domingo 18/4/21

Prefiero no leer

Tener un desarrollo óptimo de la competencia lectora no te lleva necesariamente a convertirte en lector.

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Padres, profesores, bibliotecarios, editoriales, libreros y sociólogos en general se preguntan muchas veces que cómo es posible que los adolescentes no lean. Peor aún: que digan que prefieren hacer cualquier otra actividad antes de perder el tiempo con un libro.

El sector adulto no entiende que una actividad que produce tanto bien en el cuerpo y en el alma la rechacen sin sentir remordimiento alguno. Es uno de los fenómenos sociológicos existentes más paradójicos. Pues si la lectura nos hace mejores personas, más creativos, más críticos, más demócratas, más inteligentes, más solidarios, más éticos y, para colmo, cura la depresión, reduce el estrés y previene contra el Alzheimer, es del género idiota no cultivarla a todas horas del día, del mes y del año, en la sala de estar, en el baño y en la cama, paseando y en reposo tendido prono o supino.

Es más. Recientemente, se han publicado investigaciones calificadas de científicas que aseguraban que existe el efecto Agatha Christie, el efecto Stevenson y el efecto Cervantes. Por el primero, se ha constatado que las personas que leen a la escritora inglesa se vuelven más empáticas y solidarias, algo paradójico, ciertamente, porque en sus novelas Agatha Christie si algo hizo fue matar a cientos de personas, fuera con balas, dagas, hachas y, sobre todo, con veneno. Leyendo al escocés, te haces persona más ética y circunspecta, como John Silver, por lo menos; y, si lees el Quijote, entonces qué decirte que no sepas, te convertirás en un ciudadano cosmopolita y universal, entendiendo, entonces, a la primera, por qué los nacionalistas no han leído jamás a Cervantes, aunque dos de sus más conspicuos intérpretes hayan sido dos catalanes ilustres, Riquer y Rico.

Leer es fuente perenne de formación cognitiva, lingüística, ética, filosófica, antropológica y sentimental. Nada como la lectura para convertir a un cerdo con tirantes en persona cultivada y educada. Y, sin embargo, los adolescentes de hoy parecen descreer totalmente de semejante discurso y prefieren dar la espalda a la lectura, como hiciera Bartleby, el escribiente, aquel personaje memorable de la novela de H. Melville que un día decide plantar cara a su jefe y se niega a trabajar para siempre.

Está claro que el discurso sobre los efectos maravillosos, farmacológicos cabría asegurar, de la lectura no ha calado en el mundo de los adolescentes. Probablemente, porque en ese ejercicio analógico –comparar el efecto de la lectura con el del paracetamol sea una acrobacia mental disparada- y los adolescentes sean mucho más sensatos que los propios adultos a la hora de decir enormidades. Aunque les cueste entenderlo, saben que los libros se venden en las librerías y no en las farmacias.

Del fallido discurso de los efectos de la lectura se ha pasado al discurso de las causas, es decir, al intento de desvelar las razones ocultas y evidentes que han ayudado a que los adolescentes sigan diciendo no a los libros. La mirada escrutadora de esta perspectiva se ha centrado, sobre todo, en la institución escolar, desdeñando las causas que radican en la propia psicología del adolescente y en su ADN. La adolescencia es una edad poco propicia para una actividad ensimismada, lenta, silenciosa, solitaria y rumiante como es el acto de leer. Lo habitual en esta edad, decía Stevenson, es perseguir mariposas a orillas del río, lo que no hace falta decir qué significa ese perseguir mariposas actualmente aunque queden pocos ríos.

Olvidamos que no existen lectores universales, homogéneos y universales, sino lectores concretos en situaciones y necesidades muy concretas. Y que el itinerario lector es único e intransferible.

El sistema escolar, muy a su pesar, sigue desarrollando unos planes maravillosos para que la mayoría del alumnado salga de las escuelas, de los institutos y de las universidades odiando a los clásicos hasta la vejez.

Las clases de lengua y de literatura parecen tener la intención manifiesta de convertir la formación lingüística en algo tortuoso y demencial. La lectura sigue sometida a una escolarización absurda, presa de unas obligaciones incompatibles con su misma esencia que es la de ser un acto libre, personal y sin ataduras académicas de ninguna especie. El profesorado apremiado por PISA sigue obsesionado con evaluar la lectura cuando es evidente que la lectura no se puede evaluar de ninguna manera. A lo sumo, podrán analizarse aquellas habilidades que hacen que una persona se vuelva un lector competente. Pero esas habilidades no se evalúan; se desarrollan y se perfeccionan mediante estrategias lectoras adecuadas para tal fin. La lectura se hace, no se dice.

A pesar de este panorama que nada favorece el desarrollo económico y cultural del país, el alumnado aprende a leer. O, al menos, eso es lo que parece. Porque leer no es un saber genérico. Leer a Pérez Reverte, y hacerlo bien, cosa que no sé en qué consiste, no te capacita para leer, pongo por caso, a Hegel. Cada lectura en su atril. Pero convengamos en que sí, en que el sistema educativo, después de los vapuleos de PISA, ha conseguido que el alumnado se vaya aproximando a lo que la OCDE considera ser un lector competente. ¿Se hará por ello lector?

No. Esta es la desgracia de la lectura. Que una persona puede tener una competencia lectora desarrolladísima, como un profesor de lengua y de literatura de bachillerato por ejemplo, y, sin embargo, la lectura de libros en su vida brilla por su ausencia más esplendente.

Llegaríamos, por tanto, a una situación paradójica. Tener un desarrollo óptimo de la competencia lectora no te lleva necesariamente a convertirte en lector. Y, menos aún, si eres adolescente. Es un hecho indiscutible que existe mucha gente que, teniendo una buena competencia lectora, no es, sin embargo, lectora. Prefieren leer otras cosas en lugar de libros; prefieren hacer otras cosas para llenar el ocio en sus vidas que leer best sellers o la Divina Comedia en cómic.

Entre las razones que explicarían esta desazón lectora se encontrarían las situaciones incómodas que la propia lectura depara cuando se hace. De entrada, la lectura es un trabajo, una actividad afectiva y mental. Dejémonos de asociar la lectura con viajes, magias, aventuras y alucinaciones de parecido trinar que no convencen a nadie.

De salida, requiere el cultivo de unos valores que no resultan muy agradables a la mayoría de los adolescentes y de muchas personas adultas. La lectura conlleva una buena dosis de Soledad, Silencio, Lentitud, Autonomía/individualismo, Improductividad/inutilidad /gratuidad de la lectura.

Lo que cultiva la lectura son valores que van contracorriente del estilo axiológico que marca la sociedad.

La organización de la sociedad actual atenta constantemente contra estos valores. De este modo, no será fácil que una persona que desea integrarse en esta sociedad, que aspira a triunfar en ella, abogue precisamente por unos valores que lo alejan necesariamente de la lectura.

Valores que en muchas ocasiones están impregnados por una ética incompatible con la ramplonería moral social.

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