viernes 14/5/21
TRIBUNA DE OPINIÓN

Trump y la derechita cobarde

Hay derechita cobarde desde que lo dijo Santiago Abascal.
spinela casado abascal

Hay que reconocer que la gran aportación de Santiago Abascal a la teoría política es esa definición de "derechita cobarde". Puede que haya hecho, o dicho, alguna otra cosa innovadora pero yo no la recuerdo. Y puede, también, que esa definición no sea suya y la haya leído en, por ejemplo, alguna traducción del best seller "Mein kampf", pero no lo sé. De momento mantengo mi tesis: hay derechita cobarde desde que lo dijo Abascal.

Antes de él, lo que había era "derecha con complejos" como decía José María Aznar de aquellos que no se atrevían a salir del armario ideológico diciendo, "sin complejos", lo que de verdad había que decir, especialmente sobre los rojos, los débiles, los vulnerables y, en general, los que opinaban de manera distinta a lo que marcaba el pensamiento único del "último hombre", ese producto del "fin de la historia " de Fukuyama. Y Abascal, recogiendo esa idea de Aznar cuando militaba en el PP, la dio forma constituyendo un nuevo partido, de derecha valiente, y un nombre despreciativo para definir a sus antiguos compañeros.

Pues bien, esa valentía parece que tiene límites y es lógico. Ya se lo hizo notar Pablo Iglesias cuando le dijo eso de que, a pesar de que le gustaría, a Abascal, dar un golpe de estado, no se atrevía a darlo. Probablemente, pero también podía ocurrir que, efectivamente, aun pensando Abascal, y sus acólitos, que era necesario un golpe de autoridad, militar por supuesto, no existían eso que se llaman condiciones objetivas, para darlo. Porque una cosa son las redes sociales, donde se pueden decir toda clase de barbaridades y, otra, la realidad de los cuartos de banderas donde hay que convencer a los que tienen mando en plaza para sacar los tanques a la calle.

Aunque, parece que ni en las redes sociales ha existido la suficiente "valentía" para defender la patriótica ocurrencia de Donald Trump para defender su puesto de trabajo. Resulta que después de que, el ya ex-POTUS (según nomenclatura del Servicio Secreto encargado de protegerle), arengara a esa banda de exaltados que acampaban frente al Capitolio, estos entraron dentro de eso que se llama "la sede de la soberanía popular". El estado, a quien se le supone el monopolio de la violencia, no tenía previsto un dispositivo como el que despliegan, por ejemplo, en las reuniones del G20 para proteger a los líderes mundiales. Y la banda de exaltados entró en el Capitolio con una dificultad similar a la que hubieran empleado en entrar en la casa de cada uno de ellos. Bien, todo eso ya es historia. Triste, pero historia.

Lo curioso ha sido como han recibido eso los nostálgicos del 23F en España. En lugar de aplaudir el gesto de Trump y rememorar la jornada en la que Tejero trató de impedir otro nombramiento en el parlamento, los renuentes a la democracia han tirado del "y tu más", eso que en USA, donde también se practica, llaman "whataboutism".

Para diferenciarse de los que han condenado explícitamente el ataque a la democracia norteamericana, los partidarios de esa forma de proceder lo han comparado no con aquel episodio golpista si no con algunos otros episodios de manifestaciones ante parlamentos protagonizados por "populistas", "separatistas" y "amigos de terroristas".

Este mensaje, enviado por el propio Abascal desde el primer momento a través de ese moderno cornetín llamado Twitter, se ha extendido como la pólvora no solo entre sus seguidores si no, con algunas variantes, entre sus antiguos compañeros de foto en la Plaza de Colón. Todos ellos han entonado el consiguiente ¿qué pasa (what about?) con las cosas que han hecho los de izquierdas?. Y, efectivamente, han reproducido en memes, tuits y mensajes de todo tipo las imágenes de episodios nacionales que ya en su momento lamentamos en España sin necesidad de que dejemos de hacerlo ahora cuando eso se produce, corregido y aumentado, en la llamada cuna de la democracia moderna.

Y, ¿No les parecerá a esos valientes que es un rasgo de cobardía el no expresar abiertamente su admiración por la forma en que los seguidores de Trump han tratado de defender a su caudillo? ¿No añorarán esa actuación para impedir que cualquier "ocupa" pueda suplantar la legítima autoridad de una presidencia del gobierno?, ¿No les parece inteligente el usar esa especie de "marcha verde", como la marroquí en 1975 en lugar de necesitar a la Guardia Civil, como en 1981, para invadir un parlamento?.

Pues diganlo claramente. No se conviertan en "derechita cobarde". Por eso, Abascal, en un rasgo de valentía, ha tenido que abogar por defender la libertad de tuits de su admirado Trump. Aunque eso, afortunadamente, parece ser el límite de su audacia.

Felicitémonos, pues, de que nuestra ultraderecha esté esperando que florezcan los almendros porque se hayan ido nuestras nieves, y no para que un teniente coronel con tricornio y pistola entre en el Congreso de los Diputados como hace, ahora precisamente, cuarenta años.

Claro que, hace cuarenta años, no había Twitter.

Trump y la derechita cobarde