sábado 15/5/21
PROPAGANDA CATÓLICA

Del “Detente, bala” al “Detente, Covid”

En el contexto de la pandemia actual, el Detente, un escapulario con la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, ha adquirido un nuevo protagonismo.
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“No solo miedo (...) había el miedo que no era miedo, era terror. Lo que había era terror, pero terror en toda Sevilla (...) Al principio, en esos días, la Iglesia (...) crearon una especie de colgante que no era un escapulario, que no era una cadena, que era una especie de sellito así́ ovalado, que con un alfiler se cosía en la ropa y todo el mundo llevaba aquella (...) tela del Corazón de Jesús, que decía: ‘Detente, el Corazón de Jesús está conmigo’. Y eso quería decir no me toques, estoy a salvo. Eso a muchos no les sirvió́ para nada, pero vamos, de eso estaba llena (la ciudad)” (1)


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Preliminar

Para comprender e interpretar el significado de la expresión Detente, bala, sería necesario conocer lo que la tradición religiosa católica ha llamado Devoción al Sagrado Corazón de Jesús y que, dicho de pasada, no se inventó en España. Se trata de una devoción cultivada en medio de los vaivenes políticos, religiosos y morales de una época, donde dicho Detente de ser un objeto religioso sin más se convertiría en fetiche sagrado, en símbolo moral y, con el tiempo, en valencia patriótica y política.

El nacionalcatolicismo español, impuesto manu militari por la dictadura franquista, sería ininteligible sin conocer el origen, desarrollo y evolución de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

Hay que añadir que el Detente tampoco resultó ser un producto original de sus jerarcas eclesiásticos o devotos más “tronados”.

Dicho objeto guarda relación directa con los tótems de las antiguas tribus. Eran objetos de naturaleza animal y vegetal que servían como en nexo de unión con los dioses. Tal actitud fue común a las primeras tribus que poblaron la tierra y cuya permanencia supersticiosa en la sociedad actual sigue presente en el uso de fetiches y detentes de muy variada naturaleza. La diferencia puede estar en que utilizar un fetiche en clave individual es algo anodino, demostrando tan solo la salud mental de quienes los usan, pero que, si adoptan formas colectivas de uso, como signo de pertenencia a una secta, ya no serían tan banales.

Como en otras ocasiones, la Iglesia Católica se limitó a copiar lo que ya era un lugar común entre los primeros depredadores del cuaternario.

¿Qué es el detente?

El Detente es un escapulario con la imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Y no, tampoco, fueron los católicos españoles sus autores; ni los primeros en ponérselo en la pechera de sus guerreras.

La invención del Detente fue parejo con el origen de la devoción al Sagrado Corazón. En este sentido, el acuerdo entre los historiadores de la Iglesia católica es unánime. Fue Margarita María de Alacoque, monja salesa, la primera en incubar la idea, no del diseño en todo su esplendor, pero sí de su aproximada representación. En su aparición con Jesucristo este, según carta de Alacoque enviada a la monja Saumaise, el 12 de marzo de 1686, el divino corazón le había dicho: “El desea que usted mande a hacer unas placas de cobre con la imagen de su Sagrado Corazón para que todos aquellos que quisieran ofrecerle un homenaje las pongan en sus casas, y unas pequeñas para llevarlas puestas”. El deseo de María de Alacoque no tardó en cumplirse.

detente bala 2De hecho, en la plaga de Marsella del año 1720, los detentes empezaron a aparecer entre la población humilde, aunque no con ese nombre. Según las crónicas, estos parches divinos se llamaron Salvaguarda y fueron ideados por la monja de la Visitación, la venerable Ana Magdalena Rémuzat. A esta monja el Señor pegado a su víscera le hizo ver la devastación que la plaga iba a causar entre la población y el auxilio que recibiría caso de que venerasen su entraña sagrada. Rémuzat y sus hermanas de religión repartieron miles de estos emblemas entre la población. La plaga cesó a los pocos días. (2)

Uno de los grandes estudiosos de la devoción al sagrado Corazón, el jesuita Xavier de Franciosi, cuenta que entre los regalos que el Papa Bendicto XIV, en 1748, envió a la princesa Polaca, Mary Lczinska, con ocasión de su matrimonio con el Rey de Francia, Luis XV, había “muchos escudos del Sagrado Corazón hechos de tafetán rojo y bordados en oro.” No deja de ser curioso dicho regalo viniendo de un papa que en la historia de la Iglesia ha pasado por ser un Ilustrado, que mantuvo correspondencia con pensadores y científicos de talla agnóstica de Voltaire. En su haber consta haber tachado del Índice de Libros Prohibidos el de Copérnico, su De revolutionibus, que cortaba de cuajo cualquier oposición a la teoría heliocéntrica. También fue elogiable su decisión de imponer una vacuna antivariólica en aquellos estados dependientes de la Iglesia. Pero se ve que el hombre tenía especial debilidad fetichista por los tafetanes del corazón de Jesús. No todos somos perfectos.

En 1865, el cólera asoló la ciudad de Amiens y los escapularios volvieron a manifestarse de modo milagroso, y su efecto sería mucho más eficaz que las medidas profilácticas tomadas por los galenos de la ciudad. Sin embargo, en España, que también sufrió dicha peste colérica, no consta que los enfermos del cólera morbo utilizaran estos escapularios milagrosos. Lástima. La de enfermos que hubiesen sanado.

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Resulta conmovedor que un escapulario que, en principio se había ideado para luchar contra una plaga, con los años quedaría convertido en un símbolo de lucha contra todo tipo de revoluciones ideológicas impulsadas por el liberalismo, que era pecado, como dijo Sardá i Salvany. El salto cualitativo fue tan enorme como deplorable. Ese cambio de funciones del escapulario, del campo religioso al campo de las ideologías, se dio por la instrumentación de la Iglesia y su habitual manipulación de la piedad popular en connivencia con un poder político aquejado en esta época de avanzada arteriosclerosis teocrática. Si todos los monarcas del momento lo eran por la gracia de Dios, ¿cómo no iban a tener connivencia política con la Iglesia? Eran uña y carne.

Si el Detente fue acusado como signo de exaltación del fanatismo religioso, no fue por culpa de los ateos y anticlericales, sino de los creyentes que otorgaron a dicho artilugio una función que no estaba en los planes del Sagrado Corazón.

Franceses, irlandeses y Pío IX

Aunque España no fue la primera, hay que reconocer que ya el 14 de mayo de 1733, el Corazón de Jesús se apareció en Valladolid, en el santuario de la Gran Promesa, al jesuita Bernardo de Hoyos. Sin embargo, no consta en los anales que la divina víscera le confiara al jesuita que el detente debía utilizarse en contra y en defensa de los “otros”, sino que se limitó a confiarle que "Reinaré en España con más Veneración que en otras muchas partes". Por lo que cabría preguntar: ¿De dónde sacaron estas buenas gentes detentistas que ese reinaré tenía que traducirse en la eliminación de los otros para que dicho reinado se instaurase en el mundo? ¿Mandando al otro barrio a quienes no pensaban lo mismo?  

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Fueron los franceses integristas de La Vendée, aquellos que lucharon contra los jacobinos de la Convención (1793-1796), los primeros en utilizar el detente como parapeto divino contra las balas enemigas, como ya hicieron sus compatriotas en Marsella en 1720, aunque contra una plaga.

El detente gabacho estaba coronada por una cruz roja acompañada por la leyenda “Arrête-vous, balle, le Coeur de Jesus est avec moi!” (‘Detente bala, el Corazón de Jesús está conmigo’). Su avance contra el enemigo jacobino, se describía diciendo que “tanto los jefes como los soldados, portaban rosarios con cuentas gruesas colgados del cuello y escapularios bien visibles del Sagrado Corazón, destinados a protegerles de las balas enemigas, prendidos del pecho con las iniciales de Jesús y María”. (3)

Más que de un ejército la imagen que arrojaban era la de una procesión religiosa.

Increíblemente, a esta iniciativa, no se sumaron los integristas españoles. Fueron los seguidores del padre del radicalismo irlandés, el católico Theobald Wolfe Tone, quienes patentarían, tanto en inglés como en gaélico, en 1798, la leyenda del Detente y, con él en el pecho, lucharían contra los imperialistas de Albión con los resultados consabidos.

Ya en 1870, durante la guerra franco-prusiana, los soldados siguieron alardeando de Detentes en sus pecheras, muriendo en el campo de batalla del mismo modo a como lo hacían aquellos que llevaban pintados en los brazos el tatuaje de su novia o del perro de su casa. Si eran creyentes atribuían seguir vivos al Detente y, si no creían en tales afiches, pues ahí estaba el socorrido azar, la suerte, el destino y la trinchera. En realidad, lo sabían muy bien, todos morían por la misma causa: por culpa del capitalista burgués.

Los historiadores católicos cuando hablan de este fetiche abundan en decir que fue Pío IX quien impulsó el uso de este escapulario. Una señora mostró al papa uno de estos detentes y al verlo exclamó que era “un pensamiento del cielo”. Luego, bendijo el afiche y exclamó: “Quiero que todos los escapularios que se hagan por este modelo participen de esta bendición, y que las asechanzas del demonio no alcancen a los que le coloquen sobre su pecho. Además, quiero que el demonio no tenga poder alguno sobre los que lleven este Corazón; y recen un Padrenuestro, Avemaría y Gloria”.

Y ya se sabe que las asechanzas del demonio eran astucias del liberalismo, por lo que hace falta añadir quiénes pagaron el pato de esta renovada devoción, no solo en el terreno religioso, que, también, sino en el campo político y social. Una persecución que no descansaría hasta arrojarlos…a las cunetas.

La admiración por este detente por parte de Juan María Mastai, alias Pío IX, fue absoluta, tanto que no tardó en remitir dos escapularios a un convento de religiosas en Roma, comunicándoles el deseo de que “hiciesen muchos escapularios para distribuirlos a los fieles y extender por este medio la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, pues sus prodigios eran innumerables”. Sorprendente afirmación del papa, toda vez que para aceptar un milagro, la Iglesia seguía un procedimiento la mar de riguroso y protocolario, además de variados cambalaches económicos.

La descripción que se hacía de este escapulario Detente consistía “en un cuadrilongo de lana blanca de 8 centímetros de largo por 6 de ancho, poco más o menos, en cuyo centro hay un pequeño corazón de lana encarnada, atravesado por una corona de espinas hecha con seda verde, rematando con una pequeña cruz de seda negra, y en la parte inferior la leyenda impresa en una pequeña pieza de lana blanca, unida a la de lana con una costura de sedas de colores”.

Sin duda, una obra de lencería artística.

Para que el personal no se despistara y colocase en su lugar correspondiente dicho objeto, se añadía: “Este escapulario se cose o prende con alfileres interior o exteriormente a cualquiera prenda del vestido, de modo que esté junto o sobre el corazón”. No estaba de más esta advertencia, no fuera que algunos, llevados de su paranoia religiosa, se cosieran el detente en los huevos, en la propia piel, en la tetilla cerca del corazón, como hacían quienes seguían martirizando sus carnes con cilicios.

Describía que los detentes podían fabricarse de papel y, de este modo, colocarlos en puertas y ventanas. Eso, sí, era necesario que al usarlos se rezase diariamente tres veces “el Padrenuestro, Avemaría y Gloria en honor del Sagrado Corazón de Jesús, por la cruz, corona y llaga con que está marcado”. Se terminaba esta información con una advertencia realmente insólita: “Su Santidad ha concedido que quedan benditos al dar la última puntada. Tanto en este primer momento, como en los años sucesivos”. ¡Puntada bendita!

Por su parte, Pío XI, siguiendo la trayectoria de su homólogo papal, en 1872 concedió una indulgencia de 100 días a los fieles que se colgaran de sus cuellos el emblema piadoso.

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Pero, al no aclarar cómo había que actuar para merecer semejante merced, los fieles hicieron tantas preguntas a las autoridades eclesiásticas que el papa se vio obligado a aclarar la cuestión. Según Beringer, en un Breve, firmado el 20 de junio de 1873, lo hizo de este modo: “1. Como no es un escapulario en el sentido estricto de la palabra, sino mas bien un escudo o emblema del Sagrado Corazón, las reglas generales para el escapulario propiamente llamado, no son aplicable a él. Así que no necesita ni una bendición especial, ni una ceremonia o inscripción. Es suficiente con usarlo para que cuelgue en el cuello. 2. La leyenda “Detente, el Corazón de Jesús está aquí” no es requerida”.

Una indicación, esta última, que apenas fue cumplida, pues la mayoría de los detentes llevaron impresa la leyenda no requerida. Quizás, pensaron que sin el eslogan del Detente, bala, su eficacia milagrera se quedase en mera palabrería.

Escapularios para África

Consta que en la primera guerra de Marruecos (1859-1860), un grupo de damas y señoritas de Bilbao confeccionaron nada más y nada menos que setecientos cincuenta escapularios para los chapelgorris (boinas rojas) de la División Vascongada de Tercios del general Carlos Latorre, encuadrada en el Ejército de África y con destino a la guerra de Marruecos. Y, sin embargo, a pesar de que muchos carlistas se alistaron para luchar contra los moros, no consta que llevasen en la pechera el nombrado Detente. Y no sería porque la Iglesia, siempre tan evangélica, no echara leña a la hoguera, pues no cesó de alentar a los soldados “a no volver sin dejar destruido el islamismo, arrasadas las mezquitas y clavada la cruz en todos los alcázares” (4), olvidándose de recomendar el uso del detente.

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A propósito de la boina roja de los chapelgorris, hay que señalar que no tenía nada que ver con la boina de los carlistas (amapolas). Esta boina encarnada se consideraba un elemento característico del bando liberal vasco durante la guerra civil de 1833-1839, pues había sido el elemento identificador de los citados chapelgorris guipuzcoanos. A este respecto, la prensa vasca española se felicitaba de que dicha boina fuese en la Guerra de África el símbolo, no de luchas internas, sino de un País Vasco reconciliado y unido al servicio de la causa nacional, lo que, obviamente, era mucho decir con unos carlistas que nunca dejaron de luchar en defensa de su pretendiente aunque enfrente tuviesen a los moros de África.

Sin salirnos del continente africano, recordemos la rebelión de los reservistas catalanes contra el alistamiento forzoso en la guerra de Marruecos en 1903. La indignación se apoderó de estos soldados, los cuales, al ser obligados a subir a los barcos que los llevarían a Marruecos, tuvieron que aguantar (sic) que “diversas damas de la alta sociedad salieran a su paso repartiéndoles medallistas, cruces y escapularios que de nada servían frente a las mortales balas del enemigo”. Ya es sabido que la revuelta contra este alistamiento dio origen a la mal llamada semana Trágica de Barcelona, llevándose por delante a Francesc Ferrer i Guardia.

Fue habitual que, en muchas ciudades españolas, “las damas de clase alta”, acuciadas por la Iglesia, se dedicaran a estas labores apostólicas, como reflejan mil noticas. Así consta que esas damas aludidas “se reunieron en las iglesias por turnos para rezar por las tropas, haciendo rogativas contra el moro, culminando estos hechos con el envío de 500 escapularios a los soldados por parte de la parroquia de El Pilar, de Zaragoza" (5).

Pero quienes iban forzados a la guerra no estaban por la labor. La protesta más contundente la presentarían los obreros de Tarrasa el 21 de julio de 1909, quienes suscribieron un mitin contra la guerra de Marruecos y el alistamiento forzoso, donde entre otras consideraciones hacían las siguientes:

“Considerando que la guerra es una consecuencia fatal del régimen de producción capitalista. Considerando, además, que dado el sistema español de reclutamiento del ejército, sólo los obreros hacen la guerra que los burgueses declaran. La Asamblea protesta enérgicamente:

1.-Contra la acción del gobierno español en la guerra de Marruecos

2.-Contra los procedimientos de ciertas damas de la aristocracia, que insultaron el dolor de los reservistas, de sus mujeres y de sus hijos, dándoles medallas y escapularios, en vez de proporcionarles los medios de subsistencia que les arrebatan con la marcha del jefe de familia.

3.- Contra el envío a la guerra de ciudadanos útiles a la producción y, en general, indiferentes al triunfo de la cruz sobre la media luna, cuando se podían formar regimientos de curas y frailes que, además, de estar directamente interesados en el éxito de la religión católica, no tienen familia, ni hogar, ni son de utilidad alguna al país y

4.-Contra la actitud de los diputados republicanos que ostentando un mandato del pueblo no han aprovechado su inmunidad parlamentaria para ponerse al frente de las masas en su protesta contra la guerra. (La Asamblea) compromete a la clase obrera a concentrar todas sus fuerzas, por si se hubiera de declarar la huelga general para obligar al Gobierno a respetar el derecho que tiene los marroquíes a conservar intacta la independencia de su patria”.

A pesar de lo sucedido, las aguas siguieron estancadas en idéntica ciénaga. Los españoles se vieron obligados a ir a Marruecos para sufrir una de las más trágicas vergüenzas militares, conocida como el desastre de Annual. Manuel Leguineche escribió un reportaje bien triste y ácido, Annual 1921, donde, además de describir la atmósfera de corrupción, ineptitud e inconsciencia de la aventura militar en África, puso voz a quienes se encontraban en Marruecos contra su voluntad, con ideas africanistas en un primer momento, pero que irían perdiéndolas poco a poco. Ese fue el caso de Elogio de Vega, de quien en el reportaje de Leguineche se dirá: “Quién era capaz de resistir noches interminables en un blocao de madera de reducidas dimensiones, seis por cuatro metros para quince o veinte soldados, defendido por unos cuantos sacos terreros, sin provisiones de agua, armado de fusiles descalibrados, pendiente del menor ruido, tiritando de frío y miedo con los ojos borrosos por el esfuerzo, siempre pendiente de los convoyes de aprovisionamiento, con la sola ayuda de un heliógrafo, de un escapulario, del rosario que al partir te dio tu madre.” (6)

No hubo periódico de la época que no estampara en sus páginas las palabras escapulario y sagrado corazón de Jesús. Lo que significaba que el fetiche del Detente, bala, seguía muy fresco en la memoria colectiva de cierto sector de la sociedad española.

Antes de que los soldados se subieran al barco o tren que los llevaba a una carnicería mortal en Marruecos, la imagen habitual de este espectáculo sería ver a un grupo de distinguidas señoritas de la alta sociedad entregando tabaco, dinero, escapularios y medallas a los soldados. En ocasiones era mediante la Cruz Roja el cauce por el que se hacía esta entrega, y su regalo no variaba el cuadro: escapularios, medallas y rosarios.

En ocasiones, los responsables de estas efusiones devotas eran las Capitanías Generales. Por ejemplo la de Barcelona entregaría “a la tripulación del Reina Victoria Eugenia, soldados destinados a África, tabaco, vino y escapularios” (7), que era el mismo bagaje espiritual ofrecido por las damas de la Cruz Roja en Alicante. (8)

En Pamplona, serían “unas distinguidas señoritas de la población las que se dedicarán a recorrer los vagones del tren para repartir escapularios y medallas entre las tropas.” (9)

Pamplona y Navarra entera contaban con un instrumento privilegiado a la hora de contar las excelencias del resultado milagrosos de dichos artilugios divinos. Nada más y nada menos que con el director de Diario de Navarra, Raimundo García, alias Garcilaso, que marchó a la guerra de Marruecos como corresponsal. Lo llamativo de su caso es que en sus reportajes describirá con un entusiasmo integrista el valor de las medallas y escapularios que llevaban los soldados en sus pechos frente a las balas del fusil enemigo, pero nunca dirá si él, para dar ejemplo, también llevaba colgados de su cuello el correspondiente escapulario o medallita del sagrado corazón. En sus reportajes nunca utilizó la expresión Detente, bala.

Lamentablemente para estos devotos, los reportajes de Garcilaso lo único que revelarían era la total ineficacia de dichos objetos frente a las balas del enemigo:

“¿Recuerdan ustedes aquellas medallas que solían colocar a los soldados que venían a la guerra unas señoras y señoritas piadosas y patrióticas? ¡Qué alegres los soldados, con las medallas puestas, pendientes de un hilo blanco! (…)  He vuelto a ver aquellas medallas. Las he visto en los campos de batalla, relucientes sobre los pechos ensangrentados”. A continuación, irá describiendo algunas de estas escenas: “Ahora los sanitarios levantan la cabeza al pobre muerto y con un cuidado femenino le quitan la medallita y un escapulario”.(10)

A pesar de ello, el integrista y futuro golpista director de Diario de Navarra, seguiría en sus trece alabando el escapulario: “Y todos, todos llevan en el pecho una medallita, un escapulario. Y debajo del escapulario o de la medalla, un corazón. ¡Cómo tiene que ser de bueno, de grande el corazón de estos mozos, para empujarlos como los empuja, como un oleaje de bayonetas sobre el enemigo!”. (11)

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Melilla: El Padre Estebanell que representaba al Obispo en la Comisión malagueña portadora de los aguinaldos a los soldados del batallón de Álava, durante el reparto de escapularios. (Sic)

El mismo camino de demagogia recorrieron las autoridades eclesiásticas y políticas de Bilbao con el batallón de Garellano, al que “tras una función religiosa celebrada en Algorta, bellas señoritas impusieron medallas y escapularios a los soldados dispuesto para la marcha a Melilla.” El periódico añadía que el Ayuntamiento haría un regalo a los expedicionarios: “Dícese que el Ayuntamiento va a regalar al batallón expedicionario de Garellano, una caja completa de cirugía, que puede colocarse a manera de mochila y encierra todo el instrumental para practicar amputaciones y todo lo necesario para hacer diez curas.” (12) Si los soldados leyeron la noticia, seguro que se les quitarían las ganas de ir a Melilla.

Mientras dure el espectáculo sangriento e inhumano que culminará con el desastre de las tropas españolas en Marruecos, esa fue la información habitual acerca de la presencia de los escapularios y detente, bala, entregados a las tropas, cuya inutilidad absoluta frente a los aguerridas cabilas rifeñas de Abdel Krim fue clamorosa.

A pesar de ello, los integristas religiosos españoles nunca aprendieron la lección acerca de la intrínseca inutilidad de un escapulario ante la contundencia mortal de una bala merodeándote el corazón. Igual hubiese servido una foto de la Chelito, la Fornarina o la Tórtola Valencia.

Sería en la guerra civil cuando el revival del escapulario detente bala alcanzaría cotas insuperables de fanatismo fetichista, o viceversa.

Carlismo y detente bala

Aunque los carlistas venían dando guerra desde 1833, lo cierto es que no consta  que impulsaran el uso del Detente en sus filas cuando luchaban por su Dios, por su Patria y por su Rey. El detente fue invisible tanto en la primera guerra (1833-1840) como en la segunda (1846-1849). El director del museo carlista de Madrid, Javier Urcelay, me aseguraba que en dicho museo no existe ninguna muestra de detente alguno perteneciente a esa época. Y en el museo del Ejército solo constan dos detentes del año 1872.

El tafallés José María Azcona Díaz de Rada, de la Real Academia de la Historia y bibliófilo, al establecer el origen de la palabra Requeté en el contexto de la primera guerra carlista, no cita en ningún momento la palabra Detente. Más todavía, refiere la presencia de un francés en el bando carlista que había luchado en La Vendée y se supone que tenía conocimiento directo de lo que era el Arrête, probablemente, por haberlo llevado puesto, pero, paradójicamente, no hace ninguna referencia a él. Lo que es bien extraño, pues caso de haberlo hecho seguro que dicha costumbre se hubiese extendido entre el ejército carlista tan inclinado a estos fetiches religiosos.

No sucedió lo mismo en la tercera guerra carlista (1872-1876). En especial, a partir de las indulgencias concedidas, en 1873, por Pío XI a quienes lo llevaran colgado al cuello.

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En un opúsculo, titulado Los carlistas. Defensas del fuerte de Estella, escrito por Cesáreo Montoya, en 1874, se describe el momento en que esta ciudad, feudo carlista, se había sumado al pronunciamiento carlista con estas palabras: “muchos clérigos dieron el ejemplo marchando a la cabeza de sus feligreses; las mujeres animaban a los tímidos, encendían a los tibios e insultaban a los indiferentes o contrarios; ellas mismas colocaban al pecho de sus maridos y sus hijos, cual si diamantino escudo fuera, el corazón simbólico robustecido con el famoso mote “detente bala” y los impelían a morir y matar a en defensa de una religión invulnerable y de un mancebo desconocido. Aquello era un vértigo solo comparable, aunque no por su objeto, al que produjo la predicación de las primeras Cruzadas”.

La proliferación de este escapulario en el ejército carlista se hizo, como se dice ahora, viral, aunque no se conozca quién lo introdujo directamente en las filas del borbón pretendiente. Joaquín Mollá cuenta que Francisco Albalat Navajas, Conde de san Carlos, carlista de Caudete (Albacete) y partícipe en esta tercera guerra, en una de sus cartas enviada a uno de sus familiares, agradecerá al detente bala su supervivencia durante la guerra: “Ruego que organices algunas misas a su intención y que reces por mí, pues la suerte de poder escribirte tan solo he de agradecerla a la Divina Providencia y al detente bala que tus benditas manos me ofrecieron”.

En el museo carlista de Madrid, el visitante puede contemplar un “uniforme de la caballería alavesa de la esta Guerra, la boina blanca de un oficial carlista que intervino en la victoria de Alpens (9 y 10 de julio 1873) y un bello detente bordado de la misma época”, pero no de ninguna otra época anterior.

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Es evidente que los detentes marcaron época. En 1879, el periódico La Iberia. Diario Liberal, el 14 de septiembre, insertaría estos comentarios: “El corazón de Jesús está conmigo han recibido una nueva aplicación. En Francia hay viñedos que tienen en cada cepa un escapulario de esos con una sola diferencia. Doce decía Detente, bala, pone Detente, Filoxera. El periódico francés que ha dado a conocer este aseguro, asegura impíamente que la filoxera sigue estropeando las vides a pesar de eso. Pues entonces ya sé cuál es el remedio que ha empleado en Málaga la comisión de filoxéricos españoles. Pero no; los escapularios son un remedio barato”.

Fue en la guerra carlo-fascista, en la guerra civil de 1936, cuando los soldados del Requeté utilizaron el Detente como nunca se había visto en el orbe católico integrista. Y fue la prensa carlista quien con más entusiasmo habló de la presencia de estos escapularios, pertenecientes “a los guerreros de la boina roja y el detente bala, temidos en el campo de batalla y curtidos por mil combates”. M. Martorell dixit. Y, si este historiador, hijo de capitán carlista, lo dice, así sería.

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Durante la II República, algunas familias de carlistas guardaban en sus casas estos detentes que rara vez hicieron públicos en esta época. Lo sabemos porque, en abril de 1932, en Pamplona, en el contexto de las revueltas existentes protagonizadas por los requetés contra la II República, en medio de una de esas trifulcas un grupo de republicanos intentaron dar fuego al zaguán de la casa de los Baleztena, sita en el Paseo Sarasate. Al dar cuenta de este hecho, uno de sus familiares recordaba por escrito que al paterfamilias se le colocó un Detente, bala, para de este modo preventivo evitar lo inevitable: “Ángeles aquella mañana tuvo la inspiración de colocar a Joaquín (Baleztena) un “Detente del Corazón de Jesús”. ¡Qué horror! Cantidad de balas dispararon contra ellos y sin hacer el blanco apetecido. Vinieron a dar en el marco del balcón donde ellos estaban. “¡Los asesinan!”, gritaron algunos horrorizados, mientras otros, celebraban la brutal agresión”. No decía que los requetés de Pamplona, al mando de los cuales se encontraba el matón Jaime del Burgo, en su enfrentamiento con los socialistas terminó con la muerte de dos jóvenes de la ciudad.

El mismo tono épico reflejaría el carlista Francisco López Sanz, director de El Pensamiento Navarro, en su libro Navarra en la cruzada, Episodios, gestos, lenguaje epistolar y anecdotario, con prólogo del arzobispo de Valencia, Marcelino Olaechea y escrito en 1948, donde se transmitía la sensación de que los requetés todo lo que hicieron fue gracias al Detente. Sin este, nada hubiera sido posible. Ni su participación en la barbarie que llevó al asesinato de 3400 navarros en la contienda.

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La afirmación habitual leída en la prensa carlista en esta época será que “todos los Requetés sin excepción utilizaron el detente como escudo Espiritual”.

Como se describe en algunas de estas páginas carlistas, la mayoría de los Tercios Navarros, si no todos, poseían una cruz llevada en Campaña por un Sargento a quien llamaban "Cristóforo”, portador de la cruz. Su misión era la de servir de guía precediendo a los requetés que le acompañaban y, en caso de ser heridos, tenían la posibilidad de lanzar una última mirada y oración al Cristo de la Cruz que al estar siempre en alto era visible para todos. Todo un consuelo al estirar la pata. López Sanz dixit.

Los carlistas manifestaron tal intensidad en defensa del escapulario que daban la sensación de haber sido ellos sus creadores. Las historias que cuentan al hablar de los efectos milagrosos del Detente en las filas del Requeté, datan de la tercera guerra carlista (1872-1876), pero, sobre todo, de la guerra civil, estampas que solo serían superadas por las alucinantes biografías de santos, firmadas por Fray Justo Pérez de Úrbel, pero escritas por Carlos Luis Álvarez, alias Cándido. Basta con fijarse en las pinturas de Carlos Sainz de Tejada para comprobar la importancia que los carlistas dieron al fetiche del Detente, como si este, y en verdad, hubiese liberado a sus portadores de una muerte inminente y segura.

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La activista carlista contra la República, la enfermera María Rosa Urraca Pastor, dedicaría un capítulo a describir el detente de un médico de la columna de García Escámez. Ahí se leerá que unos detentes le libraron providencialmente de una muerte segura. Los requetés tenían la convicción de que esa pieza de tela bordada –normalmente por las madres, esposas o novias– con el Sagrado Corazón y el texto “Detente, bala, el Corazón de Jesús está conmigo”, y que llevaban cosida a sus camisas en el lado del corazón, era su seguro de vida. No extrañará que las familias que participaban de esta paranoia fetichista, en los paquetes que enviaban a sus hermanos al frente contuvieran, además “de tabaco, calcetines de lana, embutidos y periódicos, medallas de la santa del pueblo y escapularios con el Detente, Bala.” (13)

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Bandera con el SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, protegido alegóricamente por las cadenas del escudo de Navarra, que fue bordado y regalado por las MONJAS CONCEPCIONISTAS FRANCISCANAS (RECOLETAS) DE TAFALLA a la Heroica 1ª División de Navarra.

Escapularios y detentes en la guerra civil

Fue el Requeté quien volvió a recuperar el uso del detente durante la Guerra Civil y los voluntarios carlistas que estamparon en los pechos de sus guerreras el escapulario con las siguientes palabras: “Detente, bala”. Los “detentes” se convirtieron en una alianza entre la devoción al Sagrado Corazón y la reconquista de un orden natural y cristiano opuesto a Revolución.

Una interpretación bastante congruente si se recuerda que los carlistas siempre se pavonearon de ser los primeros en consagrar a España al Sagrado Corazón por Carlos VII, en respuesta a la petición que, el 16 de enero de 1875, el rey carlista le hizo a Pío XI. Como una derivación de esta solicitud regia al papa, en todos los Círculos Carlistas ha estado siempre entronizada la imagen del Sagrado Corazón.

La prensa y la literatura serían unánimes en esta interpretación y no cesó en ningún momento de la contienda en hacer publicidad del uso del Detente.

Por parte de los requetés, lo habitual era decir que los republicanos, en lo que hacía relación a la simbología religiosa que rodeaba la partida de los voluntarios tradicionalistas, y especialmente lo relacionado con los detentes y escapularios, no entendían nada de nada: “El plomo republicano no sabía leer en los amuletos religiosos que las madres navarras, fieles a la Tradición, pero inquietas por el nuevo sacrificio que en nombre de ella se les exigía, colgaban detentes del sagrado corazón en el pecho de sus hijos”.

Un imagen que no pasó desapercibida al escritor Ernst Hemingway. En su novela Por quién doblan las campanas en la escena en que el protagonista, Robert Jordan, al recoger la documentación del requeté de Tafalla y leer la carta que le había remitido su hermana, el narrador comenta: "Había mucho de religioso en la carta. Reza a San Antonio, a la Santísima Virgen del Pilar y a otras vírgenes para que le salvaguardasen y le pedía que nunca olvidase que estaba protegido por el Sagrado Corazón de Jesús que esperaba que llevase en todo momento sobre su corazón, donde tantas veces se había probado su poder para detener las balas.

El escritor Luis Romero, en su novela Tres días de julio, dedicará algunas de sus páginas a comentar el Detente, bala, de los requetés navarros, a quienes presentará como “hijos y nietos de carlistas, con revólveres, con escopetas, con pistolas, con viejos e inservibles fusiles, se presentan en la plaza del Castillo con ruido de motores, con saludos, con banderas desplegadas. Sobre el pecho lucen medallas, escapularios con el “detente bala”, cruces y sagrados corazones. Han abandonado los ganados, las herramientas, la cosecha, las mujeres, los hijos”.

En un momento, dirá el narrador: “Desearía observar de cerca uno de esos escapularios bordados (…), uno de esos chismes en que pone «Detente, bala, el Corazón de Jesús está conmigo». No ha visto nunca uno de esos amuletos, ha oído hablar de cuando las guerras carlistas, y estos bárbaros van a resucitar los tiempos de Zumalacárregui y del cura de Santa Cruz con todos sus horrores”.

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Luego, con deje lastimero realista añadirá: “Ni con los escapularios, ni con los cristos, ni con los fusiles saldrá́ uno vivo. ¡A ver si se hace una limpieza de carcundas, que falta le hace a esta tierra! Por fin se han quitado la careta; por todos lados se ven banderas monárquicas”. Junto con ello, la imagen de la mujer, madre y hermana, coadyuvantes necesarias del paisaje creado: “Mujeres con mantillas y grandes escapularios sobre el pecho, muchachas jóvenes, hombres con gorros militares, con correajes, con camisas azules, con boinas rojas (…) Las mujeres, las madres, las novias les han colocado escapularios (a los soldados) y “detente bala”.

Por su parte, Rafal García Serrano, en su novela Plaza del Castillo, narraría  unos Sanfermines únicos rindiendo homenaje a los mozos que “corrieron delante de los toros antes de ofrecer bizarramente su pecho a las balas, bien confesadicos y comulgadicos y con un detente en el bolsillo de la camisa”.

No muy diferente sería la imagen de la prensa a la hora de describir este ambiente donde el escapulario era un elemento imprescindible del paisaje carlista. Son muchas las descripciones que podemos encontrar en la prensa carlista de la época, dando cuenta de la presencia del detente entre la patrulla de los golpistas requetés.

Inevitable será la imagen de mujeres repartiendo escapularios y detentes entre los voluntarios que partían al frente la tarde del 19 de julio de 1936. Piénsese que en Navarra no hubo frente de guerra, por lo que los requetés camparon a sus anchas, haciendo y deshaciendo a su antojo.

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Mujeres repartiendo escapularios

En la mayoría de los pueblos, los párrocos desde el púlpito se dedicaron a cantar las alabanzas del escapulario: “En Milagro, en misa mayor, el sacerdote, cantó las excelencias que encierra el santo escapulario exhortando a vestir esta preciosa librea.” (14)

En Agreda, contaba un testigo soriano que “cuando pasó por aquí la Columna navarra, salió gran muchedumbre del pueblo aclamando a las tropas con Vivas a España, a Cristo Rey, a la Virgen de los Milagros, causándonos gratísima impresión el comportamiento de esos navarros que ostentaban en sus pechos el santo escapulario.” (15)

En Corella, “ciento quince coches y camiones fueron contados y todos sus ocupantes saludaban a lo fascista siendo innumerables las medallas y escapularios que se repartieron entre ellos, dándose el caso de que Corella se quedó sin un solo escapulario, ni medalla, y que hasta de los colgantes en sus pechos se desprendieron los corellanos.” (16)

Y, por supuesto, el director del periódico navarro afirmaba que “en todos los pechos de todos los soldados españoles del grupo de los Regulares (de África), colgaba el escapulario. Los moros se adornan con un lazo de los colores nacionales.” (17)

Sin embargo, Antonio Bahamonde, secretario que fue Queipo de Llano, apunta en su libro 1 año con Queipo, que “los hechos que yo he visto realizar con el beneplácito y la bendición de la Iglesia, de sus más caracterizados representantes y la cantidad de crímenes cometidos para los que nunca, en ningún caso, han tenido la más mínima insinuación de protesta es lo que ha hecho vacilar mi fe y flaquear mis convicciones”. Un signo de este debilitamiento le vendría proporcionado por su confesión siguiente: “Espantado, vi como los moros llevaban todos su detente bala, su Cristo, su medalla de la Virgen, su escapulario. Aquello no tenía explicación. Los verdaderos católicos veíamos angustiados tana farsa”. Y como causa de todo ello, apuntaba: “Franco, de católico solo tiene el nombre ya que ha permitido que España se desangre: su catolicismo es una máscara para engañar al mundo”.

En otro orden de cosas, no se sabe si más calamitoso fue aún que “una noia de 18 anys” fuese “violada i atropellada per dotze feixistes amb escapularis de detente bala” (Jordi Pique, La crisi de la rereguarda. Revolució i guerra civil a Tarragona (1936-1939).

También los había que optaban por el uso práctico del escapulario. Así, un “camisa vieja” daba este consejo a los nuevos soldados incorporados para protegerse del frío invernal: “Suspended del cordón del escapulario en el pecho y aún en la espalda un papel en varios dobles: resulta abrigo eficaz y cómodo.” (18)

Obviamente, fue ese el tono discursivo de la prensa haciendo apología del uso del escapulario: “Hoy sobre los pechos de los que por esta bandera combaten, luce el escapulario del Corazón de Jesús, el detente que sobre el fondo encarnado y amarillo ostenta el Corazón del Rey Divino de nuestra nación, que con misericordia infinita al herirla y al hacerlo sangrar la está purificando y engrandeciendo.” (19)

Alguien de la relevancia política en Navarra como fue Eladio Esparza Aguinaga, requeté de honor, subdirector del periódico golpista, Diario de Navarra, presente en los entresijos de la conspiración, en 1937, siendo Gobernador Civil de Álava, manifestaría en Radio Requeté: “En algunos jerseys he visto prendidos una medallita. Háganlo así todas las personas, pongan una medalla, una crucecita, un detente, un signo de la fe, que es lo que nos salva.” (20)

Siguiendo este consejo, las enfermeras que trabajaban en la Asistencia en Frentes y Hospitales, todas llevaban “un detente sobre el pecho, mostrando así la nota religiosa que Navarra imprimen siempre a sus cosas.” (21)

Terminada la guerra, las referencias al detente siguieron tan frescas como lo fueron durante la contienda militar. Con motivo de poner a España bajo el patrocinio del Sagrado Corazón de Jesús, la prensa al hacerse eco de este hecho, dirá: “En la España que tan milagrosamente supo vencer al marxismo, en la que hay Cruzados que se lanzan a la muerte con el Detente en el pecho aguerrido y las creencias cristianas en lo más hondo del alma, en la que quiere fundamentar su genuina grandeza imperial sobre las rocas firmísimas de la justicia y del Amor, nada más acertado que poner a nuestra Patria al amparo del Corazón de Cristo, símbolo y fuente a la vez de la Verdad, de la Belleza y del Bien.” (22)

Dos contrastes

El contrapunto a esta devoción fetichista vendría, no solo de quienes lucharon en el bando republicano, sino, también, de quienes eran adictos al Glorioso Movimiento Nacional.

Cuenta Armand Guerra, en sus memorias de la guerra, que los escapularios se encontraban por todos los lados, diciendo algo que no era verdad, que los curas habían inventado los escapularios, pues, como ya se vio, llevaban mucho tiempo atrás en el mercado del fetichismo religioso. Asegura, también, que los curas hicieron negocio negocio vendiendo tales detentes a dos pesetas la unidad.

Dice así: “Los curas han inventado esos escapularios con la inscripción “Detente, bala”, y los venden a los soldados, carlistas o falangistas, al precio de dos pesetas por escapulario, bendecido y todo ¡El oscurantismo y la ignorancia se perpetúan en los terrenos facciosos! ¡Pobre España! Sin embargo, parece que no sirvieron de mucho a miles de soldados fascistas".

Añadía que en el frente de Madrid comprobó que “en algunos cadáveres de soldados facciosos, recogidos y enterrados por nuestros milicianos en el frente, hemos encontrado los mencionados escapularios. En el terreno faccioso se hace un negocio magnífico, gracias a la imbecilidad.” (23)

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Camilo José Cela, alistado en el frente faccioso, en su novela Mazurca para dos muertos, relata la siguiente escena:

“Tres margaritas (enfermeras carlistas) visitaron la sala n° 5, en una cesta llevaban los regalos.

- Soldadito, te voy a condecorar con un escapulario del Sagrado Corazón para que te preserve de todo mal, mira lo que dice: “Detente, bala. El Corazón de Jesús está conmigo”.

Me puse pálido y les contesté:

- Ah no, no, muchas gracias, condecore usted a otro, se lo ruego, se lo pido por favor, yo llevaba uno prendido con un imperdible en la guerrera y aún no hace un mes me lo sacaron por la espalda. Se lo digo con todo respeto, señorita, pero para mí que el Sagrado Corazón es gafe”.

Coletazos del Detente

Terminó la guerra, pero el detente seguía en la memoria de los vencedores de la guerra como signo del triunfo de la Religión.

En 1963, la Hermandad de Caballeros Voluntarios de la Cruz enviaría a Pío XII un resumen de lo que había sido la “persecución religiosa” en España en 1931 y 1939 y alabanza del espíritu de Navarra durante esos años.

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En esa memoria, no faltó la referencia al Detente, bala: “Cubiertas las cabezas de los voluntarios con la boina roja, en los pechos por coraza y como expresión de sus ideales católicos, el Detente del Corazón de Jesús, o el Crucifijo, Medallas de la Santísima Virgen María o el santo escapulario, fueron cerca de 40.000 los requetés que de Navarra salieron a luchar “por Cristo y España”.

No solo. La presencia del detente volvería a recobrar su viejo esplendor con motivo de las guerras internacionales en las que España intervendrían como “ONG”, en palabras del inefable gran Zapatero.

En 2012, la Hermandad del Cristo del Perdón de Elche y el Circulo de amigos de las FAS de Jaén, con la intención, según ellos, de recuperar tradiciones, “algunas cofradías y asociaciones afines a las FAS, han querido retomar esta tradición tan cristiana y como hemos visto militar, y para ello han donado recientemente los “Detentes, bala” a los Legionarios de la VIII Bandera del Tercio D. Juan de Austria 3º de la Legión, que marchan para Afganistán”.

De hecho, el soldado legionario Iván Castro, tiroteado el 7 de marzo de 2012, recibió la medalla de la Encomienda de la Real Orden de Reconocimiento Civil a las Víctimas del Terrorismo, una condecoración concedida, por el monarca Felipe VI. ¿Por qué?

Según cuentan los propios interesados, el citado legionario, en Afganistán, recibió un proyectil talibán causándole lesiones de extrema gravedad, atravesándole los dos pulmones y pasándole muy cerca del corazón, la aorta, la tráquea y el esófago. Pero, amigos, “el hecho de que llevara un “detente bala” del Corazón de Jesús —obsequio de la Hermandad del Cristo del Perdón de Elche (Alicante) y del Círculo de Amigos de las Fuerzas Armadas de Jaén— es considerado por el propio soldado una protección que, junto con su fe al Cristo de Mena, le salvó la vida”.

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Requeté luciendo diversos crucifijos y escapulario detente.

No extrañará, por tanto, que después de este milagro, en enero de 2017, el General Valentín Gamazo, comandante militar de Toledo, encargara a las carmelitas descalzas de dicha ciudad “la confección de 600 escapularios del Sagrado Corazón, conocidos como detente bala y que, antes de distribuirlos, fueran bendecidos por el capellán del contingente y ofrecidos a los soldados para que pudieran portar el emblema en el pecho en la guerra del Líbano.”

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Menos mal que nos encontramos España es un Estado Aconfesional. Pero, como se ve, las altos gerifaltes del Ejército nunca han dejado de hacer de su capa un sayo en esta materia. Le importa poco que, como institución del Estado, debería mostrar un respeto a la constitución y a la ciudadanía española. Pero ya ven. Capellán del ejército, compra de emblemas religiosos católicos y bendición de detentes. Ni en el mejor de los tiempos del nacionalcatolicismo.

Detente, covid, 19

Después de lo visto, no resultará extraño que en el contexto de la pandemia actual, el Detente haya adquirido nuevo protagonismo.

La noticia fue publicada por la revista Misión, vinculada al Movimiento Regnum Christi y a los Legionarios de Cristo. Ofrecía una "vacuna contra el coronavirus consistente en un detente”. Anunciaba, además, que el tradicional amuleto, que representa al Sagrado Corazón de Jesús "tal como se le reveló a Santa Margarita María de Alacoque", se acomodaba a las necesidades del peticionario, con distintos formatos de uso: “detente para la cartera, detente para el altar de tu hogar, detente para la puerta de tu casa...”. Todos ellos venían acompañados por la expresión "Detente, (covid 19), el corazón de Jesús está conmigo".

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Según la revista, la eficacia del detente estaba más que contrastada, utilizado como antídoto formidable “contra epidemias, guerras y catástrofes, en la Gran Peste de 1720, durante la Revolución Francesa y la Guerra Civil española”. Su poder taumatúrgico está más que justificado.

La segunda noticia la protagonizó el presidente de la República de México, Andrés Manuel López Obrador, quien recomendó el detente del sagrado corazón de Jesús como profiláctico para prevenir el covid-19. En un discurso, el presidente mexicano se sacó del bolsillo una pareja de detentes que, según su verbo, se los habían regalado unos chamacos anónimos. Aseguró sentirse tranquilo y sereno ante esta pandemia, pues “siempre cargaba en su cartera un amuleto para su protección conocido como “El Detente”. Hay que recordar que en México no era ninguna novedad esta reivindicación del detente. Ya se había hecho popular en la insurrección de los cristeros que se rebelaron contra el gobierno de Plutarco Calles (1926-1929), cuyas leyes pretendían cortar las alas al poder de la Iglesia.

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Digamos que a los pocos días de esta defensa del Detente por parte de Andrés Manuel López Obrador, este aseguró que “estaba esperando su turno para vacunarse según los cánones de la ciencia.” (24)

Seguro que muchos mexicanos, a la vista de tan espléndida muestra de demagogia y desfachatez del presidente mexicano, se lamentaron de haber depositado su voto a favor de chamaco tan caradura y sinvergüenza.

En fin. Seguro que habrá quien critique la defensa del detente contra el virus como acto fetichista y supersticioso, pero, puestos a evaluar la eficacia de las medidas de los Ministerios de Sanidad de los países en liza contra el coronavirus, -según otros, a la misma altura que la producida por el Detente-, objetarán  que qué de malo hay en usar un Detente, contra el covid 19, si, para colmo, es gratuito o vale 1 euro, y su administración no requiere soportar una lista de espera para vacunarse, ni menos, aún, pasarse de listo y colarse para recibir una Moderna de esas.

La verdad es que cada persona es esclava de la ratio de la imbecilidad que le corresponde por el solo hecho de pertenecer a la condición humana. Caer en sus redes no resulta tan complicado, sobre todo si el fanatismo religioso anda de por medio.


Más artículos del autor

(1) Marcial Sánchez Mosquera. Del miedo genético a la protesta. Memoria de los disidentes del franquismo. Fundación EE.SS. Archivo Histórico. CCOO. 2008.
(2) Lo cuentan con devota parsimonia A. Hammon en su Histoire de la dévotion au Sacré Coeur y R. Beringer en El Sagrado Corazón de Jesús. Doctrina y culto, Editorial Litúrgica Española, 1931.
(3) La Esfera de los Libros, 2011.
(4) La época del liberalismo. Vol. 6 de la Historia de España, dirigida por Josep Fontana y Ramón Villares. Barcelona: Crítica/Marcial Pons, 2007.
(5) El Noticiero, 1,4,8- 8 y 30-9-1909.
(6) Leguineche, Manuel, Annual 1921, Madrid, Alfaguara, 1996.
(7) El Sol, 9.10.1921.
(8) La Correspondencia Militar, 27.8.1921.
(9) El Imparcial, 29.7.1921.
(10) Diario de Navarra, 26.10.1921.
(11) Diario de Navarra, 11.11.1921.
(12) La Acción, 30.8.1921.
(13) Manuel de Ramón Carrión, “Las madrinas de guerra en la Guerra Civil». Bulletin hispanique, Vol. 118. Nº 1, 2016.
(14) Diario de Navarra, 24.7.1936.
(15) Diario de Navarra, 29.7.1936.
(16) Diario de Navarra, 31.7.1936.
(17) Diario de Navarra, 29.8.1936.
(18) Diario de Navarra, 6.10.1936.
(19) Diario de Navarra, 17.12.1936
(20) Diario de Navarra, 16.11.1937.
(21) Diario de Navarra, 7.2.1939.
(22) Diario de Navarra, 19.5.1940.
(23) A través de la metralla: Escenas Vividas en Los Frentes y en La Retaguardia (La Malatesta, ed.), 2005.
(24) La Jornada, 24.12.2020.

Del “Detente, bala” al “Detente, Covid”