miércoles 16/6/21
ELECCIONES AUTONÓMICAS DE MADRID

La propaganda derrotó a la política

Las izquierdas madrileñas, el amplio territorio progresista de Madrid, debería imaginarse más una refundación que un simple aggiornamento.
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El escritor y filósofo norteamericano, Erich Hoffer, que tanto gustaba a Reagan, advertía que “la propaganda no engaña a la gente, sino que simplemente les ayuda a engañarse a sí mismos”. Lo cierto es que Ayuso alcanzó un contundente triunfo en las elecciones autonómicas del 4 de mayo en Madrid.


No hay excusas que valgan. La estrategia de propaganda de Ayuso para ganar Madrid pasó por encima de la política que, a su manera, agitó la izquierda en las elecciones del 4 de mayo. Y aunque las izquierdas afrontaron la campaña electoral desde la cooperación, cada una de ellas acudió a las elecciones con balance, discurso y propuestas diferentes. Y las urnas las juzgaron con distinta nota.

Desde hace unos años, al lado de Ayuso habita un estudioso del populismo trumpiano que ha conseguido transformar la persona de la presidenta en una figura singular dentro y fuera del Partido Popular. Comparto la idea de Moisés Naim de que el populismo no es una ideología. Es una estrategia para obtener y retener el poder. Siempre ha existido, pero en los últimos tiempos ha reaparecido con fuerza, potenciada por internet y por las frustraciones de sociedades abrumadas por el cambio, la precariedad económica y una amenazante inseguridad ante lo que deparará el futuro. Si a ello, sumamos la fatiga pandémica que vivimos y que con su particular casticismo ha enfrentado Ayuso, entenderemos mejor su victoria electoral. La Rusia de Putin, la Turquía de Erdogan, la América de Donald Trump, la Hungría de Orbán, o el Brasil de Bolsonaro, han escrito muchas páginas al respecto. La conclusión es clara: la deriva autoritaria de la democracia a manos de un catálogo de medidas y ocurrencias de marcado perfil conservador.

Los resultados

El 4 de mayo, el Partido Popular de Ayuso pasó como un tsunami por los distritos de la capital y los pueblos de la comunidad, a lomos de la mayor participación electoral en unas elecciones autonómicas desde 1983. Se rompe así, el primer mantra de la práctica totalidad de las encuestas y de no pocos estrategas del progresismo, que asociaban a una elevada participación la posible victoria de las izquierdas.

La segunda reflexión guarda relación con la evolución de la sociedad y la economía madrileñas, con fuerte presencia del sector servicios, los denominados emprendedores y autónomos y el funcionariado. La derecha analizó mejor que la izquierda esta situación y a base de propaganda visual, ocurrente y ayusiana convirtió a estos sectores en prioridad de su estrategia publicitaria, para más tarde avanzar en la complicidad de las gentes que, aun castigados por sus políticas (o ausencia de las mismas), veían en ella a la persona que mejor encarnaba la resolución de una ecuación imposible: proteger la salud y el negocio. Poco han importado los hechos que nadie ha desmentido: fallecidos totales, muertes en residencias, número de contagios, presión hospitalaria, deterioro de la sanidad pública y gestión manifiestamente mejorable.

Ciudadanos reclamó, casi suplicó, en campaña, un pacto de gobierno con Ayuso, y acabó recibiendo un severo varapalo. El electorado interpretó que su equidistancia y centrismo eran pura retórica y acabó votando al partido en el que buscaban refugio.

La tercera consideración tiene que ver con la conducta errática o algo peor de algunas izquierdas. El PSOE (¿o el PSM?) anunció pronto la candidatura de Gabilondo, cuya calidad humana y profesional todos apreciábamos, pero que arrastraba una deuda sensible con la sociedad progresista madrileña: su débil y, en cualquier caso, poco visible oposición a una presidenta y a una gestión (sobre todo de la pandemia) muy alejada de las necesidades de la ciudadanía. Su campaña empezó con anuncios sorprendentes -“no tocaré los impuestos y no pactaré con este Iglesias”-, propósito que pronto corrigió, al emplazar al dirigente de Podemos, a trabajar juntos por la victoria de las izquierdas. Incluso, elevó el tono contra las derechas y el fascismo, protagonizando una presunta batalla ideológica que poco o nada incomodó al partido conservador, y, al parecer, no suscitó gran interés en el cuerpo electoral. Cierto es que se antojó miserable y mezquina la operación de provocaciones e insultos de VOX, en el más puro estilo neonazi, y no era fácil resistir la tentación…Sea como fuere, el PSOE cosechó el peor resultado de la historia reciente en unas elecciones autonómicas, para regocijo de las derechas y de tangibles sectores de su propio partido -que empujaron a la caída de apoyo electoral- vinculados a la vieja guardia liberal del mismo. El PSM lleva decenios sin construir un liderazgo fuerte y secuestrado por una cultura política de tribus de la que no consigue salir. Su reto es avanzar en un proyecto político de mayorías, una organización asentada y un nuevo liderazgo que le permita seducir a su electorado tradicional y a las nuevas generaciones, que le han dado la espalda.

Unidas Podemos rompió pronto el maleficio del 5%, con la irrupción de Pablo Iglesias al frente de la candidatura autonómica. Vaya por delante una rotunda afirmación: el acoso al que han sometido y siguen sometiendo las derechas políticas y mediáticas a Pablo Iglesias y su familia, es radicalmente incompatible con la convivencia democrática. Fue y es exigible que el Estado actúe con toda la fuerza de la ley frente a quienes hostigan, cuan delincuentes y malhechores, a un representante político. La campaña de Iglesias empezó con fuerza y discurrió más tarde por senderos de trinchera. Habló de meter en la cárcel a muchos dirigentes corruptos del PP, incluida en un futuro, la presidenta, continuó activando el frente antifascista y entró en la recta final a golpe de arrebato de los barrios obreros, insistiendo en que la participación de los pobres inclinaría la balanza hacia las izquierdas. Juego con ventaja, resultados en mano, al advertir que este tipo de campaña alcanza dos objetivos: fidelizar, incluso entusiasmar a su gente, y a la vez, excitar el territorio de las derechas, logrando una mayor asistencia de estas a las urnas. UP sumó tres diputados/as más, muy insuficiente para la inversión realizada.

Más Madrid, fue la excepción de las izquierdas. Se enfrentó duramente a la derecha extrema y a la extrema derecha, participó de gestos simbólicos contra la intolerancia y las amenazas antidemocráticas de VOX, pero no renunció a divulgar sus propuestas en materia de salud pública, gestión de la pandemia, vivienda, derechos de las mujeres o educación. Con una candidata avalada por su duro y sostenido enfrentamiento con Ayuso, que no se dejó atrapar por la lógica del antifascismo, sensible al nuevo tiempo democrático y con el sentido común por bandera, logró un excelente resultado. Más Madrid se enfrenta, sin embargo, a la necesidad de consolidar su formación en la comunidad y en España. Los episodios vividos por ‘Ahora Madrid’ y los llamados partidos instrumentales revelan que construir un partido, un proyecto político, una organización y un liderazgo trasciende a los ecos de un éxito electoral regional y debe ir acompañado de estrategias y políticas que hoy por hoy desconocemos.

Y no olvidemos el papel de los medios de comunicación. La espectacularización de la política no es solo responsabilidad de sus representantes. Periodistas y medios de comunicación participan activamente de este proceso. La calidad de la democracia depende del buen hacer de sus cargos y representantes públicos. Y como no, del buen oficio de informar y opinar del entramado mediático, lejos de los códigos del espectáculo, la mentira y el ruido al que nos tienen acostumbrados. Harían bien los medios de comunicación en reflexionar sobre su función para mejorar la calidad de la democracia.

Refundar la izquierda

Cuando escribo estas líneas, Pablo Iglesias ya no es el secretario general de Podemos y tampoco cogerá el acta de diputado. Presentó su renuncia la misma noche electoral y anunció que dejará la política activa. José Manuel Franco, secretario del PSM dimitió a las 48 horas de la debacle electoral. Y Ángel Gabilondo comunicó que no retirará su acta de diputado. Las izquierdas madrileñas viven momentos convulsos.

Quedan dos años para las nuevas elecciones en la comunidad de Madrid, aunque harían mal PSOE y Unidas Podemos si permitieran que el proceso de renovación y cambio se alargue en el tiempo, o entre en fase de simple sustitución de personas. El historiador y escritor británico Tony Judt, dijo que “incluso si todos los regímenes conservadores y reaccionarios que hay en el mundo se derrumbaran mañana, y su imagen pública quedara manchada por mucho tiempo por la corrupción y la incompetencia, la política del conservadurismo sobreviviría intacta. El argumento a favor de conservar seguiría intacto. Pero para la izquierda, la falta de una razón apuntalada por la historia deja un espacio vacío”.

No pretendo elevar a categoría de drama lo que la izquierda tiene por delante. Pero las izquierdas madrileñas, el amplio territorio progresista de Madrid -y se me apuran de España- debería imaginarse más una refundación que un simple aggiornamento. Las sociedades han cambiado radicalmente en las últimas décadas y si bien es aconsejable no perder la memoria y saber de dónde venimos, aún lo es más no dejar espacios vacíos.

La propaganda derrotó a la política
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