lunes 14/6/21

Doce de octubre, ¿sólo un trozo de tela teñida?

Que mirar al Oeste no nos enseñe a perder nuestra patria por lo que hicimos, sino a recuperarla por lo que hicieron.

Bandera España

Raúl Rojas | Sí, entiendo los siglos de colonización y dominio. El expolio, las misiones. El estómago que ladra. Madres y más madres llorando a hijos muertos, por la gripe que asola la jungla, la mina que abre Potosí.

Entiendo quién puso la fecha y por qué. Y para qué. Y ese placer al decir “yo estoy por encima de todo esto” y subir a la tribuna y reírse. Entiendo, porque de verdad que entiendo las razones, que no son, lamentablemente, pocas.

Cada 12 de octubre veo cómo decenas de compañeros y compañeras rechazan la fiesta nacional y el desfile militar. Parece que en el momento en que tienes cierta ideología o compartes ciertas inquietudes sociales no puedes hacer otra cosa, tienes que desmacarte y mostrar tu desagrado. Y lo entiendo. Entiendo las venas abiertas, y aún sin cerrar, de América Latina, ese “pueblo sin piernas pero que camina”. Pero echo de menos poder sentirme orgulloso de mi país, de mi bandera y, por qué no, también de mi ejército. Porque si se pueden hacer cosas que merezcan la pena con todo ello, si la bandera y la patria pueden resultar emancipatorias contra eso mismo de lo que nos quejamos -como justamente esa Latinoamérica que nos saca los colores, nos ha enseñado- ¿porqué renunciamos a hacerlo?

“Las patrias y las banderas no tienen nada que ver contigo, solo son un accidente geográfico. Una raya en un mapa o un trozo de tela teñido de colores” me ha dicho una amiga, hablando de este tema. “Siéntete orgulloso de ti. Solo de eso eres partícipe y responsable.”

Me da miedo una política vivida desde el angosto confinamiento del individuo. Ser tan sólo responsable de mí mismo. Me recuerda peligrosamente a esa doctrina capitalista, neoliberal, que hace epifanía del individuo y disuelve al pueblo. Que contra la lucha sindical receta coachs y autoayuda porque, está claro: sólo tú eres responsable de tu felicidad, y si lo deseas fuertemente y te decides a actuar, puedes lograr todo lo que te propongas. El éxito está al alcance de cualquiera. Es decir, traduzcamos: que en caso contrario, es tu culpa. Tu culpa de ti. Y sólo tú serás partícipe y responsable, no un sistema social, económico y político injusto. Tu culpa de ti, y lo que tendrás que cambiarte es a ti mismo. Reúnete contigo mismo, pero no te organices. No montes un 15M con miles de personas más y te des cuenta de que, sorprendentemente, todos tenéis los mismos problemas individuales. Casualidades de la vida.

No, las banderas no significan nada, nada concreto al menos. ¿Podría redactar una entrada de diccionario sobre la bandera española? Pero es que la política no son conceptos ni ideas, no tan sólo. Es, ante todo, una dimensión de la vida humana. Vida en común, vida pública. Porque yo no soy yo, ni mi casa es mi casa, que diría Lorca. Nuestra más valiosa propiedad es lo común, esa cosa pública en la que habitamos, nos reconocemos y damos sentido mutuamente. Mi identidad no es patrimonio mío, es el reflejo que los demás, espejos de la identidad de los otros, me dan de mí mismo. Somos lo que somos para y con los demás. Eso es ante todo la política -mucho antes que mítines y leyes-, es ahí donde los seres humanos nos constituimos. La política no son conceptos porque son identidades y una identidad es una cosa mucho más compleja que un significado. Es, ante todo, un sentimiento de pertenencia, es la pertenencia a un grupo en donde somos reconocidos y en cuyo reconocimiento común nos damos sentido. Y a veces un trozo de tela teñida puede, por absurdo que resulte, representar e inspirar todo eso.

Anclar todo referente de la identidad en el individuo es mandar a cada cual a su casa. Es dinamitar ese “agujero”  que tanto molestaba a Ciro el Grande, tirano de Persia, de las ciudades griegas. Ciudades que tenían un absurdo hueco en el centro, un vacío que no lograba entender. Pero para los griegos no era un vacío sino el lugar más importante de la ciudad. Ágora lo llamaban. Ahí dejaban sus asuntos individuales y privados para dedicarse a lo que, para ellos, era lo más noble de la vida humana -y por lo cual las mujeres, niños y esclavos no eran estrictamente humanos, porque no tenían derecho a ello-: la vida en común, es decir la política. No, la identidad no es un asunto individual y por eso las banderas, aunque no signifiquen nada, y las plazas, aunque sean huecos, son tan importantes. Y es importante que sean nuestras. En 2011 recuperamos las plazas. Atrevámonos a recuperemos nuestro “trozo de tela teñida”, nuestras fuerzas armadas, nuestro sentimiento patriótico, nuestra identidad popular y nuestro orgullo y placer de hacer fiestas de todo ello. Nuestra comunidad. Aquellos que recetan coachs y autoayuda no la necesitan, porque ya tienen sus corporaciones: quien divide nunca está divido. Una sola gran corporación se puede enfrentar a millones de individuos separados y explotados. Diez grandes corporaciones no pueden hacer frente a un pueblo.

A América Latina también le quitaron la patria. La honra. Sus banderas y lenguas. Le quitaron la tierra y las armas. Le quitaron la sangre. La dejaron sin piernas. Y caminaron, probablemente sin saber cómo, hacia esa patria y banderas suyas que aún no lo eran.

Que mirar al Oeste no nos enseñe a perder nuestra patria por lo que hicimos, sino a recuperarla por lo que hicieron.

“Quien tenga patria, la defienda. Quien no, que la conquiste.”

Doce de octubre, ¿sólo un trozo de tela teñida?
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