lunes 19/4/21

Crisis y empobrecimiento: Pura ideología

Por Pedro L. Angosto | Desde la llegada del PP al poder, el número de españoles que no tienen trabajo, que pasan hambre o que sobreviven en la exclusión, se ha multiplicado...

Mucho se ha hablado y se hablará de la crisis ideológica de la izquierda desde que cayó el muro de Berlín y desapareció la URSS. El fin de la historia, carencia de paradigmas, falta de referentes, aburguesamiento de los partidos socialistas, son algunas de las falacias y realidades que adornan un debate, a nuestro juicio bastante estéril tanto por su duración como por no entrar en el meollo de la cuestión. Para empezar tendríamos que ser conscientes de que la izquierda siempre ha estado en crisis porque el materialismo dialéctico de Marx y Engels –raíz de pensamiento filosófico de la izquierda, aunque algunos se pongan de espaldas- es un método de análisis de la realidad esencialmente antidogmático, y sin dogmas infalibles no existe la fe ciega y sí la discrepancia y la crítica. Dicho esto, conviene recordar que desde el principio del movimiento obrero y de los partidos socialistas, la mayor dificultad de la izquierda ha consistido en concienciar a quienes vivían de sus manos, de su intelecto o de ambas cosas a la vez, de que pertenecían a una misma clase social opuesta a la de los dueños de los medios de producción y el capital.

En países como España, dado que la democracia nos ha sido ajena durante tantísimo tiempo, la afiliación a partidos y sindicatos de clase fue siempre menuda puesto que los medios de coerción y socialización siempre estuvieron, y están, en manos de la derecha. El poder mediático de la derecha ha sido tan abrumador que a un tiempo han conseguido que una mayoría considerable de la población –entre la que se encuentra la izquierda intelectual- sea refractaria a esa militancia, se declare apolítica –que es lo mismo que declararse apersona- y asuma como propio el ideario político de sus antagonistas. Partiendo de esa base, podemos asegurar que sí, que la izquierda está en crisis, antes por el miedo a la represión y esa desideologización característica de los países que han pasado mucho tiempo bajo un régimen dictatorial criminal que nunca ha sido castigado ni penal ni políticamente; hoy, porque ese rechazo a militar dejó la llave de los partidos en manos de minorías que no se sentían fiscalizadas ni condicionadas por una militancia masiva y concienciada inexistente. Por tanto, es claro que a la izquierda le urge abrirse en canal, buscar los instrumentos necesarios para conectar con quienes hoy sufren las consecuencias de un sistema cada vez más brutal, y regresar a sus orígenes éticos y programáticos: Oposición frontal y activa a la globalización de la pobreza, la explotación y la exclusión. Ya no importa tanto llegar al gobierno para luego decir que no se puede hacer lo que uno tenía previsto porque la mundialización impone rutas político-económicas de obligado seguimiento, sino hacer ver que hay otros caminos, que se tienen los medios para transitar por ellos y que el mensaje es creíble dado el comportamiento ético ejemplar de dirigentes y militantes. De otro modo, la batalla de la justicia, de la igualdad, la cultura y la libertad estará perdida por muchos años, ya que enfrente, en las filas de una derecha cada vez más ultra, sólo hay un bloque monolítico poderosísimo que no pierde el tiempo en debates, sino que lo emplea en defender sus intereses de clase, porque la derecha mundial sí es una clase social, y está en guerra.

En 2007 comenzó la crisis más destructora de las habidas desde la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial. Es una crisis que tiene un solo origen: La desregulación del mercado financiero, del mercado de capitales, del laboral y, en general del Estado de Derecho, en definitiva, de todo lo que se había regulado durante décadas para hacer nuestras sociedades más habitables, más libres, más fraternales y más justas. La derecha, que domina la mayoría de gobiernos y corporaciones del mundo, en unas circunstancias que habrían sido muy propicias para apartarla del poder durante décadas por su implicación brutal en los hechos originadores de esta grandísima estafa global, sabedora de la desmovilización, la confusión y la abulia reinante en quienes tendrían que haber puesto coto a sus ambiciones demoledoras, lejos de esconderse hasta que capease el temporal, decidió pasar a la ofensiva, y al contemplar que en frente no había nada ni nadie y que si cabe tenía más poder después de la crisis que antes de ella, pisó el acelerador, dispuesta a no dejar en pie ninguno de los derechos que anidaban, como en una isla recóndita y en cierto modo edénica, en parte del continente europeo. Ciñéndonos al caso español, un gobierno de genotipo y fenotipo franquista, pero que contó con el apoyo mayoritario de quienes votaron hace dos años, ha logrado en pocos meses que quienes más ganan y por tanto más tendrían que haber aportado para salir del atolladero en el que nos encontramos en buena medida por su irresponsabilidad, paguen un ocho por ciento menos que el año pasado pese a haber incrementado sus beneficios, es lo que ocurre con las treinta y cinco empresas del IBEX; ha conseguido que la Iglesia católica, que al fin y al cabo es una multinacional privada con sede en Roma, no sólo haya mantenido la aportación estatal, sino que la haya incrementado hasta los ocho mil millones de euros, hecho este que no es baladí, porque del control eclesiástico de las conciencias de infantes y jóvenes se consigue una sociedad mediana y dócil muy adecuada a sus propósitos; que los platos rotos por banqueros, grandes capitalistas, promotores, constructores y demás amigos de lo ajeno, los paguen sin rechistar trabajadores por cuenta ajena con nómina, autónomos obligados a serlo por los dueños de los mercados, pensionistas, dependientes y excluidos por las reglas durísimas impuestas por los dueños del dinero, que además de no contribuir apenas al Erario y de beneficiarse de las desregulaciones nacionales y globales, imponen a quienes no son ellos sus criterios decimonónicos por la fuerza que da, no el hecho de tener la razón, sino el de poseer el monopolio del uso la fuerza bruta.

Desde la llegada del Partido Popular al poder, el número de españoles que no tienen trabajo, que pasan hambre o que sobreviven en la exclusión, se ha multiplicado y nada indica que esa situación vaya a cambiar, antes al contrario, dada la revolución tecnológica en la que nos vemos sumidos, las leyes de deseducación recientemente aprobadas y el malísimo talante de unos gobernantes que sólo legislan para beneficiar a quienes ya lo tienen todo pero quieren más, todo hace suponer que en los próximos años la pobreza, la desigualdad, la marginación y la desesperación irán en aumento en un país que tiene recursos suficientes para que todos sus ciudadanos trabajen y vivan en condiciones dignas. Sin embargo, como ese no es el objetivo de quienes nos gobiernan, como su único recetario político parte del franquismo, como el único libro de economía que manejan es del de Milton Friedman, están tratando de imponernos –con la inestimable colaboración de Artur Mas y CIU, el modelo que los nortemaricanos impusieron en Chile tras el golpe de Estado de Pinochet y el derrocamiento sangriento del régimen democrático de Allende. Han legislado mucho, muchísimo, pero todas las leyes han ido dirigidas a recortar derechos y a favorecer el pillaje de quienes no necesitan derechos constitucionales porque van sobrados con los que da el linaje, el chanchullo y el dinero. En ese sentido, y ante el empobrecimiento progresivo de los habitantes de España, el Partido Popular sigue con su plan de desmantelar todas aquellas parcelas del Estado susceptibles de proporcionar riquezas a amigos de aquí y de allí, y para el que no esté conforme ya tiene en el microondas una ley de seguridad ciudadana que no es más que una copia de la de orden público de Franco y una policía magníficamente pertrechada y dispuesta a apalear a quien se ponga por en medio. Ante esta extrema situación, la izquierda tiene la posibilidad y la obligación de salir, de abandonar la crisálida en la que se ha acostumbrado a vivir, dejando a un lado personalismos, púlpitos, escaños y lo que sea menester para volver a sus raíces, que son aquellas dónde vive el dolor, el sufrimiento y la explotación.

Crisis y empobrecimiento: Pura ideología