viernes 14/5/21
7M | ELECCIONES PRESIDENCIALES

La izquierda francesa hace de tripas corazón

Hacer de tripas corazón y votar a Macron puede ser una sopesada decisión política de mucha gente de izquierdas en Francia.

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La abstención es un fenómeno generalizado que afecta con fuerza a derecha y a izquierda y que revela el hastío que despiertan Macron y Le Pen

Las elecciones presidenciales francesas son desde hace semanas uno de los principales centros de atención e inquietud de la izquierda política y social europea. Preocupación solo superada en nuestro país por el escándalo y la indignación que produce comprobar hasta qué punto la corrupción y el partido de Rajoy se han hecho un todo indivisible. Al escarnio se suma la incapacidad o falta de voluntad política (en primer lugar, pero no exclusivamente, por parte del PSOE de la gestora) para articular, mediante una moción de censura o por el medio que se considere más oportuno, una mayoría parlamentaria que devuelva la dignidad a las instituciones y a los representantes del pueblo.  

Las elecciones presidenciales francesas han sido también, sin duda, la principal fuente de intranquilidad del bloque de poder que ejerce la dirección de la acción política y las instituciones europeas. Sin Francia, la Unión Europea y el euro serían pasado. Y aunque el temor ha menguado muchos enteros tras los resultados de la primera vuelta, el no completamente descartable triunfo de Le Pen el próximo 7 de mayo mantiene un rescoldo de desazón que no se apagará hasta la proclamación como vencedor de Macron.

Los sondeos de opinión marcan claramente el alcance y los límites de la enfermedad francesa. En todos los partidos descartados por las urnas en la primera criba, sus votantes se muestran excesivamente permeables a la abstención o el voto en blanco y, en menor medida, a votar por Le Pen. Aunque las encuestas (OpinionWay de 3 de mayo) señalan que solo entre los partidarios del soberanismo gaullista de Dupont-Aignan (convertido ahora en circunstancial aliado e improbable futuro primer ministro de Le Pen) predomina la preferencia por Le Pen (un 41% de sus votantes en la primera vuelta votarían por Le Pen). En todos los demás partidos, la mayoría se inclina por Macron: masivamente entre los socialistas de Hamon (76%), también claramente en la izquierda insumisa que votó a Mélenchon (48%) o en la derecha que apostó por Fillon (39%). También entre las personas que en la primera vuelta decidieron abstenerse o por el voto en blanco o nulo predomina la opción de Macron (21%) frente a las que prefieren a Le Pen (17%).  

INCLINACIÓN POR LA ABSTENCIÓN

A 3 días de las elecciones, las encuestas también señalan que la inclinación por la abstención (a la que suman los votos en blanco y nulos) es muy fuerte y afecta al conjunto del electorado. Por la abstención se decantan el 37% de los que optaron por Mélenchon, el 36% de los que votaron a Dupont-Aignan (pese a la huida de su líder al campo de Le Pen), el 34% de los que apoyaron a Fillon o el 21% de los que lo hicieron por Hamon. También la mayoría de los que se abstuvieron en la primera vuelta se reafirman en ella (62%) para la segunda.

La abstención es un fenómeno generalizado que afecta con fuerza a derecha y a izquierda y que revela el hastío que despiertan Macron y Le Pen. Si en la primera vuelta se contaron 10,6 millones de abstencionistas más 1millón de votos en blanco o nulos, una apabullante cifra de alrededor de 14 millones de franceses no votarán o elegirán el voto en blanco o nulo en la decisiva segunda vuelta. Por razones de conciencia, desgana, frustración, cálculo político o vete a saber qué no votarán al uno ni a la otra.

De confirmarse tales porcentajes, que en lo esencial se asemejan a los que proporciona la encuesta Ifop-Fiducial de 3 de mayo, Macron tendría asegurada la mayoría (alrededor del 60%) que le auguran todos los sondeos. El gran problema es que nadie puede asegurar la derrota de Le Pen dentro de 3 días. Y, en cambio, es seguro que el triunfo de la extrema derecha xenófoba y antieuropeísta que lidera Le Pen supondría un desastre para Francia, para Europa y para los valores universales que nos legó la Gran Revolución Francesa.

No, no estamos en 2002, cuando en otra segunda vuelta de las elecciones presidenciales un amplio frente republicano se movilizó contra el padre de la actual candidata de extrema derecha y construyó un muro de contención democrático contra la amenaza del Frente Nacional. ¿Qué ha cambiado? Mucho. Las promesas incumplidas de una globalización sin reglas y sin controles que no ha proporcionado bienestar ni seguridad. Ni siquiera, mayor crecimiento. Las políticas de austeridad que con tanta ineficacia como arrogancia se han impuesto y han multiplicado la desigualdad, tras un reparto extremadamente injusto de cargas y costes. Es el engaño persistente de unas élites políticas que no quieren dar su brazo a torcer el que ha provocado la indignación y la inquietud de la mayoría social y, finalmente, se ha traducido en un terremoto de la escena política, cuyas réplicas aún no han terminado.         

Riesgos de banalización del debate político

Hay apasionamiento, pero también hartazgo en la sociedad francesa. Los mensajes se simplifican y la simplificación conlleva una tendencia inevitable a empobrecer y banalizar los argumentos que se esgrimen. Se confunde lo que representa cada candidato, no exactamente ganadores contra perdedores de la globalización. Se obscurece lo que está en juego, que no es sólo Europa sí o no. Se dificulta el desarrollo de un debate tan crucial para el futuro de Europa como el de la necesidad de un cambio sustancial de políticas e instituciones para que el proceso de unidad europea pueda perdurar. Se desconecta el combate contra el nacionalismo insolidario y xenófobo de la imprescindible tarea de construir una alternativa progresista que pueda representar, defender y ofrecer mayor bienestar y seguridad al conjunto de la ciudadanía y un futuro mejor a la mayoría social realmente existente. Se demoniza la abstención, perdiendo la oportunidad de analizar los nutrientes que la engordan y, si no hay cambios, seguirán impulsando su crecimiento.

En este lado de los Pirineos, la tendencia a la simplificación y a la utilización de las noticias para fines particulares de política doméstica es también muy robusta. Habría que intentar evitar la banalización del análisis político, tratando de incorporar información, racionalidad y perspectivas al debate. Intentémoslo brevemente.   

Uno. La banalización del posible triunfo de Le Pen

No se puede descartar el peligro de una victoria de Le Pen. Queda mucho tiempo político para el 7 de mayo y pueden pasar muchas cosas. De nada vale decir que es muy improbable si sigue siendo posible. De nada vale argumentar que el voto por Macron puede preparar el camino para el triunfo de Le Pen dentro de 5 años, cuando la alternativa es que puede triunfar dentro de 3 días. El nuevo orden que anuncia Le Pen no solo es un salto en el vacío, en lo que se refiere a salir de la UE, recuperar el franco y levantar barreras proteccionistas frente a inmigrantes e importaciones, supone también alentar el odio al extranjero y profundizar la división de la sociedad francesa. Y como derivada, una amenaza real para los derechos, la libertad y la integridad física de millones de inmigrantes que trabajan en Francia y para millones de franceses que no tienen la piel blanca, no son cristianos o no disfrutan de la protección que proporciona una cartera y una cuenta bancaria llenas de billetes. 

Dos. La banalización del probable triunfo de Macron

Se sabe quién es Macron y qué intentará hacer desde el Palacio del Elíseo. Su programa social-liberal es más de lo mismo que ya defendió y llevó a cabo, hasta donde pudo, cuando entre 2014 y 2016 fue ministro de Economía en el Gobierno del primer ministro Valls. Su programa electoral pretende profundizar esa misma política displicente con la mayoría social que tiene como objetivos fundamentales abaratar costes laborales, rebajar la presión fiscal sobre los beneficios empresariales y recortar empleos y bienes públicos. La misma política que trituró la confianza de los sindicatos y la mayoría social en el Partido Socialista gobernante. Respecto a Europa, Macron también es partidario de una continuidad que admite que las cosas deben cambiar en algo, pero posterga esos cambios a que Francia haga los ajustes y reformas estructurales que, tras aumentar la competitividad y poner en orden las cuentas públicas y exteriores, le permitan negociar con Alemania algunos cambios institucionales y de política económica. Las reformas que necesitan Francia y la UE quedan así supeditadas a los intereses, las necesidades y el ritmo que marca la ideología económica de la derecha alemana y un potente capital industrial alemán que apenas sufre la incoherente e incompleta construcción institucional de la UE y la eurozona. En los últimos días, Macron ha declarado que no hará ningún gesto ni cambiará una coma de su programa para promover la unidad democrática frente a Le Pen que reclama.         

Tres. La demonización de la abstención

No votar no es necesariamente un acto irresponsable o, menos aún, el síntoma de una posición antidemocrática. Puede ser un error. Muy grave si gana Le Pen. Reconocer que el riesgo asociado a una victoria de Le Pen, por pequeño que sea, es insoportable no puede conllevar una entrega acrítica de la izquierda, como algunos desean, al continuismo antipopular que defiende Macron. La abstención de izquierdas no fue la causa del avance de Le Pen en la primera vuelta ni es el enemigo a batir en esta segunda vuelta. Conviene recordar que los escrúpulos a votar por Macron provienen tanto de la izquierda como de la derecha. Y que tales escrúpulos pueden ser tan insuperables como el miedo irrefrenable que lleva a otras personas de izquierdas o de la derecha democrática a votar a Macron. Responden en ambos casos a un sentimiento o a un sentido ético de la acción política que convendría no arrinconar ni desechar, porque la partida para aislar y derrotar a Le Pen continuará y no se juega fundamentalmente ni de una vez por todas el 7 de mayo.

El peligroso juego de derrotar a Le Pen sin votar por Macron

Hacer de tripas corazón y votar a Macron puede ser una sopesada decisión política de mucha gente de izquierdas en Francia

En la tarde del pasado 2 de mayo se dio a conocer el resultado de la consulta interna desarrollada por Francia Insumisa entre sus afiliados para conocer su intención de voto de cara a la segunda vuelta. Participaron 243.128 personas inscritas con derecho a voto (dos tercios aproximadamente del total) y los resultados complican bastante la recomendación de voto a favor de Macron, ya que muestra una división en tres partes de similar tamaño: 34,8% por Macron, 36,1% por el voto en blanco o nulo y 29,1% por la abstención. Con esos datos se entiende mejor la resistencia a pedir explícitamente el voto para Macron. El problema principal de la posición de Mélenchon no es su delicado y difícil equilibrio, sino la calidad del discurso que la justifique. Es en la calidad del discurso de Mélenchon y del debate que se está produciendo en la sociedad francesa donde se juega el resultado final de una compleja partida en la que junto a la derrota de Le Pen también se dirime el arrinconamiento de Francia Insumisa o su conversión en la oposición que puede lograr un cambio progresista que represente y defienda los intereses y aspiraciones de la mayoría social.       

El análisis político de los estados mayores de los partidos y organizaciones progresistas y de izquierdas no puede convertirse automáticamente en una consigna de obligado cumplimiento que pasa por encima, como una apisonadora, de la objeción de conciencia a votar a Macron que hacen militantes y votantes de izquierdas. Los resultados de la consulta interna en Francia Insumisa, pese al sesgo que introduce el activismo político de los participantes, ayuda a entender mejor la resistencia a pedir explícitamente el voto para Macron por parte de las direcciones de la Confederación General del Trabajo, la Federación Sindical Unitaria (sindicato mayoritario en la enseñanza pública) o, entre otras organizaciones, la propia Francia Insumisa. Sin que hayan dejado por ello de señalar la necesidad de cerrar el paso a Le Pen el próximo 7 de mayo en las urnas. Y sin renunciar a pedir el voto para Macron en estos últimos días, si la situación se complica y las posibilidades de Le Pen aumentan.

Hacer de tripas corazón y votar a Macron puede ser una sopesada decisión política de mucha gente de izquierdas en Francia. Hay muchos y buenos argumentos para animar un debate racional y respetuoso que defienda el voto a Macron sin necesidad de demonizar la abstención.

Las personas de izquierdas que no puedan o no quieran votar a Macron ni legitimar su programa tienen también argumentos para limitarse a rechazar a Le Pen, sin pedir explícitamente el voto para Macron, o para defender la abstención; pero sería poco juicioso que intentaran convertir en un principio político o en un absoluto ético una posición que resulta tan discutible, al menos, como la de votar a Macron. Y deberían asumir que su decisión de abstenerse o votar en blanco o nulo añade posibilidades al indeseable triunfo de Le Pen, por muy improbable que lo consideren.   

Si la izquierda quiere tener futuro tendrá que aprender a mejorar sus procesos deliberativos. Y a tomar democráticamente decisiones que permitan una acción responsable individual y dejen un espacio razonable a la objeción de conciencia por parte de las personas que las consideren inasumibles. Ésta es una muy buena ocasión para hacer ese aprendizaje y dar aliento al futuro de la izquierda. Hace mucha falta.


P. S. Sondeos de opinión diarios para consultar las últimas tendencias sobre la evolución de la opinión pública francesa ante la inminente votación del 7 de mayo.

http://opinionlab.opinion-way.com/opinionlab/832/627/presitrack.html

http://cdn-new-parismatch.ladmedia.fr/var/ifop/03-05-2017.pdf?version=82d94dD7

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