jueves. 25.04.2024

Mi amiga Marisol es solo una mujer. Una mujer normal. De esas que no se rinden nunca. Como tantas. Llegó desde Colombia hace miles de años casi con lo puesto, y con su hijo en los brazos, y sabe muy bien lo que es pelear cada minuto de la existencia para tener una vida digna. Es una de las personas más sensibles, generosas y solidarias que conozco. Mi amiga Marisol es especial. El caso es que si se la mira de cerca parece una mujer corriente, tirando a guapa, eso sí, algunos dirían, incluso, que a muy guapa. Pero si se la mira muy, muy de cerca se puede ver una luz especial que se derrama en sus ojos casi de forma acuosa, que tiene que ver con los padecimientos milenarios que llevan cosidos a piel las mujeres de abajo y con las ganas de supervivencia digna de las comunes. Mi amiga Marisol es una de esas mujeres comunes y corrientes, que siempre están para los demás y que siempre ayudan, dan una mano, las dos e incluso ponen todo el cuerpo si es preciso. Mi amiga Marisol es realmente bella, tan bella como la princesa Leia cuando ayuda a la resistencia.

Mi amiga Marisol se coloca los guantes, la mascarilla y sale de su casa resuelta, y lista para lo que venga, como si fuera ataviada con una armadura que la hace invencible. Es de las que está poniendo el cuerpo en su barrio para ayudar a los demás. Reparte comida con la Red de Solidaridad Popular (RSP) de su barrio, Carabanchel-Latina, junto con el equipo de apoyo de cuidados del distrito. Comenzaron atendiendo a cincuenta familias y ya asisten casi a quinientas, poniendo a prueba la capacidad de organización de la resistencia. El número no para de crecer de una semana para otra. Desde que comenzó esta pesadilla distópica de la pandemia convertida en crisis económica y social, mucha gente de su barrio que ya vivía al día, con curros precarios e incluso no tan precarios, se ha quedado tirada sin cobrar de un día para otro, y hay que ayudar, la resistencia está para eso, porque hasta que llegue el Halcón Milenario con las ayudas públicas, la gente tiene que comer.

Mi amiga nunca pregunta a los que acuden a por la bolsa de comida sin son españoles o no, si son trans, o del Real Madrid, gays, lesbianas o ateas, cómo viven, si son jóvenes o viejos, de aquí o de allá, extraterrestres o terrícolas de pura cepa, no le importa una mierda de donde sean, ni si son rubios, morenos, chinos, pecosos, negros o color aceituna, … solo les pregunta ¿qué tal llevas el día?, ¿qué necesitas?

Mi amiga Marisol sabe que Cáritas sí pregunta, y pide a la gente que rellene un formulario para darles el paquete de comida. Mi amiga es consciente de que esto es un error en la situación actual, porque hay gente sin papeles que se queda fuera de todas las ayudas, por no poder cumplimentar los formularios y también porque los perfiles han cambiado y hay personas que solo desean una ayuda puntual, mientras ellos consiguen volver a tener sus ingresos. Mi amiga sabe que hay gente que no quiere figurar en ningún registro, porque para ellos esto significa un fracaso en sus vidas, que les rompe un poco por dentro.

Mi amiga Marisol está muy enfadada con los voluntarios de hogar social, que preguntan a las personas su procedencia y solo reparten alimentos a los que acreditan ser Españoles. Como si el carnet de español otorgara a la gente derechos de supervivencia superiores a los de cualquier ser del planeta.

Mi amiga se indigna y le hierve la sangre cuando ve estas cosas, y se desgañita y las critica y las denuncia, porque también sabe que con o sin papeles, sean españoles o no, las personas solicitan ayuda por pura necesidad y tienen tanto derecho a comer cada día como sus hijos, su marido o ella misma. 

Mi amiga Marisol sonríe y consuela, proporciona ánimo y autoestima cuando dice, por favor, mírame a los ojos y no te avergüences, esto que te pasa le puede pasar a cualquiera, ninguno estamos exentos de quedarnos sin trabajo, sin recursos, así, en un parpadeo, la auténtica vergüenza es no disponer de una red de asistencia social pública en Madrid -la comunidad autónoma con el PIB per cápita más elevado y con la desigualdad más grande del Estado, con un millón de personas en situación de exclusión social y la mitad de esas en exclusión severa- y en toda España, que se ocupe de la gente cuando las cosas fallan. La auténtica vergüenza es que vivamos en una sociedad en la que está permitido gastarse hasta lo que no se tiene en tanques, aviones o bombas inútiles, en lugar de en sistemas de protección social, con derechos articulados que protejan, con justicia social, que pongan la vida en el centro y contemplen las necesidades reales de las personas. Mi amiga Marisol les dice también que la gigantesca vergüenza es que vivamos en una sociedad en la que hay personas que podrían vivir un millón de vidas a cuerpo de rey que se escabullen de pagar lo que les correspondería por su renta real, evadiendo impuestos, y se lavan la cara -con publicidad mediática-ofreciendo unas pocas migajas, y otras, en cambio, no puedan vivir ni una sola vida con la dignidad suficiente en este Madrid que engulle almas.

Mi amiga Marisol no cree en dioses, no cree en reyes, no cree en tribunos, ama a los demás como son, pelea como una leona por los suyos, por los de abajo, por los comunes, y cree en las personas, en el esfuerzo colectivo, en la solidaridad y en la capacidad de la gente organizada.

Mi amiga Marisol está indignada con esta situación y quiere que el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid escuchen a las asociaciones de barrio, que reclaman que las escuelas de cocina arrimen el hombro y cocinen platos para llevar para la gente que está impedida, que son pobres, viven en habitaciones sin derecho a cocina o son tan ancianas que no pueden guisarse un plato caliente. Mi amiga Marisol conoce muy bien lo que pasa en su barrio, nunca ha abandonado el trabajo de calle, ni la pelea diaria por la vida digna desde la resistencia.

Sabe de sobra que la caridad no es una solución real y ni permanente, y es consciente de que lo que quiere ella y la gente como ella, los comunes, son derechos y los lucha y los pelea cada día en las calles de su barrio. Sabe que el Gobierno de coalición prepara una renta mínima vital y se reconoce una de las protagonistas anónimas que ha exigido con organización, con política y en la urna, que la gente tenga una renta suficiente para poder contar con su propia economía sin tener que pedir ayudas o caridad. Sabe todo esto y se siente orgullosa de haber luchado por ese derecho. Es un triunfo de los comunes, de los que son como ella, de su clase, que supone –además- un cambio de conciencia social sobre cuáles son las prioridades, que tiene que contemplar y atender el Gobierno de un país.

Mi amiga lo sabe, y por eso, mientras llega y no llega el Halcón Milenario sigue siendo consciente de que a la resistencia le toca arrimar el hombro con solidaridad desde la red del tejido asociativo de cada barrio, de los grupos de cuidado distritales y desde los hogares, desde la casa de los comunes, donde no se pregunta procedencia ni filiación, se tiende la mano y se dice, ¡ánimo vecina, esto lo superamos todas juntas! ¡Resistir es vencer!

Mi amiga sabe que el pueblo salva a la pueblo y es una obligación exigir con presión política y con solidaridad compartida, que las políticas públicas estén a la altura de las circunstancias.

Texto y foto: Carmen Barrios


PD. Este artículo está dedicado de forma especial a mi amiga Marisol, una mujer luchadora que siempre está. También a los miles de personas como ella, que ayudan a los demás así, poniendo el cuerpo sin preguntar, en este episodio distópico, que estamos viviendo, o en cualquier otra situación que lo requiera.

Homenaje a las comunes: mi amiga Marisol