sábado 8/5/21

No son estados, son actos: vidas paralelas de la democracia y la ciencia

Tanto la ciencia como la democracia no son estados, sino actos, sujetas como están a la transitoriedad, y por tanto ninguna de ellas está garantizada, lo que hace necesario que deban ganarse y defenderse de forma continuada e incesante.
ciencia
Fotos: Pixabay

Emilio Muñoz (*), Víctor Ladero, Jesús Rey

Democracia y ciencia en el alambre

Democracia y ciencia se ven sujetas a continuos desafíos debido a que sus prácticas se viven sumergidas en un piélago de riesgos y contradicciones.

Los acontecimientos recientes y simultáneos que están aconteciendo, por un lado en relación con las elecciones presidenciales en Estados Unidos, y por otro con el desarrollo de vacunas contra el SARS-Cov-2 y los sucesivos anuncios del logro de elevadas tasas de eficacia por parte de diferentes empresas farmacéuticas, ambos acontecimientos de alcance mundial, ponen a la democracia y a la ciencia en una situación de coincidencia temporal en el afrontamiento de importantes desafíos, y de paralelismo en la coyuntura de reivindicar y defender su legitimidad.

Democracia: el período poselectoral en Estados Unidos

La candidatura Biden-Harris ha ganado las elecciones del pasado 3 de noviembre con la misma o superior legitimidad democrática que la que aupó a Trump en 2016: 306 votos electorales y una mayoría del voto popular: casi 6 millones de votos más; algo de lo que careció Trump, puesto que Hilary Clinton le superó por tres millones de votos. Este resultado ha sido posible gracias a una impresionante movilización ciudadana, especialmente de las minorías tanto por condición social como por etnia y culturas, mientras que Trump arrasó en zonas rurales caracterizadas por una menor densidad de población y en zonas de mayoría blanca o con menor proporción de universitarios.

Sin embargo, estamos asistiendo a un espectáculo desolador en relación a la pureza y el rigor democráticos. El todavía presidente, revelando que su objetivo no era “America first” sino ‘Trump The first and The last’, se apoya en su arma comunicativa preferida, los tuits -algunos de los cuales han sido cuestionados respecto a su fiabilidad y veracidad por el propio servicio Twitter-, en el omnímodo poder que todavía le resta y en los más de 73 millones de votos recibidos, para no reconocer su derrota y su responsabilidad política y para no prestar apoyo al presidente electo, algo que es más que preocupante, entre otras razones por cuestiones tan importantes como la seguridad nacional.

Dos referencias para poner de relieve la importancia del envite político en el que vivimos quienes creemos en la democracia liberal. La primera es un artículo de opinión publicado en The New York Times por el periodista norteamericano Nicholas Kristof, ganador en dos ocasiones del premio Pulitzer. En él se denuncia la mala praxis de un presidente que ha sido no obstante ampliamente votado, sin que su mala gestión de la pandemia haya inmutado a los votantes, puesto que ha ganado en nueve de los diez estados con mayor incidencia de coronavirus.

La segunda viene del otro lado del Atlántico y concierne a la reflexión profunda de un referente intelectual en Francia, el historiador Pierre Rosanvallon, quien en su último libro, titulado ‘El siglo del populismo. Historia, teoría, critica' ha teorizado sobre el auge de los populismos, y en una entrevista concedida recientemente ha señalado que “Existen regímenes […] que se inclinan podríamos decir legalmente hacia el autoritarismo […] democraturas […] validados por el sufragio universal”, lo cual sin duda supone un peligro para la democracia.

Ciencia: Las reacciones ante las vacunas

Todo esto ocurre en los Estados Unidos de América, país que pretende ser ejemplo de democracia para el resto del planeta, en un momento de la historia en el que la humanidad al completo se enfrenta a la pandemia de covid-19. Esta catástrofe se ha convertido en el agujero negro que todo lo atrae y absorbe, condicionando el debate político y económico, a la vez que desvía de la primera plana social e informativa otros temas no menos relevantes y que a su vez están íntimamente vinculados con la pandemia, como son todo lo relacionado con otras enfermedades no por menos urgentes menos importantes, lo que atañe a ese problema global que es el cambio climático, los desastres naturales que siguen azotando al planeta, o la sobreexplotación de los recursos naturales del planeta que, como han sugerido los investigadores, generan cambios en los ecosistemas pudiendo influir en la transmisión del virus SARS-Cov-2 a la especie humana. En suma, estamos ante una crisis ambiental de repercusiones sociales incalculables que podría estar conduciéndonos a la emergencia y propagación de nuevos virus desconocidos.

En este contexto, el desarrollo de vacunas se perfila como la principal de las vías de acción en la lucha contra la propagación del virus. Sabemos desde el principio, incluso en los difusos orígenes de la pandemia, por las características de novedad y estrategia en su acción del SARS-CoV-2, así como por las dimensiones y consecuencias socio-económicas y políticas de la covid-19, que se debía trabajar en la búsqueda de varias vacunas. No se debe olvidar que hasta ahora no se han podido obtener vacunas contra otras enfermedades víricas, como es el caso del sida. En pura lógica híbrida de competitividad y altruismo se ha contado con una importante movilización de instituciones científicas, tanto de titularidad pública como privada, que se han visto acompañadas por inversiones importantes de nuevo desde ambos sectores. Por otro lado, al desarrollo de la esperada vacuna se le ha concedido una cobertura mediática sin precedentes en el mundo de las ciencias biológicas, solo comparable a eventos como la llegada del hombre a la luna. En términos deportivos se ha informado de la situación, del tiempo de juego y resultados: número de vacunas, tipo o método de obtención, fase en la que se encuentran los ensayos (preclínica, fases I, II y III). Incluyendo las diversas vacunas que se están desarrollando en España, que han tenido sus momentos de reconocimiento mediático en nuestro país, aunque solo para el consumo interno.

vacuna covid

Súbitamente, en una ola intensa de la covid-19 tras los desbordes veraniegos, la noticia de la vacuna de Pfizer y BioNTech llegó por medio de una nota de prensa que hacía hincapié en dos aspectos: una eficacia del 90%, resultado de una de las últimas etapas de compleja fase III que persigue determinar este parámetro, y la necesidad de su almacenamiento a -70°C (70 grados bajo cero). Se produjo un cambio en la situación anímica de la sociedad, virando hacia un cierto optimismo –lógico– y provocando una euforia bursátil, irracional bajo el prisma científico pero ilustrativa de lo que es esta actividad ritual y emocional del capitalismo financiero, que coincidió con movimientos de venta de acciones por parte del CEO de Pfizer. Inmediatamente, le sucedió el anuncio de la efectividad de la vacuna de la empresa Moderna, anunciando una efectividad mayor (94%) y una temperatura de almacenamiento de (solo) -20°C, tras lo cual parece haberse desatado una especie de competencia en torno al nivel de efectividad de la vacuna, que más parece tener que ver con objetivos económicos y estratégicos, ya que el aspecto científico ha quedado en un segundo plano, por cuanto aún no ha habido comunicación alguna por los canales científicos habituales (revistas científicas) que dé cuentas de los resultados de los ensayos clínicos con el rigor, claridad y transparencia que requiere cualquier descubrimiento científico. Más recientemente, la comunicación por parte de la Universidad de Oxford y la compañía AstraZeneca de sus resultados de fase II, búsqueda de seguridad, comunicada esta vez sí a través de una revista científica del prestigio de The Lancet, ha focalizado su respuesta en la elevada respuesta inmunitaria provocada por su vacuna tanto en mayores de 70 años como en jóvenes.

Lo que se ha producido como efecto colateral es un ataque a las farmacéuticas, y se ha puesto en duda una vez más la investigación realizada, la solidez de los datos científicos y la posibilidad de que estén priorizando motivaciones económicas frente al rigor científico necesario, especialmente en un tema tan delicado y tan proclive al negacionismo como son las vacunas, en parte reflejo del notable desconocimiento de los informadores y opinadores acerca del funcionamiento de la industria biomédica y biotecnológica, que es en lo que ha devenido una parte muy significativa de la industria farmacéutica del siglo XXI.

No somos expertos en este tipo de negocio puesto que no hemos trabajado directamente en él, pero sí hemos colaborado o tenido contactos con sus empresas bajo diferentes facetas y perspectivas a lo largo de nuestra vida profesional, contactos que en el caso de uno de nosotros (EM) han sido intensos y extensos a lo largo de dos décadas (1999-2019) como miembro de la Junta Directiva de ASEBIO y presidente de su Comité Científico.

Sabemos, gracias precisamente al éxito de dos empresas biotecnológicas españolas como Pharmamar y Oryzon Genomics, que las empresas que cotizan en bolsa tienen la obligación no solo de informar a las correspondientes entidades reguladoras de cualquier cambio patrimonial o accionarial, es decir de las alteraciones que se producen en el ámbito del capital , sino que además están sometidas a procesos de transparencia informativa en lo atinente a los desarrollos y avances científicos y tecnológicos en relación con los inversores presentes y futuros. Para esta información las notas de prensa publicadas con periodicidad y la participación en congresos masivos de especialidades o sociedades médicas han sido instrumentos más maleables, sencillos y rápidos, que las publicaciones científicas, para suministrar esta información especializada y para establecer relaciones comerciales. Sin embargo, la pandemia ha reducido, eliminado la celebración de los congresos, limitando la herramienta de comunicación a las notas y ruedas de prensa, siendo ésta la vía que permanece en esta situación que además es de urgencia.

Esto es lo que han hecho Pfizer y Moderna. Lo que ha sorprendido es que esta situación ha sido tratada con disparidades informativas, mezclándose el reforzamiento del optimismo con la desconfianza y las críticas, incluso propiciándose comentarios jocosos de los brillantes cómicos que intervienen en magazines y programas de entretenimiento.

Por descontado que estamos a favor de la libertad de expresión y del libre ejercicio profesional de quienes se ganan la vida con su vis cómica, pero también nos sentimos obligados a recomendar que en este tema de las vacunas actuemos con reflexión y con la mejor información contrastada posible. Necesitamos vacunas en plural, seguras y eficaces, investigadas y realizadas con aproximaciones diversas a tenor de las complejas estrategias del virus, y para que se produzca un suministro justo y eficaz, lo más variadas posible en cuanto a propiedades y nacionalidades de producción. Esto debe ocurrir aunque estemos en un mundo global, o precisamente por ello, y hay que poner como bandera la actuación con dinámicas y dimensiones éticas determinadas y valorativas.

mundo coronavirus

Legitimidad democrática y científica

Lo relatado y argumentado hasta aquí nos muestra que tanto la democracia como la ciencia deben reivindicarse día a día, de forma continua a lo largo de la historia contemporánea. Parafraseando las palabras del congresista John Robert Lewis (Democracy is not a state. It is an act’), recuperadas por Kamala Harris en su primer discurso como vicepresidenta electa de Estados Unidos, ya hemos señalado con anterioridad que tanto la ciencia como la democracia no son estados, sino actos, sujetas como están a la transitoriedad, y por tanto ninguna de ellas está garantizada, lo que hace necesario que deban ganarse y defenderse de forma continuada e incesante.

La democracia parece estarse debilitando y debe resistir a los embates a los que la están sometiendo la globalización, el neoliberalismo y los populismos, resistiendo gracias a su fortaleza intrínseca y la de las instituciones y defensores que luchan por mantenerla y fortalecerla. La ciencia, por el contrario, parece estar encontrando una legitimación que fuerzas como las catástrofes naturales y sanitarias contribuyen a fortalecer, a pesar de determinadas fuerzas políticas y sociales que luchan por desprestigiarla (populismos, negacionismos, políticas absolutistas, y demás iniciativas estratégicas llevadas por las emociones).

Es preocupante observar las reacciones de colectivos que en plena covid-19 persiguen una ética de corte ludita, una ética que surgió como una rebelión contra el futuro -entonces contra la tecnología y la ciencia- que ahora sería negacionista ante la responsabilidad y el sentido común (la prevención) orientados a la persecución del bien de todos o al menos de la mayoría. Se actúa así con la invocación a la libertad de apostar por el disfrute individual o en grupos próximos y reducidos.

Como no nos cansamos de repetir y proponer, hay que aplicar éticas basadas en el consecuencialismo (ponderación entre costes y beneficios por y para los implicados en procesos y acciones complejos) sustentado en tres grandes principios: responsabilidad, empatía, y justicia social. Es un paso adelante que, desde la bioética, el filósofo Txetxu Ausín proponga que necesitamos una vacuna que nos inocule unas dosis de ética y ejemplaridad. ¡Vamos avanzando!

(*) Emilio Muñoz Ruiz | Presidente del CSIC entre 1988 y 1991

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