martes 11/5/21
CRITICA LITERARIA

La historia completa de la música de Ted Gioia

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La música. Una Historia subversiva (Safo)

He leído un libro magnífico. Este libro: La música. Una historia subversiva, escrito por el experto crítico e historiador musical estadounidense Ted Gioia y publicado por Turner en 2020 (la versión original es de 2019). Lo siguiente es cuanto he aprendido al disfrutarlo.

La música siempre ha sido un catalizador del cambio mediante sus “perturbadoras intromisiones”, y es además y ha sido la razón de ser última de la cultura musical dominante. La innovación siempre llega desde abajo, desde afuera (del sistema social y político), y a menudo acaba llegando arriba y adentro (de ese sistema).

“En todas las etapas de la historia de la humanidad la música ha sido un catalizador del cambio que ha desafiado las convenciones y ha transmitido mensajes codificados (y, en no pocas ocasiones, mensajes francos y directos). La música ha dado voz a individuos y grupos a los que se les negaba la posibilidad de expresarse por otros medios, hasta el punto de que en muchos momentos y lugares la libertad de cantar canciones ha sido el elemento más controvertido y uno de los principales de la libertad de expresión.

Sin embargo, hay una segunda fase de este proceso y es igual de interesante y de merecedora de estudio: se trata del mecanismo por medio del cual estas perturbadoras intromisiones musicales en el orden social pasan a formar parte de la cultura dominante. El peligroso rebelde acaba convertido al cabo de unos años, unas décadas, en un respetable miembro del consejo de ancianos de la tribu”.

Ejemplos de esto último, Dylan; por supuesto, Elvis; los Stones, los Beatles… En la historia de la música vemos cómo continuamente la rebelión acaba por institucionalizarse, pero no sin haber sufrido antes un lentísimo proceso que le exige enfrentarse a numerosos obstáculos.

“Las innovaciones musicales suelen suceder desde abajo hacia arriba y desde fuera hacia adentro, y no al contrario. Quienes tienen el poder y la autoridad, por lo general, se oponen a las innovaciones, pero, con el tiempo, a través del proceso de apropiación o de transformación, las innovaciones pasan a formar parte de la cultura dominante y el ciclo vuelve a empezar”.



Dice Gioia que “este libro se centra en la historia completa de la música”. Lo dice porque, tal y como acabas de leer, “el poder de la música, sea para hacer que los oyentes entren en trance o para inducirlos a la acción, siempre da miedo y, por ello, ha de ser controlado”. Ese control y esa capacidad de cambio que acaba por convertir lo que en principio era una mera intromisión en parte de la cultura dominante es lo que hace que La música. Una historia subversiva entienda por una historia completa de la música aquella que estudia tanto al que triunfa como al que lo intenta. Un ensayo que analiza la creación musical, en definitiva, no el reconocimiento académico tan sólo, pero tampoco únicamente el encumbramiento popular.

“Necesitamos una historia subversiva de la música más que nunca. […] Mi propósito es celebrar la música en cuanto a fuerza de creación, destrucción y transformación”.

No olvidemos que, como se encarga de demostrar una y otra vez este libro, la verdadera historia de la música ha permanecido oculta.

Todo lo que hay en medio entre Mozart y Sid Vicious, pero también Mozart y Sid Vicious. No hay simple provocación ni mero eclecticismo en el libro de Ted Gioia.

“¿Qué tiene la música que hace que su evolución histórica y su linaje sean tan distintos de los de otros modos de expresión cultural?



Porque la música, las canciones no sólo son una expresión artística: son sobre todo “una fuerza social y una vía para canalizar el poder e incluso una especie de tecnología para las sociedades que carecen de microchips y naves espaciales”.

Gioia habla poco de la autenticidad musical (algo para lo que promete escribir un libro completo), pero cuando lo hace es categórico. Las readaptaciones de la música del pasado son un continuum de la historia cultural. Los intentos de readaptar la música del pasado no representan una quiebra del sistema porque en realidad son el sistema: “cada generación redacta implacablemente las canciones heredadas del pasado y siempre lo hará; lo llamemos como lo llamemos esta readaptación es parte del ecosistema musical en la misma medida en que la cadena alimentaria o el ciclo del agua son parte del ecosistema natural”.

El origen de la música

bty​Los mitos no suelen hablar de la música en cuanto entretenimiento, ni la consideran una forma de expresión artística; esas categorías explican cómo vemos la música hoy en día, pero “nuestros ancestros sabían algo que nosotros deberíamos recordar y que tendría que ser el punto de partida para cualquier historia de la canción: la música es muy poderosa, el sonido es la causa principal de la génesis en sentido amplio así como de las metamorfosis y la aniquilación, una canción puede contener un cataclismo”. Para nuestros antepasados más remotos, la música debió ser por supuesto una fuente de placer y deleite pero al mismo tiempo, y quizás sobre todo, “era una forma de dominio, una fuerza para someter la naturaleza”.

¿Qué distingue a la música de las demás formas artísticas? Las novelas, las películas, los comics, la pintura… prácticamente todas las formas de expresión cultural “fueron inventadas por los seres humanos y sólo poseen el poder con que las invisten los individuos y las instituciones sociales, pero los humanos evolucionaron en un ecosistema que ya contenía sonidos, melodías y ritmos formidables: como parte de dicha evolución se apropiaron de ese poder al menos en la medida que fueron capaces de hacerlo. El nacimiento de una canción casi puede considerarse algo semejante a cuando Prometeo les robó el fuego a los dioses en el famoso mito griego: se trata de usurpar una energía cuasidivina, de una situación ejemplar de empoderamiento”.

“Los sonidos naturales inspiraron probablemente los primeros compases de música humana pero aún es más discutible que la organización de los sonidos se llevara a cabo con la intención de dominar el mundo natural para acercarlo a lo que puede ser controlado socialmente”.

Sobre la biología y las condiciones sociales en la historia de la música, Gioia dice que aquélla reparte las cartas pero son estas últimas las que determinan cómo se juega: “este es el punto de partida de nuestra historia de la música y debería serlo de todas las historias de la música”.

En su origen, las canciones tenían un valor práctico y propiedades mágicas, unían a las comunidades y las ayudaban a garantizar su supervivencia “creando un sendero hacia lo divino”, pero también funcionaron “como una fuente de transformación y embeleso para individuos y comunidades, forjaron un complejo universo de mitos y significados”. Hoy en día consideramos que la música es una fuente de entretenimiento, mas “las fuerzas de las que estamos hablando siguen existiendo en la música de nuestro tiempo, casi siempre en una forma latente”. 

Al abordar el llamado problema de los universales musicales, según el cual las tradiciones musicales en los rituales de cierta parte del mundo guardarán un asombroso parecido con prácticas similares del otro lado del globo, Gioia considera que “a veces decimos de manera informal que la música es un lenguaje universal pero este lugar común tantas veces repetido contiene una profunda verdad: quienes estudian la multiplicidad de las prácticas musicales descubren demasiados elementos comunes como para atribuirlos simplemente al azar”.

Cada vez resulta más evidente que en el sistema de creencias de los pueblos llamados primitivos, de los pueblos pre-científicos, “la música, la magia, la medicina y el misticismo estaban fusionados” y los especialistas más perspicaces de todos los campos del saber llevan décadas estableciendo conexiones entre estas áreas.

Resulta difícil “eludir el hecho de que las canciones humanas tienen algunos elementos cuasiuniversales: los elementos básicos de la música (la escala pentatónica, el círculo de quintas, la armonía triádica, etc.) no fueron inventados por los músicos, sino descubiertos por ellos, al igual que ocurrió con el cálculo o con la teoría de la gravedad. Del mismo modo en que la ley de la gravedad funciona en cualquier parte del mundo, los elementos fundamentales de las canciones se encuentran en todas partes”.

Para Gioia, Pitágoras de Samos, el filósofo y pionero matemático de la antigua Grecia, nacido en torno al 570 a.C., “es la persona más importante de la historia musical, aunque su innovación tal vez haya resultado tan dañina como beneficiosa”. Pitágoras sustituyó la creencia de que las canciones tenían una función mágica por otra según la cual la música obedecía a un orden y podía ser expresada científicamente, matemáticamente.

La música_Historia subversiva_Enheduanna​Conviene recordar que antes de Pitágoras, justo antes, estuvo Safo, y muchísimo antes, Enheduanna, “la cantautora más antigua cuyo nombre y cuyas obras han llegado hasta nosotros, que fue una suma sacerdotisa de la ciudad estado sumeria de Ur en el tercer milenio antes de Cristo y compuso más de cuarenta himnos. Himnos que no se trata “de las típicas canciones de adoración, y quizá esto explique por qué la madre de la canción no aparece en los manuales escolares”, sino más bien de obscenidades hoy difícilmente divulgables. El sexo y la violencia, nuevamente, como el soporte mental de la música a lo largo de los tiempos humanos, una de las principales tesis del libro de Gioia.

No podemos comprender bien la música, leo en esta obra, si no entendemos la persistente oposición entre estas dos funciones tan distintas de las canciones: la una, dedicada a poner de relieve la fertilidad; y la otra, dirigida a celebrar la disciplina y el orden social: a la primera, directamente vinculada al éxtasis y la magia se la puede catalogar de femenina, en tanto que al enfoque contrario, el que celebra a los hombres poderosos y la conformidad social, lo llamaremos la alternativa masculina.

“Por una parte, nos encontramos con la música del orden y la disciplina, que aspira a ser tan perfecta como las matemáticas y que disfruta de ciertas prerrogativas institucionales Por otra parte, hallamos una música de emociones intensas que frecuentemente se asocia con la magia, los estados de trance y que resiste a los intentos de control que vienen de arriba. De esta segunda clase de música, muchas veces sólo sobreviven algunos indicios o fragmentos: se proyecta hacia el futuro más o menos deteriorada. Esto nos sirve para entender cómo la veían las élites culturales o tal vez sería más exacto hablar de hasta qué punto la temían”.

No es sólo parte de la competición entre la alta y la baja cultura.

Las canciones desempeñan, lo desempeñaron durante milenios, mejor dicho, un papel fundamental en el proceso de establecer estrategias culturales para preservar el conocimiento que los seres humanos hemos acumulado a lo largo de los siglos. Además, a lo largo de la historia de la música las canciones han tenido que vencer el temor de los poderosos al arte de las emociones y sustituir lentamente (pero no de forma definitiva, quizás) a los himnos que proclamen dogmas oficiales. Porque hubo un tiempo en que fueron ambas cosas, aunque en el fondo pretendían ser sólo lo primero. En definitiva, desde la Antigüedad se abrieron dos cauces para la música: servir de canalización a las emociones de los humanos (individualmente considerados) frente a ponerse al servicio de las necesidades de la religión y las élites.

Dice Gioia que “el pasado es más parecido a Corea del Norte que a la economía capitalista hiperindividualista”. Se parece más al mundo uniformado estrangulador de las emociones (y alentador de los cantos castrenses, de adoración a los poderosos, de temor) que al mundo actual aparentemente muy liberado en el que las canciones son casi siempre de amor (o de sexo).

La música legitimada por el poder… y las canciones de amor

Buena parte del libro es un recorrido por la importancia de las canciones de amor a lo largo de la historia. Cuenta Gioia que comenzó a darle vueltas a la pregunta no contestada del crítico musical y de arte Dave Hickey, quien afirmara que le había llamado la atención que el 90% de las canciones pop fueran canciones de amor mientras que el 90% de las críticas de rock se escribieran sobre el 10% restante. Es un fenómeno que no se da sólo en la crítica de rock sino también en el más amplio de la historia de la música: los estudiosos de la música parecen avergonzarse cada vez que hablan de las canciones de amor.

“No habrían empleado los mismos términos que los romanos, tachándolas de afeminadas e inmorales, pero sus relaciones virtuales ante estas canciones no eran muy diferentes de las de Séneca o Juvenal. La canción de amor emotiva generaba por algún motivo la impresión de ser poco noble y se asociaba con algo vergonzoso”.



Ted GioiaGioia (en la imagen) nos habla también de “la división que nos legó el imperialismo romano, cuyos éxitos militares permitieron a estos antiguos conquistadores sentar las bases de la cultura musical occidental a pesar de que ellos mismos sentían poca confianza en su propia musicalidad y a menudo se avergonzaban de sus manifestaciones más populares”. La Roma antigua había heredado de Grecia “la lamentable brecha que separa la música sancionada por las élites de la música vulgar, pero esta distancia se hizo mucho mayor bajo el dominio de Roma”. Resulta evidente “la diferencia de vitalidad que había entre los espectáculos musicales que disfrutaban las masas y el formalismo cada vez más vacío de la música sagrada y ritual, una gran parte de la cual desaparecería con el auge del cristianismo”.

Con la extensión del cristianismo, “el concepto de pecado pasó al primer plano de la musicología, donde permanecería durante más de mil años”. No obstante, pese a la enorme intervención de la Iglesia en la crítica musical, el impacto que tuvo sobre las prácticas de los creyentes fue escaso: “las canciones pecaminosas nunca desaparecieron”.

El elemento principal de las innovaciones de la música popular ha sido su procedencia de África: “las aportaciones de los descendientes de los esclavos africanos han ido reescribiendo las reglas de las canciones comerciales década tras década”, pero es menos sabido que “este mismo proceso ha tenido lugar en el pasado y con el mismo efecto perturbador sobre las convenciones de la canción occidental: en el contexto menos previsible, entre los nobles franceses de la Baja Edad Media, se produjo una revolución musical basada en las escandalosas canciones de los esclavos que llegaban a Europa desde África del norte y Oriente Medio”. Más exactamente de las cantantes esclavizadas, las llamadas quiyan. Hablamos de los trovadores, cuya revolución musical fue más un proceso de legitimización que de innovación.

“En estas páginas no celebramos a los marginados para resultar provocadores, ni para adoptar una novedosa posición revisionista, sino por la sencilla razón de que esos individuos son una y otra vez quienes causan los principales cambios en nuestra cultura musical y quienes rejuvenecen las antiguas canciones”.

No olvidemos que las únicas propiedades inviolables de los prisioneros, de los esclavos, son sus relatos, sus canciones, su folklore.

La música_Historia subversiva_medieval
La música. Una Historia subversiva (Medievo)

Por su parte, los trovadores medievales, surgidos en el sur de Francia a finales del siglo XI, desarrollaron la misma actitud hacia la música que todavía conservamos hoy: expresar emociones personales en las canciones, en especial sentimientos amorosos, es algo que antes de su aparición sólo existía “en los márgenes, en las zonas oscuras de la vida musical europea, y tenía que hacer frente a la censura y a las relaciones violentas cuando llamaba demasiado la atención”. 

“En ese momento, el culto a la personalidad entró en el ADN de la música occidental, donde ha seguido estando hasta la actualidad: es el gen dominante que los cantantes se transmiten de generación en generación y que sobrevive a todos los cambios de estilo y de género”.

Lo que hicieron los trovadores fue legitimar las canciones seculares “llevándolas al ámbito del arte y sacándolas del de los hechizos”. No obstante, como admite Gioia, la música sigue siendo algo mágico. A su manera.

Por otra parte, aunque el público ya existía, “no adquirió la legitimidad como árbitro del gusto cultural hasta la aparición de los trovadores”. A finales de la Edad Media y durante el Renacimiento la audiencia adoptó un papel de juez del mérito estético, algo que supone un momento extraordinario en la historia cultural: “los artistas empezaron a tocar para el deleite de los oyentes y la música cambió radicalmente debido a esta nueva relación simbiótica”. Para Gioia, “este fue el momento subversivo en el que se puso en marcha la cultura pop, todavía hoy vivimos las consecuencias de este cambio”.

Es relevante tener en cuenta que “las canciones de amor no se aceptaron como legítimas y artísticas hasta que la nobleza comenzó a cantarlas”. Pero también que la esencia de la cultura popular es “proporcionar la mayor cantidad de placer a la mayor cantidad de gente”. Hablando de cultura popular, la primera superestrella de la música occidental apareció, “en un contexto de fascinación por los artistas apasionados que complacen al público”, en pleno Renacimiento: fue el compositor franco-flamenco Josquin des Prés, nacido hacia 1450.



Un hito destacado de la historia de la música, un hito paulatino, como los demás hitos históricos, no un mojón fijado en un día concreto en un lugar concreto, fue el nacimiento de lo que podría llamarse una industria musical, con sus propias primeras empresas musicales, algo que tuvo lugar a comienzos del siglo XVII.

Johann Sebastian Bach es un ejemplo señero de cómo algunos “disidentes de la historia de la música clásica acaban con el paso del tiempo convertidos en personajes conformistas que forman parte del establishment”. Sí, hablo de Bach, probablemente el músico que es tenido hoy en día como el más tradicional y ortodoxo. Además de los múltiples incidentes de su vida privada que suelen aparecer ocultos en la historia de la música, para tomar conciencia de sus tendencias subversivas basta con escuchar su música, “que debió de perturbar a muchos austeros luteranos, e incluso a otros compositores, con su ostentoso despliegue de técnica y sus audaces estructuras arquitectónicas”. Bach era alguien que sentía “un profundo desdén por las reglas con que se manejaban los demás”, alguien que pedía libertad para seguir las tendencias más avanzadas de su tiempo, alguien sospechoso en su momento por la misma razón por la cual las generaciones siguientes admiramos su grandeza. Bach es una enorme muestra de todos esos procesos de rehabilitación de artistas que generaron escándalo en su tiempo pero “acaban convertidos en leyendas cuando las instituciones poderosas se apropian de sus legados y los reinterpretan para respaldar los relatos sancionados”.



Llegamos con Gioia al siglo XIX.

“No hay ninguna figura en la historia de la música occidental que haya sido utilizada ni extorsionada con más vehemencia que Ludwig van Beethoven. De hecho, este compositor es un ejemplo perfecto de la principal idea que recorre este libro. En estas páginas aparece un fenómeno recurrente, y de un modo sorprendentemente similar aunque se manifiesta con claras diferencias en distintas épocas y culturas, que consiste en que las innovaciones hechas por individuos que se encuentran en una situación marginal producen perturbaciones en las mismas instituciones que con el tiempo acaban apropiándose de ellas. […] ¿Qué encontramos si usamos este modelo explicativo para aclarar los misterios de Beethoven? [.... En sus tiempos,] su música se consideraba extraña, peculiar, arbitraria, extravagante, misteriosa, sombría y difícil”.

Pero, sin embargo, Beethoven hoy en día representa el más puro espíritu humano del clasicismo musical.



Otra aparente paradoja de la música del siglo XIX es que “el culto del Romanticismo coincidió con el surgimiento de las celebraciones musicales y la ampliación de las posibilidades económicas que redujeron su dependencia de las instituciones dominantes: este movimiento desde prácticamente todos sus aspectos valoraba lo individual y rechazaba lo institucional. Las bases emocionales y psicológicas de la creatividad musical fue venerada como nunca.”

Pero hay un factor mucho más importante de aquellos tiempos: “el giro hacia el interior del ecosistema cultural que se produce cuando el hogar y el salón se imponen como los lugares principales en los que se hace música en el mundo occidental”. De esa manera, fuera del control (y del mecenazgo) de la Iglesia y el Estado, “millones de músicos aficionados y semiprofesionales tocaban piezas para los amigos y familiares y también, a menudo, sin público, alguno por puro placer, en un número que fue creciendo gradualmente a lo largo del siglo XIX”. Semejante cambio se notó en todos los aspectos de la música: “en cómo se componía, en los instrumentos que se empleaban, en la forma en que se publicaba, vendía y difundía y en los ingresos que generaba”.   

Llegamos al final del siglo XIX, cuando surgen el ragtime, el jazz, el tango, la samba, “cuando los cantantes de las clases bajas ya no necesitaban ninguna legitimación, de hecho, su encanto procedía del simple hecho de que no estaban legitimados: había tenido lugar el gran cambio, la alta cultura empieza a recular, a pasar a un segundo plano, ejerciendo un impacto cada vez menor en el ecosistema musical”. Desde entonces será el público masivo quien dicte “las prioridades de la industria musical, decantándose tercamente por la nueva estética del marginado y de las clases bajas: a partir de ahora, el espíritu de la revuelta marcará el paso y dictará el alcance del cambio hasta un grado nunca visto”.

Y es aquí donde finalizo, por ahora, mi recorrido por este libro magnífico. Las páginas que restan de él, sus nueve últimos capítulos, serán objeto de otro artículo. La música pop nos espera.



Blog de José Luis Ibáñez Salas

La historia completa de la música de Ted Gioia
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