sábado 19/6/21
ECONOMISTAS FRENTE A LA CRISIS

La Unión Europea, instrumento para la razón política

Por Francisco Pastor Pomares |  Hay que volver a una Europa más solidaria que evite los egoísmos de aquellos europeístas que sólo se fijan en la cotización del euro y en la globalidad de los mercados.

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Es necesaria una mayor integración política, todo lo contrario de lo que el homo democraticus europeo viene exigiendo

Economistas Frente a la Crisis | Es posible que la mayoría de los ciudadanos que integran la Unión Europea sólo esperen de ella que contribuya a la mejora de su bienestar social y económico, no que lo empeore promoviendo desajustes en sus economías nacionales, aunque estos se produzcan como consecuencia de políticas de racionalidad económica destinadas a lograr una mayor convergencia entre los países que la integran. Sin embargo, hemos de ser conscientes de que no es posible obtener avances socioeconómicos de relevancia que contribuyan a ese bienestar común si no proviene de principios y valores que estén basados fundamentalmente en la solidaridad entre sus miembros.

La Unión Europea empezó como un “mercado” común de productos del carbón y el acero, habiendo evolucionado hasta convertirse en una unión económica, social y política. Es decir, ya no se trata sólo de intercambiar productos, eliminar aranceles o regular mercados, sino de instrumentar racionalmente acuerdos y consensos para lograr mayor cohesión, la mutua ayuda o la defensa y seguridad ante los nuevos riesgos mundiales, todo ello, en teoría, bajo criterios democráticos, de igualdad de oportunidades y de justicia social. No parece que esto responda a la realidad a la vista de las crecientes desigualdades que están surgiendo entre los países miembros del Norte y del Sur, con evidentes intereses económicos nacionales contrapuestos, y que está dando origen al surgimiento de populismos xenófobos y radicales que tienen su causa en una clase media empobrecida. Una Unión que recurre a la ortodoxia económica para solucionar profundos problemas políticos derivados de los costes de la integración, donde priman más los distintos intereses nacionales que alcanzar los principios que subyacen en una identidad cívica y colectiva europea. Una identidad cuya sustancia cohesionadora es el compromiso con los valores compartidos por la Unión, un compromiso con las obligaciones y los derechos de la sociedad civil que cubre áreas concretas de la vida pública, es, en definitiva, el compromiso con una política que privilegia los derechos humanos en oposición a un nacionalismo étnico (Weiler, Halterny Mayer, 1995:23).

De ahí la necesidad de volver a una Europa más solidaria que evite los egoísmos de aquellos europeístas que sólo se fijan en la cotización del euro y en la globalidad de los mercados, o a esos escépticos que no creen en la unidad europea como un instrumento válido para lograr cotas de mayor equidad social, pues temen al otro, no desean compartir, y son, en el fondo, víctimas de un nacionalismo enfermizo que rechaza al diferente por el simple hecho de serlo.

Pero para poder mantener una Unión Europea solidaria y para que sus instituciones respondan a este principio, antes deben convertirse en un instrumento para la razón y no para el dogmatismo tecnocrático, han de transformar sus políticas en mecanismos que ayuden a racionalizar y humanizar las sociedades y en ser palanca de oportunidades para la construcción de un futuro digno para todos y no un conjunto de privilegiados mercaderes en defensa de sus intereses.

Deberían, pues, aquellos que ostentan la representación ciudadana en los diferentes órganos decisorios europeos, no abdicar de la ética kantiana y ver al hombre como un fin antes que como un medio, así como recordarles ese proverbio danés tan ilustrativo de que con “tu vela puedes encender la de otro”, y que viene a significar la transmisión del conocimiento, facilitar a los otros esa razón iluminada que permite el progreso de los pueblos con independencia de su cultura, lengua, mitos, etc.

Para ello, es necesaria una mayor integración política, todo lo contrario de lo que el homo democraticus europeo viene exigiendo, que espera una Europa económicamente fuerte y políticamente débil (Cacciari, 2000). La unión política en Europa debe configurarse, a tenor del ocaso de los Estados-nación, bajo una estructura federalista, con instituciones soberanas de la misma y a la que todos los ciudadanos nos sujetamos directamente, sin mediación. Una Europa de las ciudades y las regiones, de acuerdo a geometrías libres de los confines territoriales y de la soberanía territorialmente determinada por los viejos Estados (Cacciari: 2000), fortalecida, de igual manera, con un pilar social que garantice el mantenimiento del modelo social europeo donde el conocimiento, la educación y el saber sea la base de su progreso y bienestar. Una Europa que acomode principios e intereses desde un nuevo institucionalismo.

En conclusión, bajo una Europa diseñada desde la óptica de las leyes económicas y financieras, e inmersa en los vaivenes de un mercado cada vez más global, los principios solidarios han quedado aparcados, sujetos cada vez más a los intereses de unos y los orgullos nacionales de otros, sin una identidad colectiva y donde el hombre acaba siempre siendo un medio. Una mayor unión política, un ser democrático desde los pueblos y regiones, una solidaria transmisión del conocimiento, en definitiva, una Unión Europea como instrumento de razón política es necesaria si aspiramos como sociedad civil a un futuro más digno y más justo.

La Unión Europea, instrumento para la razón política