martes 15/6/21

Telecinco: el programa del calzoncillo

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Pido disculpas por un título tan ordinario y hasta grosero. Pero está más que justificado, para que sirva de reflexión por lo menos a algunos. No invento nada. De verdad. ¿Puede llegar a un nivel tan chabacano, soez y degradante una cadena de televisión de cobertura estatal con algunos de sus programas? Seguro que alguno dirá molesto y con razón “que yo no veo estos programas”. No lo pongo en duda. Pero el problema es otro. No consiste en que yo, tú o nosotros no los veamos. El problema es que los ven mucha gente, no en vano esta cadena y estos programas son los de mayor audiencia. Y conviene enterarnos cuáles son las preferencias de amplios sectores de nuestra sociedad.

El pasado lunes día 21 de diciembre por la tarde, a las 20,30, en un horario de máxima audiencia, en una cadena estatal como Telecinco, que pueden verlo muchos niños, se estaba debatiendo sobre las vicisitudes del calzoncillo de un torero, cuyo nombre no quiero citar por respeto. No obstante, la trayectoria de esta cadena es ya suficientemente conocida con programas como Gran Hermano o la Isla de las Tentaciones. El objetivo de este último es encerrar en una isla a unas parejas con el objetivo de ponerse los cuernos. La pareja que lo consiga antes, alcanza más protagonismo en programas futuros de la misma cadena, por cierto, de gran audiencia. En el Periódico de Catalunya de 20 de diciembre de 2019 aparecía la siguiente noticia: «La séptima edición de GH VIP ha registrado resultados de audiencia históricos durante los tres últimos meses y, como no podía ser de otra manera, su gran final consiguió anoche otro espectacular dato en Telecinco. Un total de 4.231.000 espectadores estuvieron pendientes de la gala en la que Adara se proclamó como ganadora, lo que se traduce en una cuota de pantalla del 38,5%. En el access prime time, GH VIP: exprés arrasó con un 24,9% y 4.324.000».

¿Habrá algún límite ético en estos programas? No obstante, estos programas también existen en otras latitudes. Trump, antes de ser presidente, protagonizó un programa televisivo The Aprentice, en el que estremece su nivel de degradación

Todos estos espectadores, cabe pensar adultos, muchos de ellos serán padres y madres. Sus hijos habrán observado a sus progenitores disfrutando con un programa tan ejemplar. Manifiesto mi sorpresa. No conozco a nadie que me haya afirmado abiertamente “yo lo he visto”. Y he preguntado a muchos. La conclusión puede ser doble. O mienten. Se miente más que se engaña, como nos advirtió Antonio Machado. O los 4.324.000 de espectadores no son terrícolas y han llegado de otro planeta.

¿Habrá algún límite ético en estos programas? No obstante, estos programas también existen en otras latitudes. Trump, antes de ser presidente, protagonizó un programa televisivo The Aprentice, en el que estremece su nivel de degradación. Su trama era la lucha por la supervivencia en esta jungla del capitalismo actual. El primer episodio se iniciaba con un plano de un sintecho durmiendo en la calle; es decir, un perdedor. Luego aparecía Trump en una limusina, todo un símbolo del ganador. Ni la menor ambigüedad en el mensaje: puedes ser el tío tirado en la acera o Trump. A esto se reducía el sádico drama del programa: sé un cabronazo y serás el ganador o el humillado que tras abroncarte tu jefe te despide sin contemplaciones. Era toda una cultura: tras décadas de despidos colectivos, de precariedad y de degradación de las condiciones de vida, Mark Burnett, el productor, y Trump daban el golpe de gracia: la conversión del despido en un entretenimiento para el público. Y este psicópata ha sido presidente de los Estados Unidos.

Mas todo tiene un porqué. El neoliberalismo, como cualquier sistema político dominante se sirve de una serie de prácticas, hábitos y comportamientos sociales para tener distraída a la gente, para desviar la atención sobre asuntos realmente importantes: corrupción, fraude fiscal, injusticias sociales, desahucios, cambio climático, cortes de luz, el paro juvenil, explotación laboral, etc. En esta dirección, las redes sociales y los medios de comunicación-especialmente los audiovisuales, aunque también algunos clásicos de papel- contribuyen continuamente a esta cultura de la banalidad, de lo superficialidad, de la intrascendencia, de la inmediatez, de la alienación, de la frivolidad, de la chabacanería y de la estupidez social.

Otro capítulo de la información, también para distraernos de lo verdaderamente importante, con la que nos bombardean los medios, se concentra en lo espectacular, en los eventos violentos y chocantes donde quiera que ocurran por el mundo, violaciones en grupo, asesinatos cuanto más cruentos mejor, como el de niño Julen. Almudena Grandes sobre este caso escribió: “la tragedia es terrible, es atroz, causa un dolor infinito a sus padres, estremece a cualquiera que haya tenido hijos pequeños", pero abandonar la actualidad para dedicar tertulias, aperturas de informativos y decenas de periodistas a explotar la tensión de una espera no debería ser el objetivo del buen periodismo.  O el caso de Nadia, la niña aquejada de una inventada enfermedad por la que sus padres llegaron a recaudar 900.000 euros. La niña se paseó durante muchos meses por todos los platós de todas las cadenas. Ana Rosa Quintana la tuvo en sus rodillas sentada. ¿Cómo se mantuvo durante tanto tiempo este engaño? ¡Vaya periodismo de investigación! La audiencia todo lo legitima.

Las secuelas de estos programas son claras y graves. Se están convirtiendo en personajes con gran poder mediático y referentes para no pocos, Kiko Matamoros, Belén Esteban, entre otros.  Conviene señalar que en la escuela, se lo puedo asegurar, no se hace apología de estos modelos. Hace poco, un compañero, docente de vocación y gran profesional, muy compungido me decía que en una clase de su instituto planteó a sus alumnos de 4º de la ESO, la siguiente pregunta: ¿qué querían ser el día de mañana? La espontánea respuesta de un chaval bastante despierto fue: el día de mañana quiero ser como Kiko Matamoros. Se quedó perplejo y ya no pudo seguir. Le siguió interrogando: ¿por qué quieres ser como Kiko Matamoros? Le contestó: porque es un tío muy majo, está todos los días en la televisión y además gana mucho dinero. Esto es lo que hay. Nuestra sociedad, hace ya días, ha dejado de venerar el estudio y el esfuerzo. Ya no están de moda en nuestra sociedad consumista y materialista, ni el científico que en un lóbrego laboratorio investiga con medios rudimentarios terapias contra el cáncer o el covid-19; ni el médico altruista que marcha a un país subdesarrollado a prestar sus servicios, ni, por supuesto, el profesor de instituto que trabaja con unos chavales en una etapa muy compleja. Estos paradigmas ya no venden. Hoy nuestros ídolos son otros y se llaman relumbrón, mercantilismo y petulancia. Ahora reinan como amos y señores en los medios de comunicación nuevos reyes que, lejos de sonrojarse por no saber, alardean de ello. Todavía más, son los portavoces de una necedad militante, huraña, que profesa por las disciplinas del espíritu un odio visceral. No satisfechos con ridiculizar la escuela o la universidad, pretenden suplantarlas y mostrar con su ejemplo que el éxito y el dinero ya no están en esos templos del conocimiento. Insisto, hoy se ha impuesto la banalidad, la frivolidad y la estupidez.

Termino con una reflexión dirigida especialmente a los padres. Se preguntaba el psicólogo y humanista alemán, Eric Fromm: «¿Por qué la sociedad se siente responsable solamente de la educación de los niños y no de la educación de los adultos y de los padres que dicen educar a los niños?». Porque una cosa es ser padre y otra muy distinta, ser padre educador.  Ni que decir tiene que educar es tarea de toda la tribu (escuela, familia, medios, sociedad…) No obstante, algunos miembros de la tribu están en otra cosa, tocando el tambor.

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