viernes 7/5/21

Aburrimiento, soledad e hiperconexión en tiempos de pandemia

Esta es la civilización de la proscripción del silencio como lo es también de la soledad convertida en enfermedad.
calles vacias

En el primer artículo que escribí recién iniciado el confinamiento de hace un año (Cotidianidad y contingencia) me referí a la situación inédita en la que nos colocaba a la fuerza aquel parón del mundo. La contingencia había hecho volar en mil pedazos nuestra cotidianeidad cuasialgorítmica. Era la oportunidad de pensar sosegadamente sobre nuestros modos de vida, de cuestionarlos en profundidad, sin la tutela del piloto automático. Recordaba entonces la idea de epojé de la fenomenología, de puesta en paréntesis de la realidad. Quizá era la ocasión, al igual que en otras experiencias límite, como cuando la muerte nos roza con sus lúgubres alas, de adoptar la actitud filosófica por excelencia, que es la del extrañamiento. La coyuntura nos daba permiso –incluso a nuestro pesar– para concentrar nuestra atención, usualmente dispersa y abducida por una miríada de estímulos sin número, en nosotros mismos dándonos la oportunidad de reordenar nuestras vidas.

Todo esto lo pensé –como otros– y lo escribí –como tantos otros–, pero ni por un instante creí que pudiese cambiar algo verdaderamente decisivo del conjunto de circunstancias que configuran nuestro mundo actual. Nuestra aspiración siempre fue y sigue siendo volver a la normalidad. Deseamos que cuanto antes aparten de nosotros este cáliz de amargo trago para volver a nuestra cotidianeidad. Su recia malla de ocupaciones hace nuestro contento. El confinamiento no fue sino el continuo espacio tiempo cuyo vacío había que llenar para mantenerse entretenido. Con la mente convenientemente ocupada, sin hueco, no hay lugar para la exploración, o sea, para la introspección. Se trataba de huir del aburrimiento a toda costa. Afortunadamente teníamos la tecnología digital para mantenernos atareados y distraernos. Para estar en todo momento conectados. Para no sentirnos solos.

A lo mejor es por eso que la psicología es una ciencia tardía e intrínsecamente costosa para el ser humano, porque requiere de la vida burguesa, en cierto modo del aburrimiento. No es casual que en su aspiración a convertirse en ciencia experimental, emancipada de la filosofía, Wilhelm Wundt tomara la introspección como primer procedimiento metodológico. En la relación de la mente humana con el aburrimiento estaría, así mismo, la explicación de que el primer gran tema filosófico y, por ende, de la protociencia fuese lo que los antiguos griegos llamaban phýsis o cosmos. El pensamiento extravertido, lleno del universo, rechaza el ensimismamiento por aburrido. Quién sabe si esto también tuvo que ver con que la revolución de la ciencia moderna empezara por la astronomía y la física y no por el conocimiento de uno mismo. La historia, ¿un producto de la específica pulsión humana a huir del aburrimiento?

Si el vértigo que nos provoca atisbar el aburrimiento se aguanta y supera, quizá tengamos la dicha de inaugurar el tiempo del recreo en el que se da el milagro de la integración entre el yo, las cosas y los otros, experimentándose la epifanía del tiempo pleno. Difícil en nuestra época, la de las interrupciones, la de la multitarea, la del tiempo fracturado y el cuerpo y la mente desdoblados, o incluso enajenados por el juego de espejos fragmentados y multiplicados ad nauseam que constituye la matriz de las ventanas virtuales y sus pantallas. Son para tantos el seguro refugio contra el aburrimiento. La incierta historia, problemática y llena de aristas y perspectivas, no puede nada contra la amabilidad previsible del algoritmo, siempre pródigo en soluciones (¿o acaso no hay una aplicación para cada tarea?). Una manifestación más del desprecio a lo concreto.

En su ensayo titulado El aroma del tiempo, el filósofo Byung-Chul Han habla del «tiempo atomizado», incapaz de dotar a la conciencia de un sentido narrativo. Por eso la historia ha pasado a ser, desde el punto de vista cultural, una dimensión de la existencia humana irrelevante. Apenas cuenta ya para el desarrollo de la inteligencia, la cual, en congruencia con el modelo del algoritmo, corre el riesgo de quedar reducida a un ejercicio de cálculo a corto plazo. Así se revela de forma más patente en el modelo económico que ha conformado la globalización, en cuyo núcleo se halla el dogma del crecimiento amparado por una ética de la codicia. La idea de progreso de la Ilustración parece haber perdido hace tiempo sus componentes histórico y cosmopolita. El tiempo del mundo, según el modelo economicista, no llega más allá del cálculo de las cifras del próximo trimestre. Pensar más lejos aburre al economista ortodoxo. La ética es un estorbo.

Correspondientemente, las sociedades sujetas a esta vivencia del tiempo se han convertido en enjambres nerviosos. Su idiosincrasia queda conformada por modos de vida que instilan en sus miembros la inquietud por no perderse nada (el reclamo publicitario de «¿te lo vas a perder?»), por explorar todas las posibilidades. Nerviosismo del que es síntoma la tecnología de la captura de la atención y que ésta refuerza al mismo tiempo. El ya reconocido síndrome FOMO, fear of missing out (miedo a perderse algo), nos obliga a atomizar la vida, a desdoblarnos incluso en la multitarea que nos convierte en seres duales que están y no están (¿no sería válido para muchos decir que mientras ellos se afanan por escapar del aburrimiento otros deciden sobre sus vidas?). Pero de este modo «la vida –escribe Byung-Chul Han– pierde cada vez más la amplitud que le proporciona la duración»; y deja de ser vivible –añado yo– para pasar a ser mero objeto de consumo, tasado. Está previsto cuándo acaba todo incluso antes de que comience.

Esta es la civilización de la proscripción del silencio como lo es también de la soledad convertida en enfermedad. La tecnología desarrollada en las últimas décadas está diseñada contra la soledad, y desde luego contra el aburrimiento. La hiperconectividad dis-trae del sí mismo, de la reflexión, o sea, rompe la posibilidad de mirar el reflejo que nos devuelve nuestra propia conciencia ensimismada, concentrada en sí cuando felizmente ha sido des-ocupada y ha dejado de estar pre-ocupada. Paradójicamente, el aumento del tiempo de ocio en las sociedades más privilegiadas ha ido de la mano del crecimiento de la obsesión por llenarlo. Se convierte así también en tiempo hábil para el rendimiento, y de este modo pasa a ser del dominio del mercado, no del pensamiento.

El vértigo del aburrimiento nos lleva a planificar cada vez con mayor antelación el modo en que vamos a ocupar el tiempo de ocio. Es una manifestación más de la incomodidad insoportable que nos genera la fricción con la realidad; que ésta se nos pueda resistir, como está haciendo ahora y desde hace un tiempo que ya dura demasiado por culpa de la pandemia, se nos hace intolerable. Es un componente esencial de nuestra normalidad (ilusoria) que la realidad no ofrezca resistencia. Lo reflejan los (abstractos) modelos económicos mediante los cuales se predice el valor cuantitativo de los diversos parámetros, pero en los que lo concreto y contingente (como esta pandemia o la crisis financiera de 2008) se halla ausente.

Consecuentemente, la renuncia ha dejado de ser un elemento familiar de nuestra ética; es decir –y acudiendo al genuino sentido de la palabra–, del carácter que hemos forjado a través de los modos de vida que ya predisponen nuestras decisiones y las acciones que de ellas se derivan. Si damos por supuesto que la realidad nunca se va a oponer a nuestros deseos, ¿quién estará dispuesto a reconocer que hay límites?

Define Santiago Alba Rico el aburrimiento como el tiempo estancado en el cuerpo. Durante el confinamiento, durante este actual confinamiento a pellizcos, hay menos opciones para huir del propio cuerpo y hace mella en nosotros la angustia soterrada de la presciencia del aburrimiento. El cuerpo se torna prisión en la que rige el aburrimiento cuando no hay forma de escapar al centro comercial o al aeropuerto. La conciencia no es alternativa, pues es una plaza solitaria que da miedo al ser campo abierto para los fantasmas de cada uno. Sin embargo, el osado paseante de esa plaza, al poner en ella su atención sobreponiéndose al vértigo del aburrimiento, la transfigura en alma y la reconoce como el sitio de su recreo.

Uno de los que con talento así lo hizo fue Henry Purcell, el gran músico barroco inglés del siglo XVII. Y una de las pruebas más hermosas de ello es su pieza conocida como O solitude, my swetest choice («Oh, soledad, mi elección más dulce»). En una de sus estrofas leemos (traduzco): «lugares consagrados a la noche, alejados del tumulto y el ruido ¡cómo complacen mis pensamientos sin fin!». La soledad como elección, que no tiene que ser aislamiento.

Paradójicamente, y hoy sobre todo gracias a la omnipresencia constante de los así llamados teléfonos inteligentes, podemos encontrarnos acompañados y, no obstante, quedar aislados «voluntariamente» por la pantalla que abduce nuestra atención y los auriculares que anulan nuestro vínculo sensitivo con la realidad. Y merced a internet podemos contar siempre con la ilusión de hallarnos acompañados cuando estamos solos, ahuyentando el fantasma del aburrimiento, distrayendo nuestro pensamiento de nosotros mismos, evitando que pueda aflorar la conversación con uno mismo. Quien quiera contemplar un nada aburrido fresco actual de cómo la tecnología móvil e individualizada de la comunicación puede afectar a las relaciones sociales y, en particular, a las familiares que vea la película Hombres, mujeres y niños (Men, women and children, 2014).

La experiencia, en cierta medida inefable, que Henry Purcell plasma tan bellamente en su composición musical, es eso a lo que coloquialmente solemos llamar soñar despiertos. Es lo opuesto a ese pensamiento cortoplacista al que aludí más arriba y que los dispositivos digitales suelen contribuir a fomentar. Téngase en cuenta que son potentes canales a la hora de estimular con lo nuevo y lo social, antídotos la mar de atractivos contra el aburrimiento al conducir nuestra atención hacia algún objetivo inmediato. Mal usados –perdido el control de nuestra atención– son insuperables instrumentos de atomización del tiempo y, por consiguiente, disgregadores del pensamiento a largo plazo. En gran medida ese uso viene impuesto por la función que le otorga la economía extractiva a nuestros dispositivos digitales: ser recolectores de datos, cuantificadores del yo.

La psicóloga norteamericana Sherry Turkle está convencida de que soñar despiertos nos conduce a pensar a largo plazo, que es la actividad necesaria para constituir un yo estable y para que se nos ocurran cosas nuevas. Para ello hemos de superar el vértigo que nos provoca el aburrimiento, que por cierto no ha dejado de crecer en los últimos años porque nos hemos acostumbrado a un flujo constante de conexión, información y entretenimiento en este nuestro mundo smart. No es de extrañar, pues, que esta maldita pandemia, que tanto daño está haciendo a la economía en general, sin embargo haya supuesto un incremento del valor de las plataformas digitales de entretenimiento, como las televisiones de difusión a través de internet; también han hecho su agosto las aplicaciones que nos han mantenido en permanente conexión a los otros.

Podría decirse que hemos decidido que el ciberespacio es un mundo libre de aburrimiento mientras que el real es un lugar cada vez más aburrido a nuestros ojos. No hay diversión auténtica si la experiencia vivida en éste no es convenientemente exhibida en aquél: «comparto, luego existo».

En la realidad caben los tiempos muertos, los momentos en los que no pasa nada, las esperas y los traslados en los que parece que sólo se puede mirar por la ventanilla y contemplar el paisaje en soledad, expuestos al vértigo del aburrimiento. Pero, gracias a la tecnología, tenemos el móvil y podemos enviar mensajes, responder correos, mirar videos y hasta ver algún capítulo de nuestra serie favorita. No hay que temer al aburrimiento, nunca estaremos solos. O sí.

En su libro titulado En defensa de la conversación, Sherry Turkle sostiene que si no se aprende a estar solos se corre el riesgo de vivir vidas más solitarias. Esta paradójica condición de la hiperconexión que nos aísla viene avalada por investigaciones psicológicas y por observaciones sociológicas (véase el interesante documental titulado La gran desconexión). Existe un incipiente y minoritario  movimiento social cuyos integrantes se reconocen a sí mismo como los «exconectados». Aseguran que al convertirse en exconectados, paradójicamente, se reconectan. ¿A qué? Al mundo, a los demás, a las conversaciones cara a cara.

En sus estudios sobre el desarrollo de la inteligencia el psicólogo Jean Piaget constató que lo que impulsa al niño a abandonar su personal mundo de fantasías y empezar a tratar con el real es la necesidad de relacionarse con los demás; pero ¿y si merced a la matriz tecnológica de internet podemos ya relacionarnos con los demás sin tener que lidiar con el mundo real? Entonces estaríamos en un camino de regreso a una etapa de la inteligencia colectiva que tendría su expresión en sociedades más infantiles, integradas por individuos cada vez menos dispuestos a abandonar sus confortables burbujas de «evidencias» propias, reforzadas a través de una red de conexiones que no necesitan, al tiempo que desprecian, los hechos. Matriz idónea para que prospere la cultura de la posverdad.

Cierto grado de tolerancia al aburrimiento puede significar darle una oportunidad a lo que no podíamos sospechar que nos pudiera interesar, o a aquello cuyo valor no hemos reconocido en un primer momento porque no nos hemos permitido colocarnos en ese estado de soledad que tan bien describió Henry Purcell. Recuerdo mi propia experiencia al respecto con la música clásica, tan aburrida en principio para mí, pero que gracias a uno de mis profesores de bachillerato aprendí a apreciar, eso sí, teniendo que tolerar a la fuerza ese punto de aburrimiento que ahora el actual modelo educativo entiende que hay que evitar a toda costa (¿una clase magistral? ¡Nunca! ¿Una explicación sin su divertido soporte audiovisual? ¡Jamás!). Seguramente esta es una de las verdades de la educación que más trabajo cuesta asumir: que lo más importante puede ser también lo más aburrido.

¿Habrá que desconectarse, pues, y gustar de la propia soledad para que la conexión con los demás sea genuina y madura? Es lo que defiende Sherry Turkle en su libro: hay que saber hablar a solas consigo mismo para relacionarse bien con los demás. Una tesis ya sostenida por el filósofo Michel de Montaigne hace ya más de cuatro siglos. Hombre de paradojas que confesó haberse casado para poder estar solo, supo expresar mejor que nadie lo lejos que puede estar la soledad del aburrimiento. En su obra magna, sus Ensayos, confiesa que va a hablar de sí mismo, pero está seguro de que al dejar hablar a su espíritu quien lea sus escritos se reconocerá a sí mismo en sus semejanzas fundamentales. Hoy, merced a las contribuciones más recientes de la neurociencia, sabemos que ese «espíritu» brota de la actividad de la red neuronal por defecto, el conjunto de estructuras encefálicas que conforman nuestro pensamiento cuando logramos que nuestra mente quede desocupada. La red neural por defecto nos permite procesar información vinculada con relaciones sociales, nuestro lugar en el mundo, nuestras fantasías respecto del futuro y, por supuesto, las emociones.

La soledad es la condición radical a la que siempre puede quedar reducida nuestra existencia (como prueba una tan aciaga coyuntura como la actual). Este es el axioma a partir del que se puede conformar la universal fraternidad humana. En el reconocimiento de nuestra esencial soledad está la raíz de la empatía y, por tanto, del sentido de comunidad. Para que tal reconocimiento sea posible, paradójicamente, es menester que ejerzamos nuestro derecho a la desconexión, al silencio, a la ociosidad, a la conversación con uno mismo y hasta al aburrimiento.

Aburrimiento, soledad e hiperconexión en tiempos de pandemia