sábado 8/5/21
CRÍTICA DE LIBROS

Antonio Tocornal deslumbra con 'Pájaros en un cielo de estaño'

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La más reciente novela publicada por el escritor español Antonio Tocornal me ha recordado al leerla cuánto disfrutaba yo leyendo los cuentos y las novelas del escritor colombiano Gabriel García Márquez, aquellas historias tan literarias, es decir, tan mágicamente reales.

Pájaros en un cielo de estaño, así se lo he dicho ya a su autor, me ha parecido exquisitamente hilarante. Publicada en 2020, es una obra que Tocornal acierta al dotarla de un preámbulo categórico, una cita del escritor francés Georges Perec:

“Los recuerdos son trozos de vida arrancados al vacío. Sin amarras. Sin nada que los fondee, sin nada que los fije. Casi nada los ratifica. Sin más cronología que la que yo, con el paso del tiempo, he reconstruido arbitrariamente”.

Me da la impresión de que, más que con un ejercicio desde la memoria del ciudadano Tocornal, en Pájaros en un cielo de estaño, con lo que trata de encandilarnos el escritor Tocornal es con su rigurosa literatura repleta de una imaginación desbordante que logra hacer creíble, asumible, estimulante, hipnótico, lo que no es nada más, y nada menos, que la Gran Mentira de la Ficción exuberante y certera. Puro artificio de artista mayor.

“La memoria es la verdad. Al fin y al cabo, nada queda de lo que realmente ocurrió salvo nuestros recuerdos. Por lo tanto, lo que recordamos es lo que ocurrió en realidad. Es uno de los pocos lujos que nos quedan a los viejos: el poder moldear nuestra propia historia con la memoria, de forma que, cuanto mejor haya madurado uno, más bello será su pasado o, mejor dicho, el pasado que recuerde o el que se haya construido”.

De la calidad literaria de la escritura de Tocornal da muestra el siguiente texto:

“Por todas partes se observaban síntomas de que la naturaleza llevaba años intentando hacer suya aquella casa. La fachada delantera daba a la calle pero detrás todavía no había pueblo.”

Resulta fascinante la descripción que el autor hace de uno de los personajes femeninos de su novela, la Pajarita:

“Estaba en camisón; descalza. Un largo camisón blanco sobre el que se derramaba su cabellera roja y bajo el que se asomaban unos pies livianos como pequeñas alas de paloma o como si hubiesen sido hechos para caminar sobre arena fina. Desprendía una luz inmaculada, hialina. Aquello no me lo esperaba.

Azorado, le tuve que apartar la vista y encontré refugio en algo estático sobre el suelo: vi una hoguera que ardía fría e inmóvil en el medio de aquella estancia. Una especie de montañita de llamaradas que no se movían ni calentaban. Como si fuese una fogata congelada. Por un momento, no supe si estaba viendo visiones producidas por el acaloramiento que me causó la sonrisa de la Pajarita. Pensé que se me habían estrangulado los sentidos o que el tiempo se había detenido o una conjunción de ambas cosas.

Eran restos de pelo.”

Magnifico. Embeleco del bueno, ¿verdad?

En Pájaros en un cielo de estaño, lo que parece ser un ensueño va deviniendo poco a poco en una descacharrante novela cómica uncida por las palabras talladas que Antonio Tocornal sabe administrar con soltura y excelencia.

“Una gota de agua salada resume todos los océanos. Un soplo de brisa en la cara sintetiza la devastación de los huracanes venidos y por venir, y un puñadito de tierra encontrado en el fondo de un bolsillo explica toda la masa del sistema solar”.

Uno de los personajes de la novela de Tocornal, Elías el Motivos, es un topo de aquellos que sobrevivieron a las primeras décadas represivas del franquismo escondidos en su propio hogar. El capítulo que protagoniza es sencillamente fabuloso: literatura de alto voltaje, probablemente el más conectado con la realidad (es un decir) de todo el libro.

“Pero sobre todo cuando estaba solo podía espiar la danza de las llamas. Era su recreo, la llama era lo único que nunca se repetía. Cuando parecía que se iba a duplicar, que iba a reproducir una llama anterior, siempre acababa por mutarse, con un requiebro, con una alteración que lo hacía singular. Y toda esa danza se producía a una velocidad un punto superior a la que hubiera sido comprensible para la percepción humana. Era algo que sucedía con demasiada rapidez, en una situación en la que todo lo demás sucedía con demasiada lentitud. Por eso el tiempo perdió su significado para Elías el Motivos. Era también la única variación entre un instante y el siguiente; entre un día y el anterior; lo que hacía diferente un año de otro; la prueba de que el tiempo seguía corriendo, aunque él no fuese capaz de entenderlo. El salvavidas que lo mantenía a flote sobre el abismo cenagoso de la locura.”

A la madre de los conocidos en el pueblo como los Pájaros (los protagonistas de la novela, esos pájaros en un cielo de estaño) le ocurría cada vez que moría alguien en el pueblo algo singular (¿qué no lo es en esta obra del autor de Bajamaraes?): la madre de los Pájaros soñaba con que le hacía la cama al muerto (que nadie sabía que iba a morir) y, “cuando terminaba, salía en silencio y en silencio cerraba la puerta; así eran sus sueños premonitorios”.

“¡Qué lástima convertirse a su pesar en confidente de la Parca!”.

Hablando de muerte, disfruta del arte que tiene Tocornal para esto de la escritura:

“Enterraron a un cadáver que olía a miedo, a humo de pinocha, a cera virgen, a esperma joven y a miel de romero. Enterraron a un cuerpo virgen que olía a miel de miedo, a humo joven, y a esperma de cera”.

En esta novela uno agradece incluso el guiño que el autor se hace a sí mismo y a su espléndida novela anterior, aquella inolvidable Bajamares.

Claro que, quien nos cuenta todo esto, admite al final que “tal vez los retazos de remembranza se han ido tejiendo con el tiempo por debajo de la verdad y lo que hoy creo que aconteció no es más que la sombra de una evocación”.

¿Existirá de veras el tal Antonio Tocornal?

Yo sé que sí.

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