirabilis: análisis psicológico

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Rudolph M. Bell describió en su libro, “Holy Anorexia” (“Anorexia Sagrada”), este tipo de trastorno de la conducta alimentaria, hasta entonces poco estudiado. La “Anorexia mirabilis” representa una singular conducta a la que algunas mujeres religiosas se dedicaron entre los siglos XIII y XVI y en la que muchas sucumbieron; debido a un rechazo severo de la ingestión de alimento. Se cree que estas religiosas evitaban comer porque la comida para ellas representaba la “lujuria-sensual-corporal”, confrontando el pecado con el poderoso proceso instintivo que garantiza la supervivencia de cualquier especie. 

Como sacrificio, las mujeres descritas por este investigador, no se contentaron con renunciar a la vida marital, cuando tomaran los votos de castidad para ingresar en un convento, sino que, igualmente, renunciaron a la ingestión de todo alimento sin que esto, de ellas, pudiera ser esperado por su comunidad religiosa.

En sus biografías, según relata Bell, las religiosas afirmaban que lo que ansiaban, rehusando la comida era lograr acercarse más a Dios por medio de la mortificación, consecuencia del sufrimiento ocasionado por el hambre, como si fuera otra flagelación, el ayuno en esta instancia fue utilizado como cilicio.

En la época de Catalina de Siena, se tenían el celibato y el ayuno en muy alta estima. El acto ritualista del ayuno era tanto un medio para evitar la gula como para expiar los pecados del pasado

La más conocida y mejor estudiada de estas religiosas ha sido Santa Catalina de Siena. Catalina Benincasa nació en la ciudad de Siena, Italia, el 25 de marzo de 1347. Hija número 23 de Jacobo y Lapa Benincasa, desde niña destacó por su inteligencia y religiosidad. Los biógrafos señalan que su primera visión, su voto de virginidad y el pueril intento de hacerse eremita los manifestó entre los 6 y 8 años. Su madre se oponía a sus deseos de vida de piedad e intentó por todos los medios que eligiera la vida matrimonial. Aprovechando una enfermedad que ocurre en su paso de la niñez a la edad adulta, consigue que su madre realice las gestiones necesarias para que la admitan en la Tercera Orden de Penitencia de Santo Domingo. Las terciarias eran todas mayores o viudas. La admisión de Catalina, que en ese momento tenía 16 años, fue una excepción. 

Catalina fue, por naturaleza, optimista. Hablaba más de los éxitos en la vida espiritual que de las derrotas o de los pecados. Si hacía referencia a éstos, lo conjugaba con la siguiente reflexión: “Por mucho que el hombre esté inclinado a pecar, está Dios mucho más inclinado a perdonar”. Además de una gran labor social, desempeñó una importantísima actividad pública. Sus hagiógrafos sostienen que en 1370 recibió una serie de visiones del infierno, el purgatorio y el cielo, después de las cuales escuchó una voz que le mandaba a salir de su retiro y entrar a la vida pública, convirtiéndose en una heroica defensora del Papado durante el período de su sede en Avignon, interviniendo en las gestiones para que éste sea restituido a Roma. En junio de 1376 Catalina fue enviada a Aviñón como embajadora de la República de Florencia, con el fin de lograr la paz de dicha república con los Estados Pontificios. En 1378, medió en la paz entre Florencia y Gregorio XI, y preparó la adhesión de Nápoles a Urbano VI.

En la época de Catalina de Siena, se tenían el celibato y el ayuno en muy alta estima. El acto ritualista del ayuno era tanto un medio para evitar la gula como para expiar los pecados del pasado. Catalina inicialmente ayunó cuando era una adolescente en protesta contra la propuesta de matrimonio de su hermana. El ayuno era entonces un modo de ejercer algún tipo de control.

Su dieta se limitaba al agua y las verduras. La autoinanición se cree que fue un factor que contribuyó a su muerte. Catalina dijo que su negativa a comer era una forma de flagelación. Sin embargo, ella comía a veces para demostrar que no estaba poseída por algún demonio, que le obligara a no tomar alimento. A pesar de su queja de dolores de estómago después de comer, ella siempre fue capaz de recibir la hostia en la Sagrada Comunión.

Murió en Roma el 29 de abril de 1380, a la edad de treinta y tres años. Fue sepultada en la Iglesia de Santa María en Roma; su cráneo fue llevado a la iglesia de Santo Domingo de Siena en 1384 y un pie se encuentra en Venecia.


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